La cancelación del NAIM más que una decisión estratégica de gobierno, fue un manotazo de poder: garrotear el avispero del neoliberalismo, un aparato de representación que daba inicio a una cuarta transformación; el combo de la honestidad valiente que incluyó la «venta» del avión presidencial, que no tenía ni Obama; hoy los mexicanos siguen usando el mismo aeropuerto y la Presidenta vuela en avión comercial (cuando desea dar nota en los medios).
El AIFA, es un triunfo del pueblo de México, el hub de la resucitada Mexicana de Aviación; se encuentra en crisis sistemática, pues las grandes lineas internacionales no desean volar ahí, las aerolineas de carga han perdido millónes por la falta de infraestructura logística, los caminos del aeropuerto son muy inseguros, los aviones llegan casi vacíos, menos los de Caracas que traen rusos con pasaporte venezolano y a pesar de que los vuelos son muy baratos, el pueblo bueno prefiere el viejo aeropuerto.
El proyecto del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) en Texcoco se concibió como un eje central dentro de una estrategia económica más amplia que iba mucho más allá de la simple modernización de la infraestructura aérea de la Ciudad de México. En su esencia, representó una pieza clave en la consolidación de un modelo de desarrollo impulsado por el neoliberalismo, con profundas implicaciones geopolíticas y un impacto directo sobre los ecosistemas y las comunidades locales.
Los intereses de Estados Unidos en este megaproyecto no eran marginales, sino fundamentales para su visión de una Norteamérica integrada. La función del aeropuerto, desde la perspectiva de sus promotores y organismos internacionales, era la de acelerar la incorporación de México a la órbita económica de Norteamérica: Siempre ha existido la visión de integración regional, donde instituciones financieras globales como el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial ejercen presión para la construcción de más infraestructura en países como México. Esto no se limitaba al turismo, sino que abarcaba una dependencia más amplia; por ejemplo, México se ha vuelto dependiente de la importación de maíz y gasolinas de Estados Unidos.
En esta dinámica, México sigue siendo el «patio trasero» de Estados Unidos. Necesidades como las playas para los jubilados estadounidenses, o la infraestructura para el descanso y el esparcimiento de personas con mayor poder adquisitivo, son satisfechas por México. La infraestructura como el aeropuerto de Texcoco, el Puerto de Mazatlán, Tren Maya o el Tren Interoceánico, lejos de ser proyectos aislados, forman parte de un engranaje destinado a fortalecer a Estados Unidos como un polo económico dominante en Norteamérica. Esto le permite ejercer un control económico sobre México, facilitando el tránsito de mercancías y la logística regional. La competitividad frente a otras potencias globales, como China, es una preocupación explícita.
El Tratado de Libre Comercio de 1994, en esta interpretación, fue una estrategia consciente que facilitó la entrega de recursos energéticos, territoriales y minerales a Estados Unidos. Esta adaptación impuesta a México significa una carrera que el país no podría ganar, ya que siempre estaría en una posición asimétrica y dependiente. Por tanto, la infraestructura en cuestión, incluyendo el aeropuerto, no fue diseñada principalmente para el usuario mexicano promedio, sino para ofrecer a México al mundo como un destino de clase mundial.
Grandes cadenas hoteleras, que controlan vastas extensiones de playas, bosques y montañas, requieren una infraestructura masiva para recibir a millones de turistas, como es el caso del aeropuerto de Cancún, el segundo con más visitas anuales. El proyecto de Texcoco buscaba triplicar el número de usuarios, principalmente a turistas internacionales de alto poder adquisitivo y hombres de negocios. Se concebía incluso una «aerotrópolis» o ciudad aeropuerto, con hoteles de lujo y centros de convenciones, para que magnates y financieros pudieran realizar negocios sin la necesidad de internarse en la Ciudad de México, lo que reflejaba una clara intención de exclusión de la mayoría de la población mexicana. La visión era priorizar las inversiones extranjeras y nacionales a toda costa en aras de la acumulación de capital.
La verdadera causa de la cancelación del proyecto del aeropuerto de Texcoco, más allá de argumentos técnicos o económicos superficiales, radica en que el proyecto encapsulaba los intereses del gran capital: el turismo masivo, el desarrollo inmobiliario, el sector de la construcción y vuelos de carga, una promesa de abundancia prometida que no beneficiaria a los mexicanos, sino a los que más tienen, por eso se concibió el sueño del AIFA, un aeropuerto con vuelos baratos, hecho por y para el pueblo.
Desde la perspectiva ambiental, la ubicación del aeropuerto era intrínsecamente problemática. La Ciudad de México, y específicamente la zona de Texcoco, se asienta sobre un vasto y rico sistema lacustre. Para el diseño del aeropuerto, este sistema de lagos fue visto no como un recurso vital, sino como un obstáculo a ser eliminado. El plan implicaba la desecación definitiva de la zona, a pesar de que la cuenca de Texcoco, con sus suelos permeables, es fundamental para la infiltración de agua en los acuíferos subterráneos y para la regulación hídrica de una ciudad que sufre constantes inundaciones debido a las lluvias torrenciales y a la falta de salidas naturales de agua. La frase «el agua es enemiga del aeropuerto» resumía la mentalidad del proyecto.
La desecación no solo destruiría un ecosistema crucial, sino que también eliminaría el hogar de miles de aves migratorias que cada año encuentran refugio en el Lago Nabor Carrillo. En lugar de adoptar una visión de cuenca que promoviera la regeneración y el cuidado del agua dulce, el proyecto promovía una «locura ecológica» al desperdiciar y contaminar el agua de lluvia. Además, el sitio elegido tenía suelos altamente salinizados e improductivos para la agricultura, una realidad que se ignoraba desde la época del porfiriato, evidenciando una planificación que no consideraba las condiciones naturales. La cancelación fue, en efecto, un triunfo del movimiento ambientalista, como dijo AMLO.
Al igual que fin de la reforma educativa de EPN, (un triunfo de la CNTE), la razón más profunda y potente para la cancelación fue la resistencia tenaz y organizada de los pueblos locales, particularmente los campesinos de San Salvador Atenco. Durante casi dos décadas, estas comunidades se opusieron a la expropiación de sus tierras y a la imposición de un proyecto que percibían como una amenaza a su existencia misma. Para ellos, la tierra era una parte inseparable de su identidad y supervivencia, no una mercancía transable.
Los planificadores intentaron imponer «ingeniería social», sugiriendo a los campesinos que abandonaran sus prácticas agrícolas tradicionales por otras actividades, una idea que las comunidades consideraban absurda y despectiva. Este choque de visiones era fundamental: por un lado, un capitalismo que busca la acumulación ilimitada y la expansión; por otro, la lógica de la «suficiencia» o el «vivir bien» de las comunidades, donde no se persiguen los lujos excesivos, sino una vida digna y sostenible. Los pueblos demostraron una «visión de cuenca» superior, entendiendo la interconexión de los ecosistemas y la necesidad de restaurar y preservar el agua y los cerros, una perspectiva que trascendía los límites de sus propias parcelas.
En resumen, el aeropuerto de Texcoco fue más que un proyecto de infraestructura; fue una manifestación del neoliberalismo y del capitalismo rapaz que busca la apropiación territorial, la extracción de recursos, algo que no era posible en la cuarta transformación. Representaba una estrategia para integrar a México de manera subordinada a los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos y del gran capital internacional.
Los hubs regionales son nodos geopolíticos, a pesar de los argumentos para cancelar el NAIM, es casi seguro que este proyecto neoliberal, corrupto e inviable ecológicamente, resucite cuando MORENA deje el poder; si en Asia hacen aeropuertos en el mar, con una correcta cimentación, la zona lacustre inviable para López Obrador, encontrará maneras de aterrizar un avión presidencial en un mega proyecto que no sirva solamente a los intereses del pueblo de México, sino de Norte América y será el principio de la quinta transformación.







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