Un tapiz inigualable de migraciones legendarias, batallas épicas y la llegada dramática de un nuevo orden se despliega en esta crónica histórica, ofreciendo una ventana fascinante al corazón de la antigua Mesoamérica, centrada en la indomable República de Tlaxcala. La narrativa, tejida con mitos, genealogías y testimonios directos de la conquista, nos sumerge en un mundo donde lo divino y lo terrenal se entrelazaban constantemente.

De las Cavernas al Altiplano: La Estirpe Chichimeca

La historia comienza con las vastas migraciones de los pueblos antiguos. Antes de que Tlaxcala se fundara, tribus como los Olmecas y Xicalancas habían recorrido el valle de México, dejando tras de sí ruinas colosales de fortalezas y bastiones que demostraban la inmensa mano de obra y el carácter guerrero de sus pobladores. Incluso las ruinas de estos edificios, con sus fosas y albarradas, después de más de trescientos sesenta años, aún mostraban una profundidad considerable. En este territorio, el cerro de Xochitecatl y Tenayacac, cerca del río que viene de la sierra nevada de Huexotzinco, fue uno de los principales asientos Olmecas.

Sin embargo, los verdaderos fundadores de la nación tlaxcalteca fueron los Chichimecas, gente feroz y sediciosa, procedentes de las míticas Siete Cuevas. El nombre «Chichimeca» mismo evocaba un salvajismo primario, pues se derivaba de un vocablo que significaba «chupar o mamar», en referencia a su antigua costumbre de beber la sangre de los animales que cazaban y comer su carne cruda. Con el tiempo, no obstante, este origen bárbaro fue transformándose en un título de honor y nobleza. A la gente que hoy en día vive como salvaje, que se sustenta de cacería y comete crueles matanzas en gentes de paz, se les sigue llamando Chichimecas.

Esta tribu itinerante era guiada por su deidad tutelar, Camaxtli, un ídolo o un ser mágico que se comunicaba con sus sacerdotes y les revelaba los caminos y los destinos futuros. Los Chichimecas eran también grandes hechiceros y nigrománticos, lo que inspiraba temor en los pueblos vecinos. Fue por mandato de Camaxtli que los Chichimecas, tras una sangrienta batalla en Poyauhtlan (un territorio de Tetzcuco) contra los Culhuas y Tepanecas (donde se dice que el agua de la laguna se tiñó de sangre), emprendieron la marcha que los llevaría al territorio de Tlaxcala. La sangre derramada en esta batalla se convirtió, según una fábula local, en el marisco llamado Ezcahuitl (lama colorada).

Finalmente, la tribu se estableció en las alturas rocosas, que llamaron Tepeticpac o Texcalticpac, constituyendo la primera cabecera. La provincia de Tlaxcala se formó por la división amistosa del territorio y de las propias cenizas del dios Camaxtli entre los hermanos Culhuatecuhtli (el primer rey) y Teyohualminqui, quien fundó la cabecera de Ocotelolco. Culhuatecuhtli era el Señor único de los Teochichimecas (Chichimecas divinos). Más tarde se sumaron las cabeceras de Tizatlan y Quiahuitztlan, conformando una república de cuatro señoríos, que si bien a veces sufrían disensiones internas, se mantuvieron unidas. La palabra Tlaxcallan proviene de Texcalla, que a su vez se deriva de Texcalticpac.

Sociedad, Honor y el Arte de la Guerra

La sociedad tlaxcalteca se distinguía por una clara jerarquía entre nobles (Tecuhtli), hidalgos (Pilcalli) y plebeyos, con una organización que tenía tintes feudales. Los plebeyos, llamados Terrazgueros, trabajaban la tierra, pero a cambio de ello estaban obligados a reconocer a las casas nobles, sirviéndolas y pagando tributo de las cosas que criaban y cogían.

El honor militar era la clave de la movilidad social. Para ascender, un hombre debía armarse caballero (Teuhtli o Tecuhtli), un rito que incluso los comerciantes podían alcanzar si eran lo suficientemente ricos o si habían realizado grandes hazañas en la guerra. Los caballeros de linaje se llamaban Tepilhuan. La ceremonia era rigurosa: el aspirante debía ayunar entre cuarenta y sesenta días en un templo de sus ídolos, y se le sometía a humillaciones y vejaciones, que incluían golpes en el rostro, palabras afrentosas, y la perforación de orejas, nariz y labios con huesos afilados de tigres y águilas, y no con oro o plata. La sangre extraída se ofrecía a los dioses. Durante este ayuno, los aspirantes tiznaban y embijaban sus cuerpos de negro.

En el campo de batalla, su armamento era tradicional: arcos, flechas con puntas de pedernal, hondas, mazas pesadas (Macanas), y espadas con filos de pedernal agudas y cortadoras. Usaban escuadrones muy espesados, y el objetivo principal no era tanto matar, sino capturar prisioneros para el sacrificio a sus dioses. Peleaban desnudos, o usando sacos estofados de algodón pasados, de nudillo. Tenían por mayor hazaña prender que matar. La guerra era un asunto de honor y religión; los prisioneros de alto valor eran a menudo sometidos al sacrificio gladiatorio, atados a una gran rueda de piedra en el centro de una plaza. El prisionero se defendía con armas de su gusto mientras era atacado por varios hombres.

Un ejemplo inolvidable de esta ética guerrera fue el capitán Tlahuicole, un hidalgo pobre pero de fuerza temible, cuya divisa era un jarro de barro. Fue de tales fuerzas que hizo hazañas increíbles y mataba y desbarataba a la gente que encontraba. Capturado por sus enemigos (los Huexotzincas) y llevado a Motecuhzoma, se le ofreció la libertad por su valentía, algo jamás usado. Tlahuicole se rehusó, argumentando que un guerrero capturado solo tenía dos caminos: la victoria o la muerte, y vivir afrentado era intolerable. Motecuhzoma le honró dándole el mando de un ejército mexicano para luchar contra Michoacán (los Tarascos), donde logró grandes hazañas y regresó con plata y cobre robado. Pero al volver, exigió su sacrificio, muriendo peleando en la rueda, demostrando su inconmovible honor. Antes de su sacrificio, se celebraron grandes fiestas y banquetes en su honor.

El Asedio de la Sal: La Guerra Perpetua con México

La prosperidad y el amplio comercio de Tlaxcala (que se extendía desde la costa del Sur hasta la del Norte, y de Oriente a Poniente) despertaron la envidia de sus vecinos. Con el ascenso del Imperio Mexicano y las conquistas de reyes como Ahuizotzin y Axayacatzin, Tlaxcala fue gradualmente rodeada y estrangulada. Los tlaxcaltecas temían el creciente poder de los Culhuas Mexicanos Tepanecas (o Tenochcas) que gobernaban las provincias vecinas.

Motecuhzoma, el gran rey de Tenochtitlan, sometió a todas las provincias circundantes, y luego impuso un cerco económico y militar de más de sesenta años sobre Tlaxcala. A los tlaxcaltecas se les prohibió todo comercio, viéndose privados de lujos como el algodón, el oro, la plata, la plumería, el cacao y, lo más crucial, la sal. Esta prolongada carencia llegó a tal punto que el pueblo tlaxcalteca se acostumbró a no comer sal, hábito que perduró incluso después de la Conquista, aunque actualmente van entrando en el hábito de comerla.

A pesar de este asedio, la guerra se mantuvo a propósito. Los mexicanos tenían la oportunidad de destruir Tlaxcala, pero la dejaban «como codornices en jaula» para que sirviera de ejercicio militar para sus jóvenes nobles y, más importante aún, para obtener un suministro constante de víctimas humanas para sus sacrificios. La enemistad era tan mortal que jamás se permitieron lazos de parentesco o casamiento entre las dos naciones, pues les era odioso y aborrecible el nombre de Mexicanos a los tlaxcaltecas, y viceversa.

En los años previos a la llegada de los españoles (diez u ocho años antes), el conflicto escaló. Los mexicanos convocaron a todas las naciones sujetas para asaltar Tlaxcala y destruirla a sangre y fuego. Las fuerzas invasoras cubrieron el horizonte de la provincia. Sin embargo, los tlaxcaltecas, con la ayuda de sus leales fronterizos Otomíes y Chalcas, repelieron el asalto masivo. Una victoria crucial tlaxcalteca se había dado en el Valle de Atlixco, donde derrotaron a un gran ejército mexicano y mataron a su general, Tlacahuepantzin, hijo de Motecuhzoma. Motecuhzoma, furioso por la muerte de su hijo, decidió que era tiempo de asolar Tlaxcala por completo, pues no se tenía por Señor Universal del Mundo mientras Tlaxcala permaneciera sin conquistar. Pese a este juramento, las fuerzas mexicanas fueron rechazadas nuevamente, en una batalla donde las fronteras tlaxcaltecas pelearon valerosísimamente.

El Canto del Cisne: Prodigios y la Llegada de Cortés

El mundo antiguo se preparó para un colapso inminente, anunciado por una serie de augurios aterradores que comenzaron diez años antes de la llegada de los españoles. En México se vieron ocho prodigios. El primero fue una columna de fuegomuy flamígera que parecía clavada en el cielo, que duró un año (comenzando en el año de doce casas, 1516). Luego, el templo de Huitzilopochtli se quemó espontáneamente sin que nadie le prendiera fuego, y en un instante se abrasó todo. Un rayo cayó en un templo dedicado al ídolo Xicchtecuhtli sin trueno ni relámpago. Cometas salieron del cielo por el aire y de tres en tres, con grandes colas, corriendo de Occidente a Oriente dejando brasas de fuego.

La laguna de México también se alteró y hirvió sin viento, levantándose en gran altura, inundando y destruyendo muchas casas. Además, se oía la voz angustiada de una mujer que lloraba por las noches: «¡Oh hijos míos! del todo nos vamos ya a perder…» y a veces, «¿A dónde os podré llevar y esconder?». El séptimo prodigio fue la captura de un ave extraña, parecida a una grulla, que tenía una diadema redonda en la cabeza, transparente como un espejo. Al mirar a través de ella, Motecuhzoma vio grandes escuadrones de gente marchando en orden de batalla. Finalmente, se aparecían hombres unidos en un cuerpo (Tlacanctzolli) o cuerpos con dos cabezas, que al llegar al palacio de Motecuhzoma desaparecían.

Estos prodigios fueron interpretados por el pueblo como pronósticos del fin del mundo, causando gran espanto y llanto. Los propios tlaxcaltecas también atestiguaron prodigios, como una extraña claridad matutina (una niebla blanca) que salía del Oriente tres horas antes del sol, subiendo hasta el cielo. También veían un remolino de polvo a manera de una manga que se levantaba desde encima de la sierra Matlalcueye (Sierra de Tlaxcala), llegando a tanta altura que parecía tocar el cielo.

Cuando por fin llegaron los españoles a la costa, la incertidumbre fue total: ¿Eran dioses o eran hombres? Los exploradores de Motecuhzoma reportaron que comían, dormían y enfermaban como cualquier mortal. Sin embargo, se maravillaban de sus armas de hierro, de la ballesta fortísima y de Malintzin (Marina), la mujer que servía de intérprete y que hablaba su lengua con fluidez. Ella fue llamada Malintzin (que significa «gran señora» en superlativo, y fue tenida por diosa) y hablaba la lengua mexicana y la de Cozumel, sirviendo de intérprete junto a Jerónimo de Aguilar. La presencia de Marina causó gran impacto en Motecuhzoma, quien dudaba si eran dioses u hombres.

La Alianza Sellada con Fuego y Agua

Hernán Cortés, al enterarse del cerco mexicano y la antigua tradición de los hombres blancos y barbados que vendrían del Este para gobernar, envió mensajeros a Tlaxcala desde Cempohuallan, ofreciendo su protección y ayuda contra el tirano Motecuhzoma. Les envió una carta (que no podían leer), una espada, una ballesta y un sombrero de seda.

Tras un breve enfrentamiento inicial con las guarniciones fronterizas tlaxcaltecas (Otomíes de Texohuatzinco), donde se mató a un español y dos caballos, Cortés fue recibido en Tlaxcala con un fasto y una solemnidad inauditos. Los cuatro Señores (Xicotencatl el Viejo, Maxixcatzin, Citlalpopocatzin y Tlehuexolotzin) salieron a recibirlo en Tzompanzingo, con más de cien mil hombres. Xicotencatl el Viejo, tan anciano que se dice que le levantaban los párpados para ver a Cortés, abrazó al capitán, quien astutamente lo tomó del brazo derecho.

Al comienzo, los tlaxcaltecas no entendían si el caballo y el jinete eran una sola entidad, y trataban de alimentar a los caballos con carne humana, creyéndolos fieras carnívoras. Los naturales llamaron a Cortés Chalchiuh Capitán («capitán de gran estima y valor,» comparado con las esmeraldas) y a Pedro de Alvarado El Sol, por ser rubio y colorado, de lindo rostro.

La alianza se selló con la conversión. Cortés exigió la destrucción de los ídolos, prometiendo a cambio la verdadera fe y su apoyo militar. Maxixcatzin y Xicotencatl, aunque dudaron al principio, temiendo la ira de sus dioses ancestrales si se atrevían a profanarlos, finalmente cedieron. Los Señores le suplicaron que si ocurría alguna calamidad, no fuera a su cargo, sino al de Cortés. El pueblo, en señal de dolor, lloró y ocultó secretamente muchos ídolos.

Los cuatro grandes señores fueron bautizados públicamente por el clérigo Juan Díaz. Xicotencatl (el viejo) tomó el nombre de D. Vicente, Maxixcatzin se llamó D. Lorenzo, y los otros D. Gonzalo (Tlehuexolotzin) y D. Bartolomé (Citlalpopocatzin). Cortés y sus capitanes sirvieron de padrinos. Inmediatamente se procedió a la destrucción y profanación de los ídolos.

La Ira y la Venganza en Cholula y la Noche Triste

La primera gran campaña conjunta fue contra Cholula. Los cholultecas, confiados en su dios Quetzalcoatl, se mofaban de Tlaxcala por aliarse con los extranjeros, creyendo que el dios los consumiría con fuego o inundaciones, o que manarían ríos de agua para anegarlos.

La crueldad cholulteca alcanzó su punto máximo cuando desollaron vivos la cara y las manos del embajador tlaxcalteca Patlahuatzin, enviándolo de vuelta a Tlaxcala con sus manos colgando de las muñecas, un acto de extrema afrenta que causó gran indignación y dolor en la República.

Este acto de barbarie motivó una furiosa venganza. Los tlaxcaltecas se unieron a los españoles para destruir y asolar Cholula. Al ver que los templos de sus enemigos se quemaban y sus ídolos se profanaban sin que cayera fuego del cielo ni brotaran aguas para ahogarlos, los tlaxcaltecas entendieron «la burlería» de sus falsos dioses y ganaron un ánimo terrible. Durante la matanza, los tlaxcaltecas, para distinguirse de sus enemigos, se pusieron unas guirnaldas de esparto en la cabeza, y al pelear gritaban «¡Santiago!».

Después de la entrada inicial en México, donde Cortés fue recibido por Motecuhzoma (a quien algunos afirman que bautizaron antes de morir), la calma se rompió con la llegada de Pánfilo de Narváez, enviado desde Cuba para detener a Cortés. Cortés, tras derrotar a Narváez y tomar a su gente, regresó a México, donde encontró a sus hombres (que habían quedado bajo el mando de Pedro de Alvarado) asediados y a Motecuhzoma muerto (alcanzado por una pedrada de su propio pueblo).

La salida de México fue un desastre total, la famosa Noche Triste. Descubiertos por una vieja vendedora que dio el aviso, los españoles y sus aliados tlaxcaltecas fueron masacrados en las acequias y puentes rotos de la ciudad. Cortés y sus hombres perdieron gran parte del tesoro de Motecuhzoma (que habían fundido en barras para reducir su volumen) y murieron más de cuatrocientos cincuenta españoles y sinnúmero de aliados (se dice que cuatro mil). Durante la huida, Pedro de Alvarado realizó su famoso salto, que fue considerado por los aliados tlaxcaltecas como una hazaña heroica. Ellos se postraron y adoraron al Sol, comiendo puñados de tierra y arrancando hierbas.

La Victoria Milagrosa y la Construcción de la Victoria

Durante la retirada desesperada hacia Tlaxcala, las fuerzas diezmadas se enfrentaron a un inmenso ejército de Aculhuaques (Tetzcucanos) en los llanos de Otumba. La batalla fue una carnicería. La victoria final fue atribuida a un milagro, ya que los naturales afirmaron haber visto al Apóstol Santiago en un caballo blanco combatiendo a favor de los españoles. Un capitán llamado Antonio Temazahuitzin, natural de Hueyotlipan, es reconocido por haber ayudado a Cortés a librarse de un gran peligro cuando este cayó en una ciénaga y fue asido por mexicanos para sacrificarle.

Cortés rompió las filas y dio muerte al general enemigo Cihuacatzin (Maxatlopille), quitándole la divisa de oro y plumería que llevaba, la cual después regaló a Maxixcatzin. Cortés peleó montado en un rocín de arria muy bronco.

Una vez a salvo en Tlaxcala, fueron recibidos con lágrimas y consuelo. Maxixcatzin, el señor de Ocotelolco, se mantuvo como el aliado más fiel. Cuando los príncipes mexicanos enviaron embajadores para que Tlaxcala matara a los cristianos, Maxixcatzin se opuso firmemente a la traición. El joven Xicotencatl Axayacatzin (hijo de Xicotencatl el Viejo), propuso aliarse con los mexicanos, una traición por la que Maxixcatzin, en un arranque de ira, lo llamó cobarde y lo empujó por unas gradas. Más tarde, el joven Xicotencatl sería ahorcado por Cortés en Tetzcuco por sus continuos actos de traición y deserción, con la aprobación del Senado tlaxcalteca, especialmente de Maxixcatzin.

Con la lealtad de Tlaxcala asegurada, Cortés se preparó para el asedio final de Tenochtitlan. Los tlaxcaltecas le aconsejaron primero conquistar las provincias sujetas a México para «desmembrar y cortar las raíces del árbol», y así lo hizo Cortés, conquistando Tepeyacac y otras comarcas.

El servicio más crucial de Tlaxcala fue el ensamblaje y transporte de las piezas de los trece bergantines, construidos en el barrio de Atempa de Tlaxcala por Martín López. Más de diez mil hombres de guerra tlaxcaltecas se encargaron de llevar a cuestas estas piezas a través de las sierras hasta la laguna de Tetzcuco, proveyendo a Cortés con una flota decisiva para el asedio.

El Establecimiento del Nuevo Mundo y los Primeros Misioneros

Tras la caída de México, el caos político sobrevino por la ambición de los oficiales reales. Cortés, tras sofocar disensiones y dejar órdenes, regresó a España, donde fue ennoblecido con el título de Marqués del Valle y se casó con Doña Juana de Zúñiga. Volvió como Capitán General.

La verdadera pacificación y el inicio de la vida colonial comenzaron con la llegada de los doce primeros frailes franciscanos en 1524, encabezados por Fray Martín Valencia. Cortés les dio un recibimiento de inmensa humildad, postrándose de rodillas para besar la mano del custodio, un acto que impresionó profundamente a los naturales y facilitó la conversión.

Los frailes se dedicaron a extirpar la idolatría con firmeza, quemando ídolos y ejecutando a los más obstinados (con la anuencia de Cortés y el Senado tlaxcalteca) por volver a sus ritos ancestrales. Un caso notable fue el de D. Gonzalo Tecpanecatl Tecuhtli, Señor de Tepeticpac, quien confesó a Fray Diego de Olarte que guardaba las cenizas de Camaxtli. El religioso las quemó y dispersó. Se dice que estas cenizas contenían cabellos rubios, lo que concordaba con la creencia de los viejos de que Camaxtli fue un hombre blanco y rubio.

Otro martirio heroico fue el del niño Cristóbal Axotecatl (Cristobalito), hijo del cacique D. Cristóbal Axotecatl de Atlihuetza (sujeto a Tlaxcala). El niño, instruido por los frailes, predicaba a su padre y madre para que dejaran la idolatría. El padre, obstinado, mató primero a su esposa y luego a su hijo con porrazos, por no dejar de reprenderle. El niño murió clamando a Dios. El padre fue justiciado y los restos del niño y su madre fueron llevados al monasterio de Tlaxcala, tenidos piadosamente por mártires.

La fundación del virreinato bajo D. Antonio de Mendoza (el primer Virrey, 1534) trajo una era de estabilidad, protegiendo las artes, fomentando el crecimiento económico y pacificando la tierra. Bajo su mandato se fundieron barras de oro y plata para hacer moneda, aunque el intento de introducir una moneda de cobre (cuartos y medios cuartos) fracasó estrepitosamente, ya que los indios la aborrecieron por considerarla símbolo de pobreza. Recolectaron más de cien mil pesos de esta moneda para arrojarla a la laguna de México, desterrándola de su tierra.

Su sucesor, D. Luis de Velasco (1551), fue aclamado como el «Padre de la Patria» por ejecutar las Nuevas Leyes, que ordenaban la liberación de esclavos indios y ponían fin a los abusivos servicios personales y al transporte de cargas por los nativos (Tamemes). En su tiempo, se fundó la Audiencia de Guadalajara y se organizó la tercera armada a las Islas Filipinas (entonces Islas del Poniente). D. Luis de Velasco murió en 1564, y fue sepultado en Santo Domingo de México.

Los tiempos siguientes estuvieron marcados por la inestabilidad, incluyendo la conspiración llamada «de los hijos de Cortés», que fue castigada con rigor. El cuarto virrey, D. Martín Enríquez (1568), tuvo que lidiar con la ocupación del Puerto de San Juan de Ulúa por el corsario inglés Juan de Ade, y con la belicosidad de los Chichimecas, que obligó al establecimiento de presidios militares. Durante su mandato, en 1576, ocurrió una gran pestilencia en los naturales, que diezmó la población, un evento que fue precedido por la aparición de tres ruedas en el sol, semejantes al arco iris y sangrientas.

Así, esta crónica narra no solo el declive de un imperio, sino la forja de una nueva nación, impulsada por la alianza inesperada de un puñado de conquistadores y una república indígena que luchaba, hasta el final, por conservar su honor y su libertad ancestral.

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