Nemo novit patrem; Nemo sine crimine vivit; Nemo sua sorte contentus; Nemo ascendit in coelum.
En la vasta y profunda obra de Miguel de Cervantes Saavedra, «El Licenciado Vidriera» emerge como una de sus Novelas Ejemplares más singulares y reveladoras. A través de la peripecia vital de su protagonista, Tomás Rodaja, la narración no solo traza un viaje geográfico y psicológico, sino que se convierte en un incisivo estudio sobre la sociedad, la verdad, la locura y la percepción humana.
Cervantes, con su agudeza característica, teje una fábula moral que, bajo el velo de una extraña demencia, permite un análisis crítico y despiadado de su tiempo, ofreciendo al mismo tiempo lecciones atemporales sobre la vida y la condición humana.
La historia comienza con la aparición de un niño de once años, Tomás Rodaja, un huérfano de origen desconocido con una determinación inquebrantable de superarse a través del estudio. Cuando se le pregunta por su origen, su respuesta inicial es que se le ha olvidado el nombre de su tierra y el de sus padres, pero que nadie lo sabrá hasta que él pueda honrarlos a ellos y a su patria con sus estudios, «siendo famoso por ellos; porque yo he oído decir que de los hombres se hacen los obispos».
Esta temprana declaración es una poderosa afirmación del poder del conocimiento y del mérito personal para trascender las barreras sociales. Desde el inicio, Cervantes establece la valía intrínseca del intelecto y la aspiración, contrastando la humildad del origen con la grandeza del propósito. Tomás es acogido por dos caballeros estudiantes en Salamanca, donde su «raro ingenio» y «notable habilidad» lo transforman de criado a compañero en solo ocho años.
Su dedicación a las leyes y, especialmente, a las «letras humanas» revela la amplitud de su mente y una «felice memoria» que complementa su entendimiento. Salamanca misma es presentada como un lugar que «enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado», un tributo a la ciudad del saber que moldea su espíritu.
El viaje posterior de Tomás por Italia y Flandes es crucial. Su motivación no es meramente turística, sino filosófica: cree que «las luengas peregrinaciones hacen a los hombres discretos«. Esta frase encapsula la idea de que la experiencia directa y el conocimiento del mundo son tan fundamentales como la formación académica. Durante su estancia en el ejército, Tomás se niega a alistarse formalmente, explicando que sería «ir contra mi conciencia y contra la del señor capitán» unirse al servicio militar remunerado sin la intención de seguir la bandera.
Este rechazo de comprometer su integridad moral por conveniencia es un mensaje contundente sobre la importancia de la conciencia individual y el libre albedrío, incluso en contextos donde la obediencia es la norma.
Sus observaciones sobre la vida militar son las de un agudo crítico: señala la «autoridad de los comisarios, la incomodidad de algunos capitanes, la solicitud de los aposentadores, la industria y cuenta de los pagadores, las quejas de los pueblos, el rescatar de las boletas, las insolencias de los bisoños, las pendencias de los huéspedes, el pedir bagajes más de los necesarios, y, finalmente, la necesidad casi precisa de hacer todo aquello que notaba y mal le parecía«.
Esta detallada lista es una crítica mordaz y realista a la corrupción, el abuso de poder y las incomodidades inherentes a la vida castrense y la administración pública.
El periplo de Tomás le permite conocer ciudades y culturas, y Cervantes aprovecha para tejer descripciones vívidas y, a menudo, cargadas de significado. La belleza de Génova, la pulcritud de Florencia, y sobre todo, la grandeza de Roma, cuya magnificencia infiere no de su esplendor presente, sino de sus ruinas: «así él sacó la de Roma por sus despedazados mármoles, medias y enteras estatuas, por sus rotos arcos y derribadas termas, por sus magníficos pórticos y anfiteatros grandes«.
Esta visión de Roma es una profunda reflexión sobre la efímera gloria y el legado perdurable de las civilizaciones, donde la grandeza se reconoce en los vestigios del pasado. La mención de Venecia y su comparación con «la gran Méjico» conquistada por Hernán Cortés es un guiño a la expansión del imperio español y a la existencia de maravillas tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo.
La transición de Tomás a «El Licenciado Vidriera» es el eje central de la novela, un giro inesperado provocado por un «hechizo» de amor administrado por una dama despechada. Cervantes no solo condena la brujería, sino que la desmitifica: «como si hubiese en el mundo yerbas, encantos ni palabras suficientes a forzar el libre albedrío; y así, las que dan estas bebidas o comidas amatorias se llaman venéficas; porque no es otra cosa lo que hacen sino dar veneno a quien las toma».
Esta es una de las frases más explícitas y poderosas de la obra, una defensa rotunda de la libertad individual y un ataque frontal a la superstición, afirmando que ninguna fuerza externa puede coartar la voluntad humana. El «veneno» no solo causa la enfermedad física, sino la locura que transforma a Tomás en el hombre de vidrio.
La locura de Tomás es una metáfora brillante. Su creencia de ser de vidrio, frágil y susceptible de romperse, lo aísla físicamente, pero paradójicamente, lo libera socialmente. Desde la distancia, y a salvo de ser «quebrado», puede hablar con una franqueza y una agudeza que ningún hombre cuerdo se atrevería a manifestar. La gente se le acerca para interrogarlo, buscando en su demencia la chispa de la sabiduría, y «respondió espontáneamente con grandísima agudeza de ingenio; cosa que causó admiración a los más letrados de la Universidad«.
Aquí radica el núcleo central de la obra: la locura se convierte en un vehículo para la verdad, una máscara que permite al genio intelectual desvelar las hipocresías y vicios de la sociedad sin consecuencias. «El vidrio, por ser de materia sutil y delicada, obraba por ella el alma con más promptitud y eficacia que no por la del cuerpo, pesada y terrestre», explica, sugiriendo que su nueva condición le otorgaba una lucidez superior.
A través de sus respuestas, el Licenciado Vidriera ofrece un desfile de críticas sociales, observaciones filosóficas y lecciones de vida. Sus sentencias son a menudo ingeniosas, a veces cínicas, pero siempre penetrantes:
- Sobre la honestidad y la sabiduría: Cuando un amigo le dice que tiene más de bellaco que de loco, Tomás responde: «No se me da un ardite, como no tenga nada de necio.» Esto subraya que la verdadera necedad es peor que la locura o la astucia, y que el valor reside en la lucidez y no en la apariencia de cordura.
- Sobre el matrimonio y la reputación: A un hombre cuya mujer se ha ido con otro, le aconseja «que dé gracias a Dios por haber permitido le llevasen de casa a su enemigo», y que buscarla sería «hallar un perpetuo y verdadero testigo de su deshonra». Y a quien busca paz con su mujer, le dice: «Dale lo que hubiere menester; déjala que mande a todos los de su casa; pero no sufras que ella te mande a ti.» Estas son lecciones pragmáticas, aunque duras, sobre el honor masculino y la gestión del poder en las relaciones conyugales de su época.
- Sobre la disciplina paternal: A un niño que quiere huir de su padre por los azotes, le replica: «Advierte, niño, que los azotes que los padres dan a los hijos honran y los del verdugo afrentan.» Una clara distinción entre la corrección y el castigo deshonroso, enfatizando la autoridad y el propósito formativo de los padres.
- Sobre la hipocresía religiosa: Su exclamación al ver a un labrador «cristiano viejo» entrar a la iglesia: «Esperad, Domingo, a que pase el Sábado», es una crítica sutil pero incisiva a la superficialidad de la fe y la discriminación, aludiendo a los judíos y la pureza de sangre, temas recurrentes en la España de la época.
- Sobre la crítica literaria y los poetas: Tomás hace una tajante distinción entre la «ciencia» de la poesía, que valora en mucho por su capacidad de englobar todas las demás ciencias, y los «poetas» en sí, a quienes no estima, pues «del infinito número de poetas que había, eran tan pocos los buenos, que casi no hacían número». Cita a Ovidio y Platón para elevar a los verdaderos poetas como «intérpretes de los dioses», pero denigra a los malos poetas como «la idiotez y la arrogancia del mundo». Este pasaje es una profunda reflexión cervantina sobre el arte de la poesía, su valor intrínseco y la plaga de la mediocridad y la vanidad que, según él, lo rodeaban. Su burla a los poetas pedantes que recitan sus propios versos y la sátira a la idea de las damas con «cabellos de oro» y «ojos de esmeraldas» es una crítica a los tópicos manidos y la falta de originalidad.
- Sobre la corrupción en los oficios: Critica a los libreros por la falsificación de copias, a los panaderos por el fraude en las porciones, a los boticarios por la sustitución de ingredientes en las medicinas.
- Sobre los médicos: Aunque cita el Eclesiástico para honrar la medicina, fulmina a los malos médicos con una de las frases más duras: «no hay gente más dañosa a la república que ellos. El juez nos puede torcer o dilatar la justicia; […] pero quitarnos la vida sin quedar sujetos al temor del castigo, ninguno; sólo los médicos nos pueden matar y nos matan sin temor y a pie quedo, sin desenvainar otra espada que la de un récipe; y no hay descubrirse sus delictos, porque al momento los meten debajo de la tierra.» Esta es una crítica feroz a la impunidad y el poder de los malos profesionales que juegan con la vida de las personas.
- Sobre la envidia: Su solución es «Duerme: que todo el tiempo que durmierés serás igual al que envidias.» Una respuesta lacónica y filosófica sobre la inutilidad de este vicio.
- Sobre los jueces corruptos: Describe a un juez de comisión llevando «víboras en el seno, pistolones en la cinta y rayos en las manos, para destruir todo lo que alcanzare su comisión.» Una imagen vívida de la corrupción y la arbitrariedad de la justicia. Critica a un amigo juez por dar sentencias exorbitantes con la intención de que el Consejo muestre misericordia, cuando lo correcto sería haber dictado una sentencia justa desde el principio.
- Sobre la vanidad y el engaño: Su «particular enemistad» con quienes se tiñen las barbas y la anécdota del viejo que pierde a su prometida por teñirse las canas, ilustran la repulsa cervantina por la impostura y la superficialidad de las apariencias.
- Sobre los escribanos: A diferencia de otros oficios, defiende a los escribanos con vehemencia, afirmando que no es «tan frágil que me deje ir con la corriente del vulgo, las más veces engañado». Afirma que es un oficio «sin el cual andaría la verdad por el mundo a sombra de tejados, corrida y maltratada». Esta es una declaración fundamental sobre la necesidad de la legalidad y la documentación para la verdad y el orden social. Aunque reconoce que «llevaban demasiados derechos», también «hacían demasiados tuertos», mostrando una visión equilibrada de su función.
- Sobre los comediantes: Contrasta su opinión negativa sobre los titiriteros (por tratar «con indecencia de las cosas divinas») con una visión sorprendentemente positiva de los comediantes. Aunque reconoce el duro trabajo, los ve como personas que «en el sudor de su cara ganan su pan con inllevable trabajo», y lo más importante, «con su oficio no engañan a nadie, pues por momentos sacan su mercaduría a pública plaza, al juicio y a la vista de todos.» Y concluye que «son necesarios en la república, como lo son las florestas, las alamedas y las vistas de recreación». Esta es una valiosa defensa del teatro como forma de entretenimiento honesta y necesaria para la sociedad.
- Sobre el chismorreo: Al sentir el picor de una avispa, lo compara con el «murmurador», diciendo que «las lenguas y picos de los murmuradores eran bastantes a desmoronar cuerpos de bronce, no que de vidrio.» Una imagen potente de la capacidad destructiva del chisme y la difamación, capaz de dañar incluso a los más fuertes.
El mensaje que se repite a lo largo de la «locura» de Tomás es que la verdad, por incómoda que sea, es un bien supremo, y que la sociedad, en su ceguera y corrupción, a menudo necesita un «loco» para escucharla. La enfermedad mental, lejos de ser un impedimento, se convierte en un catalizador para la sabiduría y la crítica social.
Finalmente, Tomás Rodaja es curado por un religioso, volviendo a su «primer juicio, entendimiento y discurso». Su nombre cambia a Licenciado Rueda, simbolizando su regreso a la cordura y a una vida «normal». Sin embargo, esta normalidad resulta ser su mayor tormento. La Corte, que antes se agolpaba para escuchar las ocurrencias del Licenciado Vidriera, ahora lo ignora como el Licenciado Rueda. Sus palabras, antes celebradas por su extravagancia, ahora son desoídas por su sensatez.
El Licenciado Rueda suplica ser oído, pide que lo que consiguió por loco («el sustento») no lo pierda por cuerdo, invitando a la gente a su casa para escuchar sus reflexiones ahora pensadas, no improvisadas. La respuesta de la sociedad es el desinterés: «Escucháronle todos y dejáronle algunos.»
El desengaño final de Tomás es una de las reflexiones más amargas y profundas de Cervantes. Su poderosa invectiva contra la Corte lo dice todo: «¡Oh Corte, que alargas las esperanzas de los atrevidos pretendientes y acortas las de los virtuosos encogidos, sustentas abundantemente a los truhanes desvergonzados y matas de hambre a los discretos vergonzosos!»
Esta frase es la culminación de la crítica social cervantina, un lamento desgarrador sobre la injusticia, la hipocresía y la valoración pervertida en los centros de poder, donde el mérito y la virtud son sacrificados en favor de la audacia descarada y la lisonja. La lección para la vida es cruda: a menudo, el mundo prefiere la falsedad y la conveniencia antes que la verdad y la integridad, especialmente si esta viene de una mente brillante pero modesta.
La consecuencia de esta desilusión es la renuncia de Tomás a una vida de letras y leyes en España para «eternizar por las armas» en Flandes, donde muere como un «prudente y valentísimo soldado». Es un final trágico que subraya la imposibilidad de que el ingenio y la sabiduría sean valorados en una sociedad sorda, obligando al intelectual a buscar reconocimiento en un ámbito donde la fuerza y la valentía priman sobre la razón.
El mensaje más importante y recurrente es la ironía de que la verdad sea más accesible y aceptable cuando es pronunciada desde la locura, y el doloroso reconocimiento de que la cordura y la virtud no siempre encuentran su lugar en un mundo corrompido por la vanidad y el interés.
En resumen, «El Licenciado Vidriera» es mucho más que una simple anécdota de un hombre con una extraña enfermedad. Es una magistral lección de ética y crítica social, un espejo que Cervantes ofrece a su sociedad (y a la nuestra) para reflejar sus vicios y virtudes.
El núcleo central de la obra es la paradoja de la locura como fuente de lucidez y la desilusión del intelectual frente a una sociedad que prefiere la apariencia a la sustancia. Las lecciones para la vida son múltiples: la búsqueda incansable del conocimiento, la importancia de la integridad moral, la cautela ante la superstición, el valor de la experiencia, y la cruda realidad de que el mérito y la honestidad pueden ser penalizados en un mundo que a menudo recompensa la impostura. La obra nos invita a cuestionar nuestras propias percepciones de la cordura y la locura, y a valorar la verdad sin importar de dónde provenga.







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