La Obra de Plutarco

La autenticidad de «Grilo», aunque cuestionada en el siglo XIX, es hoy ampliamente aceptada, siendo una clara muestra del persistente interés de Plutarco por la inteligencia y las virtudes de los animales. La cronología exacta de la obra es incierta, pero algunos indicios apuntan a que pudo haber sido escrita durante la juventud del autor, caracterizada por un tono retórico-sofístico y una forma literaria inusual en comparación con sus diálogos de madurez.

El escenario de la obra nos sitúa in medias res en la mítica isla de Circe, un telón de fondo directamente extraído del relato odiseico. En este singular marco, Plutarco introduce personajes de la mitología, siendo este el único diálogo del autor que los presenta: Ulises, Circe y el inusual protagonista, Grilo. La premisa es tan simple como intrigante: al finalizar su estancia en la isla, Ulises solicita a Circe que libere a los hombres que ha transformado en bestias. Sin embargo, la liberación no es tan sencilla; Circe impone una condición: Ulises debe convencer a los propios interesados de que desean regresar a su forma humana. Es en este punto donde emerge Grilo, un cerdo, como el portavoz elocuente de estos hombres transformados, quien desafiará la visión antropocéntrica de Ulises y, por extensión, la de la humanidad. Circe se retira pronto de la escena, dejando el protagonismo a un diálogo —que en realidad se asemeja más a un monólogo extendido— entre el héroe griego y el disertador cerdo.

La Inversión de la Percepción: La Superioridad de la Vida Animal

La esencia de la obra radica en el argumento central de Grilo: la vida animal es, con mucho, preferible a la humana, y las bestias aventajan al hombre en toda clase de virtudes, incluyendo el valor, la templanza y la inteligencia. Esta audaz proposición se erige como una crítica contundente a los vicios humanos en general y, de manera más específica y con una intención clara, a los estoicos. Los estoicos, en particular, eran el «blanco fundamental» de Plutarco en esta obra, dado que se empeñaban en negar la inteligencia animal y en afirmar la inexistencia de obligaciones morales hacia ellos. El hecho de que Ulises sea el personaje elegido para debatir con Grilo no es casual, ya que el héroe era considerado uno de los «santos patronos» del estoicismo. La elección del término «sofistas» para referirse a los detractores de la inteligencia animal —en lugar de mencionarlos expresamente como estoicos, como ocurre en otras obras de Plutarco como «Sobre la inteligencia de los animales» o «Sobre comer carne»— es una de las sutilezas retóricas de la obra.

Aunque Grilo esgrime en varias ocasiones argumentos y doctrinas típicas de la escuela epicúrea, el diálogo en su conjunto no parece tener una intención anti-epicúrea. De hecho, Plutarco se alinea claramente con las tesis de Grilo frente a Ulises, lo cual es notable dada la conocida aversión del autor hacia la escuela epicúrea. El colorido inequívocamente cínico del personaje y las ideas de Grilo son patentes. Él defiende la naturaleza como la norma suprema de vida, alabando la austeridad y la autosuficiencia de los animales, adoptando una actitud cosmopolita y despreciando las riquezas y los lujos superfluos. La escenografía del diálogo, que combina humor con crítica moral, seriedad con burla, y parodia episodios homéricos y escuelas filosóficas, apunta directamente al cínico Menipo de Gádara y sus sátiras.

Las Virtudes Humanas Puestas en Entredicho por Grilo

Grilo desmantela sistemáticamente la creencia de Ulises en la superioridad humana, argumentando que su famosa astucia es «falsa». Le reprocha a Ulises el «temor» a cambiar de un estado peor a uno mejor, equiparándolo a los niños que rehúyen los jarabes que los harían más sanos.

1. El Valor: Transparencia vs. Tretas y Miedo Grilo comienza su ataque refutando la arrogancia humana en lo que respecta al valor. Mientras que los hombres, especialmente Ulises, se enorgullecen de epítetos como «audaz» y «destructor de ciudades», Grilo acusa a Ulises de darle el nombre de virtud a su «trapacería», a sus «ardides y tretas» que engañan a hombres de combate «simple y noble». En contraste, los animales son «limpios y sencillos en sus combates», defendiéndose con «verdadero vigor» y «transparente y desnuda valentía». Su coraje no está motivado por la ley o el miedo a ser acusados de deserción, sino por un rechazo instintivo a ser sometidos, resistiendo «indomables hasta el final» y prefiriendo la muerte antes que rendirse. Los animales no ruegan, no suplican compasión, ni reconocen su derrota. Grilo enfatiza que ningún león es esclavo de otro león por cobardía, a diferencia de los hombres. De hecho, los animales adultos capturados prefieren la muerte por inanición a la esclavitud, mientras que los hombres «debilitan» a los cachorros y polluelos con «atracciones y tentaciones engañosas» hasta que aceptan la «domesticación», que Grilo equipara al «afeminamiento del coraje».

Una de las observaciones más incisivas de Grilo sobre el valor se refiere a la igualdad de vigor entre machos y hembras animales, lo cual no se observa en los humanos. Menciona ejemplos como la cerda de Cromión, la Esfinge, la zorra de Teumeso, la serpiente que disputó el oráculo a Apolo, y una yegua preferida por Agamenón antes que un hombre cobarde. Esta igualdad contrasta con la situación de las mujeres humanas, como Penélope, quien, a pesar de ser lacedemonia, se «toma menos molestias que las golondrinas en rechazar a los que van contra ella y contra su casa». Grilo concluye que el valor en los hombres no es natural, sino forzado por la «necesidad legal», la «costumbre y del reproche», y el «miedo a otras cosas». Así, la valentía humana es descrita como una «prudente cobardía» o un «temor que tiene la habilidad de evitar unas cosas por medio de otras». El cerdo refuerza su punto señalando que los poetas comparan a los guerreros más valientes con animales («de espíritu de lobo», «de corazón leonino», «a jabalí en su brío parejo»), pero nunca al revés, lo que sugiere que la fuerza y el coraje animal son la medida de la valentía. El coraje animal es «sin mezcla de ninguna otra cosa», mientras que el humano, «mezclado con la reflexión como el vino con el agua, se retira ante el peligro y desaparece en el momento clave».

2. La Templanza: Necesidad Natural vs. Exceso y Vana Opinión Cuando Ulises le pide a Grilo que continúe con la templanza, el cerdo se burla de su supuesto ejemplo con Circe, afirmando que su «continencia» no es superior a la de cualquier animal, ya que estos tampoco sienten deseos de unirse a seres superiores a su especie. Para Grilo, incluso la castidad de Penélope es superada por la de una corneja, que permanece viuda por «nueve generaciones humanas».

Grilo procede a definir la templanza como la «ordenación de los deseos, eliminando los que son extraños y superfluos y disponiendo con oportunidad y medida de los que son necesarios». Aquí, Grilo presenta una clasificación de los deseos que guarda un «muy acusado paralelismo» con la doctrina epicúrea:

  • Deseos naturales y necesarios: como los relacionados con la comida y la bebida.
  • Deseos naturales pero no necesarios: como los de tipo sexual, que pueden ser descartados sin grandes problemas.
  • Deseos que no son necesarios ni naturales: aquellos que «viniendo de fuera se han desbordado gracias a vuestra vanidad y rusticidad».

Los animales, según Grilo, mantienen sus almas «inaccesibles y ajenas a la mezcla de afecciones extrañas», viviendo «alejados de toda vana opinión» y conservando enérgicamente su moderación. Grilo, desde su condición de cerdo, testifica su propia liberación de las vanidades humanas: antes le fascinaba el oro, la plata y el marfil, envidiaba la finura de la túnica de Ulises y se sentía «falto y desprovisto de lo más importante» a pesar de tener abundancia. Ahora, «liberado y purificado de aquellas vanidades», el oro y la plata le son indiferentes, y el «barro blando y profundo» es el lecho más agradable. Los animales, a diferencia de los hombres, viven con deseos y placeres «necesarios» y no son «desordenados ni insaciables» con los placeres «solamente naturales».

La crítica se extiende a los sentidos. El olfato animal es «sencillo y gratuito», útil para reconocer alimentos y detectar lo maligno. El olfato humano, en cambio, ha sido corrompido por el «arte de tintorería y brujería» llamado «perfumería», llevando al consumo de «perfumes de incienso, cinamomo, nardos» y a una «molicie afeminada, pueril y absolutamente inútil». En cuanto a las relaciones sexuales, las hembras animales atraen a los machos con «olores que les son propios», el amor es «sin engaños y gratuito», y se apaga tras la procreación, siendo la «ley natural» lo que rige. Grilo contrasta esto con la «naturaleza irrefrenable» de los deseos humanos, que llevan a «uniones sexuales de un macho con otro macho o de una hembra con otra hembra», y a actos de bestialismo, que Grilo ejemplifica con los Minotauros, Egipanes, Esfinges y Centauros. En cambio, ningún animal ha buscado una persona para la unión sexual.

Finalmente, la templanza en la alimentación es otro punto débil humano. Cada animal tiene un solo alimento connatural, y los carnívoros no privan de alimento a los más débiles. El hombre, por su «glotonería», es el único animal «omnívoro», buscando placer en todo lo comestible y consumiendo carne no por necesidad, sino por «molicie y harto de lo estrictamente necesario», comportándose «mucho más cruel que los animales más salvajes».

3. La Inteligencia: Sabiduría Innata y Autosuficiencia Grilo argumenta que la inteligencia animal no necesita «artes inútiles y vanas»; las necesarias «surgen como legítimas y connaturales» de forma «autodidacta y autosuficiente». Los animales poseen habilidades para curarse, buscar sustento, luchar, cazar y defenderse sin maestros externos. Grilo ofrece ejemplos: los cerdos enfermos buscan cangrejos, las tortugas comen orégano tras devorar víboras, y las cabras cretenses buscan díctamo para expulsar flechas. Para Grilo, si la «maestra es la naturaleza», entonces la inteligencia animal se eleva a la categoría del «más poderoso y sabio principio». Este es un punto de crítica a los estoicos, quienes atribuían las acciones aparentemente inteligentes de los animales a una «disposición natural» en lugar de al lógos (razón).

Además, Grilo subraya la capacidad de los animales para aprender de los hombres (perros siguiendo rastros, caballos entrenados, cuervos que aprenden a conversar) y, más aún, para enseñar a sus propias crías (perdices ocultando a sus polluelos, cigüeñas enseñando a volar, ruiseñores cantando). Esto demuestra una «capacidad superior de comprensión» y «más racionalidad que la de aprender», citando incluso a Aristóteles. Grilo se asombra de cómo los «sofistas» (estoicos) llegaron a considerar «irracionales y estúpidos a todos los seres a excepción del hombre». La obra concluye abruptamente con la discusión sobre la concepción de Dios por parte de los animales, y Grilo, con una astuta argucia, invierte el argumento sobre la inteligencia de Ulises, aludiendo a la fama de Sísifo (supuestamente ateo) como su posible ancestro, dejando a Ulises confundido.

Legado y Relevancia Literaria y Filosófica

A pesar de su brevedad, «Grilo» tuvo un papel «más que destacado en la tradición literaria europea, sobre todo entre los siglos XV y XVIII». Fue traducida al latín y a lenguas modernas, incluyendo la influyente versión francesa de Jacques Amyot. Su impacto se evidencia en autores como Erasmo, quien la invoca en el prólogo de su Elogio de la locuraMontaigne, que la cita profusamente; Giambattista Gelli con su Circe, y La Fontaine con su fábula Los compañeros de Ulises; Fénelon, y más lejanamente, Jonathan Swift en el Libro IV de Los viajes de Gulliver, además de obras españolas como El Crotalón.

Lecciones y Aplicaciones para la Vida Contemporánea

La obra de Plutarco, a través de la voz de Grilo, ofrece una riqueza de lecciones atemporales y aplicaciones prácticas para la vida. Nos invita a una profunda autoevaluación de nuestra propia humanidad y nuestro lugar en el mundo:

  • Humildad y Desafío al Antropocentrismo: La lección más evidente es la necesidad de cuestionar nuestra supuesta superioridad inherente. Grilo nos obliga a reconocer que muchas de las cualidades que consideramos exclusivamente humanas (valor, inteligencia, templanza) pueden estar presentes en los animales de una forma más pura y auténtica, o que nuestras propias versiones de estas virtudes están corrompidas por la vanidad, el miedo o la convención. La obra nos invita a bajarnos del pedestal y a considerar otras formas de existencia y sabiduría.
  • La Autenticidad frente a la Convención: Grilo aboga por una vida regida por la «ley natural» y la «autosuficiencia«. Esto contrasta fuertemente con la vida humana, llena de «vanidad», «rusticidad» y «prejuicios extraños«. En la vida contemporánea, esto se traduce en la reflexión sobre cuánto de nuestra conducta está impulsado por la verdadera necesidad o por las expectativas sociales, el consumo excesivo y la búsqueda de una felicidad artificial basada en la acumulación material o el reconocimiento externo. La obra nos anima a buscar una vida más sencilla y en sintonía con nuestras verdaderas necesidades, alejándonos de lo superfluo.
  • Critica al Consumo y al Exceso: La crítica de Grilo a la glotonería humana y a la búsqueda de placer en la comida más allá de la nutrición, así como al uso de perfumes y lujos innecesarios, resuena poderosamente hoy. Nos confronta con los problemas de salud derivados del hartazgo físico y el impacto ético de nuestros hábitos de consumo, especialmente el consumo de carne sin necesidad, que Grilo considera «mucho más cruel que los animales más salvajes». La templanza, en este sentido, no es solo abstinencia, sino una gestión sabia y consciente de los deseos.
  • Reinterpretación del Valor y el Coraje: La distinción entre el valor «puro» e instintivo de los animales y la «prudente cobardía» humana nos desafía a reevaluar qué significa ser valiente. ¿Es verdadera valentía la que surge del miedo al castigo social o de la búsqueda de la gloria, o es aquella que proviene de una fuerza interior inquebrantable, una disposición natural a defenderse y resistir, incluso hasta la muerte, por dignidad y supervivencia? Esta obra nos impulsa a buscar un coraje más auténtico, menos mezclado con cálculos y temores.
  • El Valor de la Sabiduría Innata y la Autosuficiencia: Los ejemplos de animales que se curan a sí mismos o que aprenden y enseñan sin instrucción formal nos invitan a valorar la inteligencia práctica, la intuición y la capacidad de adaptación. En una era de sobreinformación y dependencia tecnológica, la idea de una sabiduría «autodidacta y autosuficiente» nos recuerda la importancia de confiar en nuestros propios instintos y recursos internos, y de observar y aprender de la naturaleza misma.
  • Sátira de la Vanidad y la Búsqueda de la Gloria Vacía: La obra abre con la crítica de Circe a la «vana» persecución de Ulises por la «gloria» y el «renombre». Esta es una lección perenne: la búsqueda incesante de la fama y el reconocimiento externo puede llevarnos a sacrificar «lo verdaderamente valioso» y a tomar decisiones «necias». La verdadera satisfacción, Grilo sugiere, no se encuentra en la admiración ajena ni en las posesiones materiales, sino en la simplicidad y la armonía con la naturaleza.
  • Ética Animal y Responsabilidad Humana: Aunque Plutarco no está articulando una teoría moderna de los derechos de los animales, la obra siembra la semilla de una reconsideración. Al negar la «irracionalidad» de los animales y al comparar favorablemente sus virtudes con las humanas, el texto implícitamente cuestiona la justificación de la explotación y el maltrato animal. Nos insta a reflexionar sobre nuestras obligaciones morales hacia otras criaturas sintientes y a reconocer su propia forma de inteligencia y valor.

En conclusión, «Los animales son racionales» es mucho más que un simple diálogo filosófico. Es una poderosa sátira que, a través de la voz de un cerdo elocuente, desafía las premisas fundamentales de la superioridad humana y nos obliga a confrontar nuestros propios vicios y falacias. La agudeza de Grilo, su argumentación cínica y su elogio de la vida natural ofrecen una crítica incisiva a la «vana opinión» y a las convenciones que alejan al ser humano de una existencia auténtica y templada. Al mostrarnos un espejo a través del reino animal, Plutarco nos invita a redefinir la virtud, a apreciar la simplicidad y a buscar una conexión más profunda y humilde con el mundo natural, lecciones que, miles de años después, siguen siendo de vital importancia para nuestra vida y nuestra convivencia.

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