Un viaje por la Intimidad Literaria
Las «Siete Noches» de Jorge Luis Borges constituyen un viaje intelectual y personal a través de los temas que han obsesionado al autor a lo largo de su vida, presentados no como disertaciones académicas, sino como exploraciones íntimas y sentidas. A lo largo de estas conferencias, Borges se revela como un lector hedónico, que busca la emoción estética en los libros por encima de cualquier otro fin, y comparte sus reflexiones sobre la naturaleza de la realidad, la literatura, la divinidad y el destino humano, con una lucidez que desarma cualquier pretensión de objetividad. Este compendio se erige, en palabras del propio Borges, como una suerte de testamento, en el que la ceguera, lejos de ser un impedimento, se transforma en un catalizador para una percepción más profunda del universo.
La primera «noche» sumerge al oyente en La Divina Comedia de Dante, una obra que Borges aborda con una veneración que trasciende lo meramente literario. Desafía la lectura literal del poema, subrayando que Dante no imaginaba un más allá físico, sino que usaba imágenes para representar la vida de pecadores, penitentes y justos. La Comedia, como otros textos dignos de relectura, encierra infinitos sentidos, comparables al plumaje tornasolado de un pavo real o a la idea cabalística de que la Escritura fue escrita para cada fiel. Borges enfatiza la intensidad y la delicadeza de Dante, un autor capaz de mantener el asombro a lo largo de cien cantos y de imbricar ternuras en la trama más sombría. Destaca la oralidad inherente a la poesía, señalando que un buen verso «exige la pronunciación», recordando que el arte poético fue canto antes que escritura. Su acercamiento personal a la obra, leyendo el texto italiano junto a una traducción literal al inglés, revela cómo la traducción sirve de «estímulo para acercar al lector al original», y cómo la semejanza entre el italiano y el español facilitó su inmersión. En el famoso episodio de Paolo y Francesca, Borges subraya no el adulterio o el castigo, sino la ternura, el descubrimiento del amor y la envidia que siente Dante por la unión eterna de los amantes en el Infierno, en contraste con su propia ausencia de Beatriz. Finalmente, el episodio de Ulises se presenta como la cúspide de la Comedia, una leyenda creada por Dante superior a sus precedentes homéricos, que encarna la empresa «generosa, denodada, de querer conocer lo vedado, lo imposible». La tragedia de Ulises, castigado por su noble ímpetu de conocimiento, se convierte en un espejo del propio Dante, quien, al osar anticipar los juicios de la Providencia, siente que también podría merecer ese castigo. La Comedia, para Borges, es un libro del que nadie debería privarse, un libro «cristalino» en su esencia, cuya lectura debe abordarse con «fe de niño».
La segunda conferencia, La Pesadilla, explora los intrincados laberintos del mundo onírico, diferenciando el sueño como género y la pesadilla como especie. Borges se muestra defraudado por los tratados de psicología que ignoran lo «asombroso, lo extraño del hecho de soñar». Discute la falibilidad de la memoria de los sueños y la posibilidad de que, al contarlos, sigamos fabulando, enriqueciendo o empobreciendo la experiencia original. Reflexiona sobre la idea de que los sueños nos ofrecen una «modesta eternidad personal», donde el soñador, al igual que Dios, percibe su pasado y futuro cercanos de un solo vistazo, aunque al despertar les dé una forma narrativa sucesiva. La concepción de los sueños como «ficciones» o «creaciones literarias» es central, apoyándose en Góngora y Addison, quienes postulan que el alma, libre del cuerpo, goza de una facilidad inventiva superior a la de la vigilia. La distinción entre la percepción de los «salvajes» (para quienes los sueños son un episodio de la vigilia) y la de poetas y místicos (para quienes la vigilia misma podría ser un sueño) subraya la permeabilidad entre estos estados. Borges comparte sus propias pesadillas recurrentes: las de laberintos y espejos (que él concibe como interconectados, bastando dos espejos opuestos para crear un laberinto) y el terror de las máscaras, que ocultan un rostro atroz. Afirma que lo importante de las pesadillas no son las imágenes, sino la «sensación de horror» que producen, un horror peculiar que no se asemeja a las desdichas de la vigilia. Finalmente, plantea una sugerente hipótesis: «¿Y si las pesadillas fueran estrictamente sobrenaturales? ¿Si las pesadillas fueran grietas del infierno?», una idea que las etimologías de «nightmare» (demonio de la noche) parecen respaldar.
En Las Mil y Una Noches, Borges celebra el descubrimiento y la «conciencia del Oriente» por parte de Occidente. El título en sí mismo es objeto de su fascinación, con la palabra «mil» sugiriendo «infinito» y el «y una» añadiendo una capa de eternidad a lo ya innumerable. Este libro, más apreciado en Occidente que en su lugar de origen, es el resultado de una creación anónima y colectiva, obra de «miles de autores» que, sin saberlo, edificaron uno de los libros más ilustres de la literatura. Las narraciones de cuentos dentro de cuentos generan un efecto «casi infinito», una suerte de vértigo, que ha influido en autores posteriores. El Oriente, tal como lo evoca el libro, es un mundo de extremos, de reyes irresponsables como dioses, de tesoros escondidos y, fundamentalmente, de magia, concebida como una «causalidad distinta» donde cualquier objeto, como un anillo o una lámpara, puede invocar a un genio omnipotente. Borges destaca la historia de Aladino como un cuento que, aunque no hallado en las versiones originales árabes, fue una invención de Galland tan legítima como las fábulas originales, y que sigue recreándose en la memoria inventiva de sus lectores, como De Quincey. Este libro, vasto e inagotable, no ha muerto, sino que sigue «creciendo o recreándose», siendo parte de nuestra memoria previa incluso sin haberlo leído.
La cuarta «noche» se dedica a El Budismo, una religión que Borges admira por su tolerancia inherente, su capacidad de coexistir con otras creencias sin recurrir nunca a la imposición. Aclara que el budismo no exige la creencia en la historicidad del Buda, sino la adhesión a la Doctrina, que gira en torno a las Cuatro Nobles Verdades: el sufrimiento, su origen, su curación y el medio para alcanzarla. La leyenda del Buda, aunque no sea históricamente esencial, es «iluminativa» y de gran belleza. Borges desglosa el concepto del karma, una ley «cruel» pero lógicamente coherente, según la cual cada acto pasado prefigura el destino presente, en una cadena infinita de renacimientos. La negación del alma en el budismo y la transmigración del karma, en lugar del alma, lo conecta con ideas occidentales como las de Hume, Schopenhauer o Macedonio Fernández, quienes también postulan la inexistencia de un yo sustancial, reduciéndolo a una serie de estados mentales. La vida es sufrimiento porque es «nacer, envejecer, enfermarse, morir», y la solución reside en dejar de «soñar el mundo», alcanzando el nirvana, que no es una aniquilación, sino una «extinción» o «apagamiento» en el sentido de que los actos ya no arrojan sombras, liberando al individuo del karma. El budismo zen, con su búsqueda de la iluminación brusca o satori mediante intuiciones ilógicas, es presentado como una disciplina para comprender la irrealidad de todo, incluido el yo, y alcanzar un estado de calma.
La Poesía es, para Borges, la experiencia estética por excelencia, un «encuentro del lector con el libro» que renueva el texto en cada relectura, pues tanto el lector como el texto son «el cambiante río de Heráclito». Defiende la idea de que el lenguaje mismo es un fenómeno estético, no una mera representación de la realidad. Cada palabra, como «luna», es ya una «obra poética». Critica la noción de que la prosa está más cerca de la realidad que la poesía, argumentando que incluso las frases aparentemente más simples, como «un viento frío sopla del lado del río», son complejas estructuras estéticas. La invención poética se concibe no como una creación ex nihilo, sino como un «descubrir» o «recordar algo olvidado», una confirmación de la doctrina platónica de que el poema preexiste en el poeta y en el lector. Para Borges, la enseñanza de la literatura debe centrarse en el «hecho estético», en la emoción que un texto suscita, por encima de las fechas, los nombres o las bibliografías, pues la lectura obligatoria es un sinsentido. Analiza sonetos de Quevedo y Banchs para ilustrar cómo la ambigüedad, el hipérbaton y la sonoridad confieren a los versos una fuerza que trasciende la lógica o el sentido literal. La belleza, en definitiva, es una «sensación física», inmediata e indefinible, que «está acechándonos» en todas las literaturas y en cada momento de la vida, no el resultado de un juicio o de reglas.
La penúltima noche se adentra en La Cábala, una tradición mística judía que se basa en el concepto de un «libro sagrado», radicalmente distinto de un libro «clásico». Mientras que un clásico puede tener imperfecciones y ser estudiado históricamente, un libro sagrado como el Corán o el Pentateuco es concebido como una obra divina, donde «nada puede ser casual» y cada palabra y letra poseen un significado inherente. La Cábala, en su búsqueda de integrar pensamientos gnósticos en la mística judía, interpreta la Escritura como un texto cifrado, donde las letras (consideradas anteriores a las palabras) tienen valores numéricos y equivalencias, revelando doctrinas ocultas. De su premisa de un texto absoluto, los cabalistas deducen su sistema, que postula una serie de «emanaciones» (Sephiroth) que surgen de un Ser primordial e ilimitado (el En soph). Estas emanaciones, al alejarse del origen divino, van perdiendo fuerza, culminando en la creación de este mundo, que es, por ende, obra de una «Divinidad deficiente». Esta visión ofrece una solución al eterno problema del mal, atribuyéndolo no a un Dios omnipotente y justo, sino a la imperfección inherente al proceso de emanación. La leyenda del golem, un hombre de arcilla animado por el nombre secreto de Dios, ilustra el poder de la palabra divina y los peligros de la creación. La Cábala, para Borges, no es una mera curiosidad histórica, sino una «suerte de metáfora del pensamiento», que nos enseña que «en cada uno de nosotros hay una partícula de divinidad» y que «depende de nosotros» construir a Dios, un Dios que «está haciéndose».
Finalmente, en La Ceguera, Borges ofrece una de sus conferencias más personales. Relata su propia experiencia de pérdida gradual de la vista, que comenzó en su niñez, describiendo el mundo del ciego como una «neblina verdosa o azulada y vagamente luminosa», donde el amarillo persiste como un color fiel y el negro y el rojo son los más extrañados. La «extraña ironía de los hechos» se manifiesta cuando es nombrado director de la Biblioteca Nacional, el Paraíso que siempre había imaginado, solo para encontrarse «en el centro de novecientos mil volúmenes» sin poder leerlos. Este momento lo lleva a escribir el «Poema de los dones», reflexionando sobre la contradicción de recibir «los muchos libros y la noche». Comparte su destino con otros directores ciegos de la Biblioteca Nacional, como Groussac y Mármol, viendo en esta coincidencia un patrón «divino o teológico». Lejos de la desesperación, Borges convierte su ceguera en un «don», un «instrumento» que lo llevó a explorar y gozar de literaturas antes inaccesibles para él, como el anglosajón y el escandinavo. La ceguera se transforma en una puerta hacia la exploración interna, acrecentando su memoria y permitiéndole «transmutar la miserable circunstancia de nuestra vida» en arte. Ejemplos de Homero, Milton y Joyce, quienes también fueron ciegos o parcialmente ciegos, refuerzan la idea de que la ceguera no impidió su grandeza creativa, sino que, en algunos casos, la modeló. La ceguera, en suma, es un «modo de vida» que, si bien supone una pérdida del mundo visible, ofrece la posibilidad de descubrir otros mundos y de transfigurar la adversidad en material para la creación, en un acto de valentía y lucidez que convierte la sombra en fuente de luz.
Las «Siete Noches» revelan a un Borges que, al borde de la ceguera total, se embarca en un acto de fe en la literatura y el conocimiento. Cada conferencia es una invitación a la reflexión, a dudar de las certezas y a explorar la riqueza infinita de los textos y las ideas, no como entidades fijas, sino como «ríos cambiantes». La obra es un testimonio de su incansable curiosidad y su profunda convicción en el poder de la palabra para dar sentido a un universo que, como las pesadillas, a menudo se resiste a la comprensión racional.







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