La locura es el precio del desarrollo de la sociedad

La locura y el mito del progreso: La Castañeda como símbolo porfirista

En 1910, mientras México celebraba el centenario de su Independencia con fiestas aristocráticas, el Manicomio General La Castañeda se inauguró como emblema de la modernidad científica. Diseñado bajo el modelo francés de Charenton, este complejo psiquiátrico —con sus pabellones clasificados por estatus social y diagnóstico— encarnaba el ideal positivista de la élite porfiriana: un México ordenado, higiénico y «civilizado» . La presencia de Porfirio Díaz y la alta sociedad en su apertura reflejaba la creencia de que el progreso material y el control de la «locura» eran inseparables . Sin embargo, esta visión era tan ambiciosa como ingenua. La Revolución Mexicana estalló meses después, revelando que el «progreso» era un edificio frágil, construido sobre exclusiones.

El fracaso de un hospital modelo: entre la ciencia y el estigma

La Castañeda se concibió para reemplazar los asilos coloniales (como San Hipólito y El Divino Salvador) con terapias «modernas»: electroshocks, talleres laborales y hasta cine para pacientes . No obstante, pronto degeneró en un espacio de abuso y hacinamiento. Los expedientes clínicos muestran cómo se internaba a homosexuales, prostitutas y disidentes políticos bajo diagnósticos como «histeria» o «imbecilidad» . El manicomio, lejos de ser un faro científico, se convirtió en un mecanismo de control social, donde la locura se medicalizó para castigar la divergencia .

La demolición de un símbolo: las alarmas ignoradas

Para 1968, La Castañeda era un elefante blanco. Demolido antes de las Olimpiadas —al igual que otros vestigios incómodos del pasado—, su cierre evidenció la incapacidad del Estado para reformar un sistema que nunca entendió la salud mental. Los informes de maltrato y las denuncias por negligencia (como las que resguarda el Archivo General de la Nación) fueron ignorados hasta que el escándalo obligó a actuar . La «Operación Castañeda» trasladó a los pacientes a otros hospitales, pero el estigma persistió: la locura seguía siendo sinónimo de peligrosidad, no de enfermedad .

La epidemia silenciosa: la locura en el siglo XXI

Hoy, mientras celebramos avances en psiquiatría, la «locura» es más común que en 1910. La depresión, la ansiedad y el estrés son epidemias globales, pero el estigma perdura. La Castañeda nos enseña que el progreso no es solo infraestructura, sino empatía. Los «científicos» porfiristas creyeron que la razón podía domesticar la sinrazón, pero fracasaron porque olvidaron que la locura es, en parte, un producto de la misma sociedad que la condena, pero acertaron en el diagnóstico, una sociedad que progresa irremediablemente se enferma mentalmente.

El mito del progreso y su costo psicológico

El siglo XIX, con su culto al positivismo y al avance tecnológico, creyó que el desarrollo material traería consigo felicidad y orden. Sin embargo, la realidad fue otra: las sociedades industrializadas comenzaron a mostrar un aumento en los padecimientos mentales. México, bajo el Porfiriato, no fue la excepción. La Castañeda, ese «hospital modelo», se llenó no solo de enfermos mentales, sino también de los indeseables del progreso: los pobres, los diferentes, los que no encajaban en el proyecto de nación moderna.

¿Por qué? Porque el progreso acelerado genera contradicciones profundas:

  1. Alienación y pérdida de comunidad: La urbanización y el trabajo industrial rompen los lazos comunitarios tradicionales. El individuo queda aislado, y el alma humana no está hecha para el ritmo despiadado de las fábricas y las ciudades masificadas.
  2. Expectativas vs. realidad: El progreso promete bienestar, pero para muchos solo trae explotación. La frustración acumulada deriva en ansiedad, melancolía y otras formas de «locura».
  3. Represión y control social: Las sociedades «modernas» exigen adaptación. Quienes no cumplen (locos, rebeldes, disidentes) son medicalizados y encerrados, como en La Castañeda.
  4. Alcoholismo y drogadicción: La asequibilidad y naturalidad con la que se consumen favorece las psicopatías.

La paradoja de la modernidad: más riqueza, más infelicidad

El caso de La Castañeda es emblemático: se inauguró como símbolo de progreso, pero pronto se convirtió en un depósito de miseria humana. Lo mismo ocurre hoy:

  • Vivimos en la era de la hiperconectividad, pero la soledad nunca había sido tan aguda.
  • Tenemos más acceso a información que nunca, pero también más incertidumbre existencial.
  • El capitalismo nos promete libertad, pero nos esclaviza al consumo y al trabajo precario.

La locura es el síntoma de una sociedad enferma, que sacrifica el bienestar emocional en el altar del desarrollo económico.

¿Por qué hoy hay más «locura» que en 1910?

No es que antes no existiera, sino que:

  1. Hoy se diagnostica más (la depresión ya no es solo «tristeza», la ansiedad no es solo «nervios»).
  2. Las condiciones de vida son más estresantes: el ritmo laboral, la violencia estructural, la falta de futuro.
  3. El sistema nos vende bienestar, pero nos niega las herramientas para alcanzarlo.

La Castañeda fue demolida, pero sus fantasmas siguen aquí: ahora los manicomios son las oficinas, las redes sociales, las ciudades inhóspitas.

El progreso que no nos hace progresar

La Castañeda fue un espejo de las contradicciones mexicanas: un país que anhelaba el futuro pero temía a sus demonios. Su historia es un recordatorio de que el progreso, si no incluye justicia y compasión, es solo otra forma de barbarie. Hoy, mientras enfrentamos nuevas crisis de salud mental, su legado nos urge a repensar: ¿qué tan lejos estamos realmente de 1910?
Una sociedad que solo mide su avance en cifras económicas está condenada a la enfermedad mental. El verdadero desarrollo debe incluir solidaridad, tiempo para vivir, y espacios para la fragilidad humana. Si no, seguiremos repitiendo los errores de La Castañeda: construir palacios de la razón sobre cimientos de miseria emocional.

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