La Inminencia de un Crack Financiero
La economía especulativa de casino implementada por Wall Street y la City de Londres es ante todo improductiva, saqueadora, arrogante, hostil e insostenible a largo plazo, la estabilidad del sistema financiero transatlántico se encuentra bajo una amenaza sistémica. Diversos sectores han advertido que el giro total hacia las energías verdes y la eliminación de los combustibles fósiles podría desencadenar un crack financiero inminente. El problema radica en que el sistema actual (petrodólar) está saturado de deuda montada sobre inversiones en combustibles fósiles; si estas inversiones caen de forma abrupta, se produciría una crisis similar a la burbuja de las hipotecas de 2008
La desdolarización es inminente pues se ha demostrado que desde 2001, todas las acciones belicistas cuyo objetivo ha sido postergar este fenómeno solo han acelerado la desconfianza mundial hacia el dólar como garante de inversión segura, frente a esta insolvencia, han surgido propuestas como la creación de un «banco malo» para asumir la deuda tóxica, una medida que no soluciona el problema de fondo sino que simplemente permite seguir especulando con esos intereses. Estas dinámicas demuestran que el sistema financiero actual está en confrontación directa con la realidad física y los intereses de los pueblos, incluido el estadounidense.
La Normalización de lo Digital
Es ingenuo pensar que Bitcoin fue creado por Satoshi Nakamoto, un genio (o grupo de genios) anónimos, Bitcoin no es más que un ensayo experimental de la banca sionista (que controla todos los bancos centrales del mundo), y cuyo mayor logro ha sido acostumbrar a millones de personas en todo el mundo a la idea de que el dinero puede ser un ente puramente digital, sin respaldo físico, que se almacena en un teléfono o en un ordenador y se transfiere a través de internet. Durante sus primeros años, Bitcoin fue visto como una curiosidad de informáticos y libertarios. Una década después, los bancos centrales, que al principio lo despreciaban, han comprendido que la batalla no es contra la tecnología, sino por quién controla esa tecnología.
Bitcoin demostró que un sistema de pagos global, sin intermediarios, era técnicamente posible. Las CBDC son la respuesta del Estado para recuperar el control de ese espacio. Ofrecen lo mejor de ambos mundos para el poder establecido: la eficiencia digital de las criptomonedas y el control centralizado del dinero fiduciario tradicional.
La Inestabilidad Inherente y el Colapso Programado
Bitcoin, por diseño, es deflacionario y volátil. Su naturaleza especulativa lo hace inútil como unidad de cuenta y medio de intercambio estable para la economía real. Nadie quiere pagar un café con un activo que puede valer un 10% más o menos al día siguiente. Esta volatilidad, alimentada por ciclos de euforia y pánico (los conocidos «criptoinviernos»), genera desconfianza en el público general.
Sin embargo Bitcoin está programado para colapsar y ser absorbido como reserva de la nueva banca digital, coincidiendo con una crisis de liquidez global o una regulación coordinada y hostil por parte de las principales economías (EE. UU., UE, China, India), que acabe con la confianza residual en Bitcoin como «oro digital». En ese escenario de desilusión masiva, los gobiernos podrían presentar sus CBDC como la alternativa segura, estable y respaldada por el Estado. El mensaje sería claro: «Lo digital es el futuro, pero necesita ser gestionado responsablemente por las instituciones en las que ustedes confían (o deben confiar)«.
El Bitcoin en El Salvador: ¿Soberanía o Trampa Monetarista?
Uno de los eventos más polémicos fue la adopción del Bitcoin como moneda de curso legal en El Salvador por parte del gobierno de Nayib Bukele. La justificación oficial para esta medida fue la necesidad de facilitar el envío de remesas —que representan el 25% del PIB salvadoreño— y proteger la economía ante posibles sanciones financieras de Estados Unidos. Sin embargo, se ha argumentado que esta decisión es un error estratégico profundo.
Al adoptar el Bitcoin, El Salvador podría haber caído en una trampa tendida por los mismos sectores que fomentan la especulación descontrolada. Es relevante notar que figuras clave en la promoción del Bitcoin, como Jack Mallers de la empresa Strike, provienen de familias con una larga trayectoria en la creación de mercados de futuros y derivados en Chicago. El abuelo de Mallers, Bill Walker, fue uno de los fundadores de la Bolsa Mercantil de Chicago, centro neurálgico de la especulación financiera global que, en muchos sentidos, supera la influencia de Wall Street en el mercado de materias primas.
La Conexión con Milton Friedman y la Escuela de Chicago
Lejos de ser una tecnología revolucionaria ajena al sistema tradicional, el Bitcoin se fundamenta en la teoría monetarista de Milton Friedman y la Escuela de Chicago. En 1960, Friedman propuso una «regla monetaria fija» (regla del k%), que sugería aumentar el stock de dinero a un ritmo fijo anual, sin intervención humana, basándose en algoritmos o computadoras. El Bitcoin aplica esta teoría al pie de la letra, con un aumento programado que cesará al alcanzar los 21 millones de unidades.
La diferencia fundamental reside en que, mientras Friedman quería imponer esta regla a los bancos centrales para limitar su libertad de acción, los defensores del Bitcoin, siguiendo las ideas de Friedrich von Hayek y la Sociedad Mont Pelerin, abogan por que la moneda sea emitida por entes privados. Esta privatización del dinero es la culminación de la ideología de los «Chicago Boys», la misma que se aplicó bajo regímenes como el de Pinochet en Chile. Por tanto, el Bitcoin no representa una alternativa al sistema financiero especulativo, sino su expresión tecnológica más pura y desregulada.
Alternativas y la Necesidad de una Reorganización Global
A diferencia del Bitcoin, los experimentos con monedas digitales en China y Rusia se mantienen bajo el control estricto del Estado, funcionando más como mecanismos logísticos que como activos especulativos. No obstante, se reconoce que no existe una solución nacional aislada al colapso financiero mundial. La propuesta histórica del movimiento de Lyndon LaRouche enfatiza que es necesaria una reorganización total del sistema financiero internacional.
Esta reorganización incluiría pasos críticos como:
- La declaración de una moratoria de la deuda para forzar una nueva arquitectura financiera.
- La implementación de la ley Glass-Steagall para separar la banca productiva de la especulativa.
- La creación de un sistema de cooperación global basado en grandes proyectos de infraestructura y tecnología avanzada.
Cooperación o Autodestrucción
La humanidad se encuentra en un momento donde la locura de los imperios y la especulación financiera amenazan con llevar al planeta a una nueva era de tinieblas. El sistema actual, basado en el saqueo y la confrontación bélica, se está desintegrando. La única salida viable es el abandono de las utopías monetaristas y el compromiso con un sistema de cooperación internacional donde naciones como Estados Unidos, Rusia, China e India trabajen conjuntamente en el desarrollo de la economía física y la exportación de tecnología avanzada a los países en desarrollo.
Como se advirtió en foros internacionales, el planeta no sobrevivirá bajo las circunstancias de un conflicto global permanente o un sistema financiero que ignora las necesidades de la especie humana. La elección es clara: o se avanza hacia una solución global basada en la razón y el desarrollo, o se enfrentan las consecuencias de una autodestrucción sistémica.
La Estrategia de Salida
La actual situación financiera de los Estados Unidos se caracteriza por una carga de deuda que supera los 38 billones de dólares, una cifra alarmante que se agrava por el hecho de que los compradores extranjeros, como China y Japón, están dejando de adquirir bonos del Tesoro. Según los precedentes históricos, este nivel de endeudamiento ya debería haber provocado una crisis o un colapso sistémico; sin embargo, los mercados financieros siguen alcanzando máximos históricos mientras la economía real se deteriora. Esta aparente estabilidad se mantiene porque existe un mecanismo subyacente que no es discutido en los medios de comunicación tradicionales, los cuales prefieren mantener al público distraído con narrativas superficiales para evitar que comprendan los cambios profundos en el sistema monetario.
La realidad es que el gobierno de los Estados Unidos está aplicando un manual de gestión de deuda que ha utilizado en múltiples ocasiones a lo largo de la historia, pero ahora con una nueva herramienta: la tecnología blockchain, las criptomonedas y, específicamente, las monedas estables (stablecoins). Actualmente, la deuda estadounidense crece aproximadamente un billón de dólares cada 100 días, y los pagos de intereses anuales ya superan el gasto en defensa y programas como Medicare. Ante esta situación, recortar el gasto o aumentar los impuestos de manera significativa resulta políticamente imposible, lo que deja a los bancos centrales y al gobierno con una única opción viable: la devaluación.
Esta estrategia de devaluación no es una teoría conspirativa; incluso asesores económicos de alto nivel, como el ruso Antoine Kobikov, han señalado que Estados Unidos se prepara para utilizar las stablecoins como un medio para resetear el sistema y reducir el valor real de su deuda. Este patrón de comportamiento es recurrente en la historia de EE. UU. En 1933, Franklin Roosevelt confiscó el oro a 21 dólares la onza y lo revalorizó a 35 dólares, devaluando el dólar en un 67% de la noche a la mañana para abaratar el pago de la deuda gubernamental. Posteriormente, en 1971, el presidente Nixon eliminó la convertibilidad del dólar en oro, rompiendo las promesas hechas a los tenedores extranjeros de moneda y permitiendo una pérdida sistemática del poder adquisitivo del dólar, que ha caído casi un 90% desde entonces.
Desde la crisis de 2008, este proceso ha continuado bajo etiquetas complejas como el «aligeramiento cuantitativo» (Quantitative Easing), que no es más que una devaluación encubierta. Entre 2020 y 2025, la oferta monetaria se expandió en más de un 40%, lo que redujo la carga real de la deuda pública mientras los precios de activos reales como la vivienda y la energía subían drásticamente. Sin embargo, la devaluación interna tiene límites, ya que la inflación doméstica genera presión política y descontento social cuando los ciudadanos ven que no pueden costear productos básicos. Históricamente, Estados Unidos ha podido «exportar» esta inflación al ser el dólar la moneda de reserva mundial, pero esta ventaja se está erosionando a medida que países como China y Japón se alejan de la deuda estadounidense y los bancos centrales aumentan sus reservas de oro físico.
Aquí es donde las monedas estables juegan un papel crucial. A través de marcos legales como la Ley Genius, se ha establecido que las stablecoins emitidas en dólares deben estar respaldadas por efectivo o bonos del Tesoro de EE. UU.. Esto significa que, por diseño legal, cada vez que crece la emisión de stablecoins como USDT o USDC, aumenta automáticamente la demanda de deuda estadounidense. Los emisores de estas monedas ya poseen más deuda de EE. UU. que muchos países importantes, convirtiéndose en un comprador estructural que sostiene el sistema.
Este mecanismo resuelve dos problemas fundamentales para el sistema financiero actual. Primero, reemplaza a los gobiernos extranjeros como compradores de deuda. Segundo, distribuye la carga de la deuda entre cientos de millones de usuarios individuales en todo el mundo —desde Venezuela hasta Chipre— en lugar de concentrarla en bancos centrales que podrían coordinar una salida masiva del dólar. Para el público, las stablecoins parecen una innovación tecnológica privada y descentralizada, lo que oculta el hecho de que son una herramienta de política monetaria que permite al gobierno de EE. UU. seguir devaluando la moneda sin que el impacto recaiga exclusivamente sobre su población nacional.
El plan actual sigue fases claras: la creación de infraestructura y legislación (completada mayormente hacia 2026), seguida de una etapa de claridad regulatoria y adopción acelerada. El objetivo final no es pagar la deuda ni entrar en impago (default), sino devaluarla hasta que sea manejable bajo un nuevo sistema de divisas que reemplazará al antiguo. Ante este panorama, la recomendación para los inversores es actuar con cautela y posicionarse defensivamente en activos que conserven su valor, como el oro físico, la plata, bienes raíces y activos digitales con utilidad genuina que formarán parte del nuevo sistema. La clave es la conciencia y la preparación antes de que la devaluación total de la moneda se haga evidente para todos.
Fase Actual: Investigación y Pilotos (2020-2026)
- China: Lidera indiscutiblemente con pruebas a gran escala que involucran a millones de usuarios en múltiples ciudades. El e-CNY se ha utilizado para pagar transporte, en comercios y para distribuir estímulos gubernamentales.
- Europa: El Banco Central Europeo (BCE) concluyó la fase de investigación del proyecto del euro digital en octubre de 2023 y ha entrado en la «fase de preparación» que durará dos años (hasta finales de 2025). Esta fase implica la finalización del libro de reglas, la selección de proveedores y el desarrollo de la plataforma.
- Estados Unidos: La Reserva Federal (FED) ha publicado informes y está explorando la posibilidad, pero es más cautelosa. Existe un importante debate político sobre la necesidad y las implicaciones de un dólar digital, con una oposición considerable que lo ve como una amenaza a la privacidad y al papel del sector bancario privado. El proyecto «Hamilton» del MIT y el Banco de la Reserva Federal de Boston ha demostrado la viabilidad técnica, pero el camino legislativo es largo.
Fase de Implementación Inicial (2026-2030)
- Euro digital: Podríamos ver un lanzamiento limitado del euro digital hacia finales de esta década, probablemente 2027 o 2028. Inicialmente, coexistirá con el efectivo, que el BCE se ha comprometido a mantener. Se habilitará para ciudadanos y empresas de la eurozona, pero con funcionalidades básicas (pagos, transferencias) y límites de tenencia para evitar una fuga masiva de depósitos de los bancos comerciales.
- Dólar digital: Es probable que EE. UU. vaya más lento. Un dólar digital federal podría no ver la luz hasta después de 2030, o incluso más tarde. Sin embargo, es posible que surjan iniciativas del sector privado respaldadas por consorcios bancarios («dólares digitales» emitidos por bancos comerciales pero regulados) que actúen como un paso intermedio.
- Adopción global: Para entonces, decenas de países (especialmente en el Caribe, África y Asia) ya tendrán sus propias CBDC en funcionamiento, creando un ecosistema de monedas digitales soberanas.
La Consolidación y el Control (2030-2050)
Esta será la década clave. Para mediados de siglo, es probable que el efectivo haya pasado a ser un medio de pago marginal en las economías avanzadas, utilizado quizás por las generaciones mayores o en situaciones muy concretas. Las CBDC se habrán convertido en la norma. Es en este período cuando las funciones más «avanzadas» de programabilidad podrían empezar a implementarse.
- Implementación de la caducidad: Podría introducirse en momentos de crisis (como una nueva pandemia o una depresión) para forzar el gasto y la rotación del dinero, evitando el atesoramiento.
- Programación del gasto social: Las prestaciones sociales, ayudas y subsidios se distribuirán de forma rutinaria como dinero programado para fines específicos.
- Integración con la identidad digital: La moneda digital se vinculará indisolublemente a la identidad digital del ciudadano, haciendo que la economía y la burocracia estatal sean una sola cosa.
El Horizonte de Final de Siglo (2050-2100)
Para finales del siglo XXI, el sistema que hoy conocemos será irreconocible. El dinero tal como lo entendemos (como un objeto neutral e impersonal) habrá desaparecido. En su lugar, tendremos derechos de acceso a recursos, expresados en forma de tokens digitales emitidos por entidades soberanas o supranacionales. El control monetario será absoluto y granular. La política fiscal dejará de ser un ejercicio anual de aprobación de presupuestos para convertirse en un proceso de ajuste fino y continuo de los parámetros del dinero. La distinción entre política monetaria y fiscal se difuminará por completo.
El dólar digital y el euro digital representan la evolución lógica del dinero en la era de la información. Ofrecen la promesa de una eficiencia sin precedentes, la eliminación de la economía sumergida, una política monetaria más precisa y la capacidad de responder ágilmente a crisis económicas y sociales. Para el Estado, son la herramienta de control definitiva, el sueño de cualquier planificador central: saber, en tiempo real, qué posee y cómo gasta su dinero cada persona, y poder modificar ese comportamiento mediante la programación del propio medio de intercambio.
Sin embargo, este «reset» del sistema financiero no es neutral. Lleva implícita una visión del mundo donde la autonomía individual cede paso a la gestión estatal de la economía doméstica. La eliminación de la evasión fiscal para las clases populares contrasta con la persistencia de los mecanismos de elusión para las grandes corporaciones y las élites financieras, que seguirán navegando en aguas opacas gracias a su influencia política y a la complejidad de la arquitectura financiera global que ellas mismas han diseñado.
La parábola de Bitcoin, el «dinero de los libertarios», habrá cumplido su papel histórico: acostumbrar a la humanidad a la desmaterialización del valor, para luego ser domesticado y absorbido por el sistema que pretendía desafiar. Las CBDC no son el fin de la especulación, sino su traslado a un plano donde los grandes jugadores tendrán asientos reservados en la primera fila.
La transición ya ha comenzado, lenta pero inexorablemente. Para finales de siglo, nuestros nietos mirarán los billetes y monedas de hoy con la misma curiosidad con que nosotros miramos las conchas o las piedras preciosas que usaban nuestros antepasados como dinero. La gran diferencia es que el nuevo dinero, a diferencia de aquellos objetos inertes, nos conocerá íntimamente. Sabrá quiénes somos, dónde estamos, qué compramos y cuándo morimos. La pregunta que queda en el aire, y que la sociedad deberá responder en las próximas décadas, es si ese conocimiento por parte del Estado es el precio que estamos dispuestos a pagar por la eficiencia y la seguridad prometidas, o si, por el contrario, representa la pérdida de una libertad fundamental que deberíamos luchar por preservar.






Deja un comentario