Hacer todo como si sólo dependiera de ti, sabiendo que todo depende de Dios.

La Compañía de Jesús, fundada por el mercenario español Ignacio de Loyola en 1534, ha ejercido una vasta y a menudo controvertida influencia en la política global a lo largo de los siglos. Aunque ha contado con misioneros notables y bien intencionados como Matteo Ricci y Adam Schall, se percibe que una fuerza más oscura y secreta opera dentro de su estructura bizantina, utilizada como una herramienta de guerra geopolítica por operaciones oligárquicas anglo-venecianas.

La orden jesuita está organizada con niveles de iniciación y exigentes ejercicios psicológicos que buscan despojar al iniciado de cualquier sentido de soberanía interna. Esto se logra mediante una demanda de obediencia «cadavérica» a la jerarquía. Los ejercicios espirituales de Loyola persuaden al adepto a ceder la responsabilidad de sus pecados a sus superiores, con el General Supremo como la fuente última de la culpa. Esta doctrina fomenta una renuncia total a la capacidad de discernir el bien del mal, incluso llegando al extremo de aceptar que «lo blanco que veo, es negro, si la Iglesia Jerárquica así lo decide». Este adoctrinamiento crea individuos capaces de actuar sin remordimientos personales, lo que se considera útil para infiltrar organizaciones como la masonería, el Trust de Rhodes, el alto mando nazi, el Instituto Tavistock de Londres y el propio Vaticano.

Históricamente, el papel subversivo de las operaciones jesuitas fue ampliamente reconocido por las fuerzas republicanas. El poeta Friedrich Schiller documentó en 1788 cómo los misioneros jesuitas en Paraguay crearon una religión híbrida y entrenaron a los nativos para destruir a los colonos europeos. En Canadá, las operaciones jesuitas crearon cultos sintéticos que mezclaban creencias nativas con la Biblia, lanzando tribus contra las fronteras de Nueva Inglaterra, con los sacerdotes jesuitas liderando masacres y quemas. Figuras como el científico y sacerdote Antoine Arnauld advirtieron sobre su capacidad para excitar disturbios, provocar revoluciones y conducir a la ruina total de un país.

La Revolución Americana trajo un breve respiro a estas incursiones. El Papa Clemente XIV, en 1773, emitió una Bula Papal forzando la disolución de la sociedad, declarando que la supresión era necesaria para la Iglesia y que le causaría la muerte, lo que ocurrió meses después por envenenamiento. A pesar de este golpe, la orden se trasladó a Rusia durante casi 50 años, continuando sus intrigas. El Marqués de Lafayette expresó su preocupación de que si las libertades de Estados Unidos eran destruidas, sería por la sutileza de los sacerdotes jesuitas, a quienes consideraba los enemigos más astutos y peligrosos de la libertad civil y religiosa, y los instigadores de la mayoría de las guerras en Europa.

La prohibición de la orden fue levantada por el Papa Pío VII en 1814, en el contexto del Congreso de Viena, que reinstaló un puño de hierro oligárquico en Europa. Los jesuitas se volvieron instrumentales como una fuerza mercenaria secreta, eficiente en contrainteligencia y subversión de movimientos revolucionarios. Podían instigar reacciones violentas o infiltrarse como agentes provocadores en facciones revolucionarias, justificando así una mayor tiranía.

El inventor Samuel F.B. Morse expuso en 1835 cómo los jesuitas, descritos como una sociedad secreta mil veces más peligrosa que la masonería, operaban en Estados Unidos. Advirtió que no eran meramente sacerdotes, sino comerciantes, abogados, editores y hombres de cualquier profesión, sin insignias externas para ser reconocidos, y capaces de asumir cualquier carácter para cumplir su objetivo. John Quincy Adams también percibió el peligro tóxico de los jesuitas, describiéndolos como una «plaga de hombres» que merecían la condenación eterna, asumiendo disfraces de pintores, editores, escritores y maestros de escuela. Incluso el escritor ruso Fiódor Dostoievski los vio como el ejército romano para la soberanía terrenal del mundo, impulsados por la «mera lujuria de poder» y el deseo de una «servidumbre universal» con ellos como amos.

En resumen, la Compañía de Jesús es presentada como una fuerza histórica compleja, con miembros honorables, pero con una estructura interna que fomenta la obediencia ciega y la renuncia a la soberanía personal. Su historial está marcado por la subversión, la instigación de conflictos y una notable capacidad de adaptación y penetración en diversas esferas de la sociedad, lo que los convierte en una fuerza secreta y altamente influyente en el escenario mundial.

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