El niño de Trujillo

En la vieja Extremadura, bajo el cielo implacable que azotaba las piedras de Trujillo, un niño llamado Francisco Pizarro creció entre el polvo y la pobreza. Hijo bastardo de un hidalgo y una campesina, su infancia fue una lección temprana en desprecio y resistencia. Las calles empedradas, los murmullos sobre su linaje, la sombra de su padre que nunca lo reconoció del todo—todo ello forjó en él un carácter duro, obstinado.

No era un hombre de letras, pero sí de instinto. Y quizás por eso, cuando escuchó las historias de las Indias, de oro y gloria, supo que su destino no estaba entre las ovejas de su abuelo, sino más allá del mar. Hernán Cortés, su lejano pariente—también extremeño, también hijo bastardo—había conquistado México. ¿Por qué él no podría hacer lo mismo?

Los Trece de la Fama

El viaje a América no fue un camino de gloria inmediata. Pizarro llegó como tantos otros, buscando fortuna en La Española, navegando con Balboa hasta el Mar del Sur. Pero la verdadera obsesión comenzó con los rumores de un imperio al sur, donde el oro era tan común como la chicha.

En 1524, ya veterano, organizó su primera expedición al Perú. El fracaso fue absoluto: hambre, enfermedades, indígenas hostiles. Pero Pizarro no era hombre que se rindiera. En 1526, en la Isla del Gallo, cuando sus hombres querían volver, trazó una línea en la arena con su espada: «Por este lado se va a Panamá, a ser pobres; por este otro, al Perú, a ser ricos. Escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere.»

Solo cruzaron trece. Los Trece de la Fama.

El Encuentro de Dos Mundos

Noviembre de 1532. Cajamarca, una ciudad andina rodeada de montañas, se convierte en el escenario de uno de los encuentros más trascendentales de la historia. Atahualpa, el Sapa Inca victorioso tras una sangrienta guerra civil contra su hermano Huáscar, acampa con su ejército de miles de hombres. Ha recibido noticias de unos extranjeros barbudos que avanzan desde la costa, montando bestias nunca antes vistas y portando armas que escupen fuego.

Pizarro, con apenas 168 españoles, 62 caballos y algunos arcabuces, sabe que no puede enfrentar al inca en batalla abierta. Su única opción es la audacia, el engaño.

La Emboscada Preparada

Atahualpa, confiado en su poder, accede a reunirse con los extranjeros en la plaza de Cajamarca. Los españoles, ocultos en los edificios circundantes, esperan en silencio. El inca llega en una litera dorada, rodeado de nobles y guerreros desarmados, como muestra de buena voluntad.

Fray Vicente de Valverde avanza con una Biblia y un crucifijo, exigiendo que Atahualpa se someta al rey de España y a la fe cristiana. El inca toma el libro, lo hojea, lo arroja al suelo. «¿Cómo puede este papel hablar?» pregunta, ofendido.

Ese gesto es la excusa que los españoles necesitan.

La Masacre

Valverde grita: «¡Santiago, a ellos!» Los arcabuces disparan, los caballos cargan, las espadas caen sobre los indígenas desprevenidos. Los incas, aturdidos por el estruendo y el caos, intentan huir, pero las salidas están bloqueadas. La plaza se convierte en una trampa mortal.

Pizarro, espada en mano, se abalanza sobre la litera de Atahualpa. Mata a sus portadores, pero ordena que el inca sea capturado vivo. Sabe que su valor como rehén es incalculable.

En menos de una hora, miles de incas yacen muertos. Ningún español ha caído.

El Cautiverio y el Rescate

Atahualpa, prisionero, comprende rápidamente la codicia de sus captores. Para comprar su libertad, ofrece llenar una habitación de oro y dos de plata hasta donde alcance su mano. Pizarro acepta.

Durante meses, caravanas de oro llegan desde todo el imperio. Los españoles, asombrados, funden estatuas sagradas en lingotes. Pero Pizarro no tiene intención de liberar al inca.

La Ejecución

Mientras el rescate se acumula, llegan noticias de que un gran ejército inca se acerca. Los españoles, presas del pánico, acusan a Atahualpa de conspirar. Se le juzga en un simulacro de juicio: herejía, idolatría, traición.

Condenado a la hoguera, se le ofrece clemencia si se bautiza. Atahualpa, resignado, acepta. Lo queman vivo, pero al convertirse al cristiano, se le concede el «privilegio» de morir por garrote vil.

Sus últimas palabras son para Pizarro: «Tú me has vencido por traición. Mis hijos te maldecirán.»

Atahualpa y la traición en Cajamarca

La muerte de Atahualpa desata el caos en el Tahuantinsuyo. Sin su líder, el imperio se fractura. Pizarro marcha hacia el Cuzco, instalando a un nuevo inca títere, Manco Inca, mientras saquea templos y palacios.

Pero la traición de Cajamarca marca el inicio de su propia caída. La sangre derramada allí nunca dejará de perseguir a los conquistadores.

El encuentro con Atahualpa en Cajamarca fue el principio del fin del Imperio Inca. Pizarro, con menos de doscientos hombres, tendió una trampa. El inca llegó confiado, rodeado de miles de guerreros, pero la emboscada fue brutal: arcabuces, caballos, espadas contra lanzas de obsidiana. Atahualpa, capturado, ofreció un cuarto lleno de oro por su libertad. Pizarro aceptó—y luego lo ejecutó igual.

«No estoy acostumbrado a matar reyes,» murmuró alguien.
«Yo sí,» respondió Pizarro.

Fue su mayor victoria y su mayor pecado. El oro llegó, pero la sangre nunca se lavó.

El Inca traductor y las traiciones

Entre los cautivos, un joven noble inca, bautizado como Felipillo, se convirtió en su traductor. Pero Felipillo, astuto, manipuló mensajes, sembrando desconfianza entre los conquistadores. Pizarro, que había traicionado a Atahualpa, ahora veía traiciones por todas partes.

Sus antiguos aliados se volvieron enemigos. Diego de Almagro, su socio, lo acusó de quedarse con las riquezas del Cuzco. La guerra entre conquistadores estalló. Pizarro venció a Almagro, lo ejecutó—y firmó su propia sentencia de muerte.

El asesinato en Lima

El 26 de junio de 1541, los partidarios de Almagro—los almagristas—irrumpieron en su casa de Lima. Pizarro, ya viejo pero aún fiero, empuñó su espada. «¡Qué vergüenza, matar a un hombre así, en su propia casa!» gritó mientras luchaba. Pero eran demasiados. Una estocada en la garganta lo derribó. Con sus últimas fuerzas, trazó una cruz en el suelo con su sangre y besó el hierro.

Murió como había vivido: entre traiciones, con el nombre de Dios en los labios y la ambición en el corazón.

Legado

Francisco Pizarro no fue un héroe. Fue un hombre brutal, ambicioso, que destruyó un imperio para construir otro. Fundó Lima, la Ciudad de los Reyes, pero su nombre quedó manchado por la sangre de Atahualpa, de Almagro, de miles.

Extremeño, bastardo, conquistador.

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