La Tensión Ineludible: Sinceridad Radical Contra Convención Social
La obra «El Misántropo» de Molière se erige como una profunda exploración de las tensiones irreconciliables entre la búsqueda de una virtud intransigente y la necesidad de conformarse a las convenciones hipócritas de la alta sociedad. A través de la figura de Alceste, el protagonista, la obra presenta un ataque frontal contra la falsedad, la lisonja y la superficialidad que definen las interacciones humanas en el París del siglo XVII. Alceste no es simplemente un hombre malhumorado, sino un individuo que ha concebido «un odio espantoso» por la naturaleza humana, motivado por su incapacidad de tolerar lo que considera la corrupción moral generalizada.
Desde la escena inicial, el conflicto central queda establecido en el vibrante debate entre Alceste y su amigo, Filinto. Alceste reprocha a Filinto su «cobarde proceder» y su falta de sinceridad, al prodigar abrazos y juramentos a un conocido a quien, al separarse, considera indiferente. Para Alceste, esta conducta es «indigna, cobarde, infame», y exige que, como «hombres de honor,» sus palabras manifiesten siempre «el fondo de nuestro corazón». Esta demanda por una franqueza absoluta choca directamente con la visión pragmática de Filinto, quien argumenta que para andar en sociedad, es «preciso cumplir con algunos convencionalismos que exige el uso». Filinto advierte que la «franqueza absoluta resultaría ridícula y poco al caso» en muchas ocasiones, sugiriendo que la «perfecta razón huye de los extremos».
Alceste, no obstante, ve en la tolerancia de Filinto y otros complacientes una complicidad con el vicio. Su aborrecimiento no se limita a «los malos y dañinos,» sino también a aquellos que no tienen para ellos «ese odio vigoroso que debe provocar el vicio en las almas virtuosas». Esta postura inflexible, que busca castigar «inexorablemente ese vergonzoso comercio de las apariencias de la amistad», lo convierte en una figura cómica y trágica a la vez, cuya gran cólera contra las costumbres de la época lo pone «en ridículo ante mucha gente».
La misantropía de Alceste es tan vasta que se extiende incluso a su propio deseo de ser apreciado. Afirma que todos los hombres le son odiosos a tal punto que le disgustaría «pasar por discreto a sus ojos». Su rigidez moral es absoluta: prefiere que su causa legal, la cual considera justa, sea perdida por intrigas para así tener «el placer de perder mi pleito» y comprobar la suficiente «desvergüenza,» maldad y perversidad de los hombres.
La Lucha por el Mérito y la Condena a la Adulación
Una de las manifestaciones más concretas de la intransigencia de Alceste ocurre en el encuentro con Oronte en el Acto Primero. Oronte, un hombre de rango que busca la amistad de Alceste para ser adulado, le presenta un soneto recién compuesto. Oronte, si bien insiste en que Alceste hable «sin fingimiento,» busca claramente elogios.
La respuesta de Alceste es un ejemplo supremo de su negativa a comprometer la verdad por la cortesía. Aunque Oronte pide sinceridad, Alceste le advierte que tiene el defecto de ser «algo más sincero de lo necesario». Mientras Filinto rápidamente se muestra «encantado» y elogia los versos como «galantes» y «admirable[s]», Alceste reacciona con desprecio ante la lisonja de Filinto («¡Pardiez! Vil lisonjero, ¿alabáis tonterías?»).
El juicio de Alceste sobre el soneto de Oronte es demoledor: «Francamente, es bueno para el canasto». Critica que el estilo figurado de Oronte se aleja de la verdad y del «buen gusto,» siendo «juego de palabras, afectación pura». Alceste contrapone la superficialidad de Oronte con una «vieja canción» simple que habla con «pasión pura y simple,» contrastando la pompa florida con la autenticidad del sentimiento. La sinceridad brutal de Alceste lleva a un enfrentamiento directo con Oronte, quien lo acusa de hablar con «mucha autoridad y esa suficiencia». Alceste resume su postura al negarse a adular: «Id a buscar otro para que os adule, no a mí». Este episodio no solo es una sátira sobre la crítica literaria y la vanidad, sino que también tiene consecuencias directas, ya que Oronte, herido por el rechazo de sus versos, se convierte en un enemigo que luego contribuye a la ruina legal y social de Alceste.
El Nudo Contradictorio del Amor: Alceste y Celimena
La paradoja central de la misantropía de Alceste radica en su apasionada y esclavizante devoción por Celimena. Él detesta a la humanidad, pero ha buscado en ella lo que «encanta a los ojos». Celimena es, irónicamente, la encarnación de la sociedad que Alceste aborrece: es coqueta, tiene un «maldiciente espíritu», y su «coquetería y maldiciente espíritu parecen acomodarse tan bien a las costumbres del momento».
Alceste es consciente de los defectos de Celimena. Él es el primero en notarlos y condenarlos, sin que su amor le «cierre los ojos». No obstante, confiesa su «debilidad,» ya que Celimena «tiene el arte de seducirme» y su gracia triunfa a pesar de todo. Alceste abriga la esperanza de que su «pasión podrá purgar su alma de los vicios de la época».
En el Acto Segundo, Alceste confronta a Celimena sobre su comportamiento, llegando a sugerir que deben separarse debido a su «manera de conduciros» que abre su alma «con exceso al primer venido». Alceste se muestra intolerablemente celoso. No solo le molestan sus muchos pretendientes (Oronte, Clitandro, Acasto), sino que la interroga con sarcasmo sobre el mérito de Clitandro, mofándose de su apariencia superficial: su «larga uña,» su «peluca rubia,» sus «grandes volados de encaje,» y su «voz de falsete».
Celimena, con su aguda inteligencia y astucia, maneja los celos de Alceste volteando su lógica. Ella argumenta que su condescendencia se extiende a «todo el universo,» lo cual debería tranquilizarlo, ya que si favoreciera a uno solo, él tendría más motivos de ofenderse. Cuando Alceste pide saber qué tiene él más que los otros, ella responde: «La dicha de saber que sois amado». Cuando él le pregunta si lo dice a los otros, ella, en un acto de irritación y desafío, se retracta de su confesión, dándole plena libertad para que nadie lo engañe en adelante fuera de sí mismo.
La debilidad de Alceste es patente: a pesar de su deseo de romper la «terrible esclavitud» de su corazón, su amor por ella es inmenso e incomparable: «mi amor no puede concebirse, y nadie amó, jamás, señora, como yo amo». Celimena califica este amor de «totalmente nuevo,» ya que Alceste la ama «para reñirlas».
La Maledicencia como Ejercicio Social y el Contraste de las Falsedades
El hogar de Celimena sirve como centro de la vida social de la corte, pero también como teatro para la práctica del vicio que Alceste desprecia: la maledicencia. En la Escena Quinta del Acto Segundo, Celimena, junto a Acasto y Clitandro, se dedica a un ejercicio de ingenio destructivo, criticando a sus conocidos en la corte. Ella describe a Cleonte como un hombre con «muchos deslices» y lleno de extravagancia. Damón es un «charlatán terrible». Timanto es un hombre «todo misterio» que hace maravilla de la «menor bagatela». Geraldo es un «charlatán fastidioso» obsesionado con la nobleza, el «gran mundo,» los caballos y la caza. Belisa es descrita como «pobre de espíritu y dura de palabra,» cuyo silencio hace morir cualquier plática. Adrasto tiene un «orgullo sin límites» y despotrica contra la corte porque su mérito no está satisfecho.
Alceste, aunque podría coincidir con las críticas al fondo moral de estas personas, condena el acto de la crítica misma, especialmente cuando es realizada por aquellos que luego corren a abrazar a las víctimas de su lengua. Acusa a los marqueses de ser aduladores y de alentar el «humor satírico» de Celimena. En su opinión, los aduladores son culpables de los vicios que se extienden entre los seres humanos.
El Acto Tercero introduce la figura de Arsinoe, quien encarna otra forma de hipocresía: la gazmoñería. Celimena la denuncia como «hipocresía pura,» una mujer mundana que intenta conquistar sin demostrarlo y que usa un «falso velo de mojigatería» para cubrir la «espantosa soledad que se advierte en su casa». Arsinoe, movida por los celos hacia Alceste, viene con el pretexto de la amistad para advertirle a Celimena sobre los rumores que circulan acerca de su honor.
Celimena responde a este «provechoso aviso» con una retribución igualmente sincera. Ella le informa que en la corte se censuran sus «ostentaciones piadosas» y su «afectación de un exterior grave». Critican que, a pesar de su piedad superficial, «pega a sus sirvientes y no les paga», que es puntual en rezar pero usa afeites, y que mientras hace cubrir las desnudeces de los cuadros, «tiene amor por las realidades». Celimena cierra la confrontación con un golpe sutil sobre la edad: argumenta que ser gazmoña es una estrategia política para cubrir los «fastidiosos contratiempos» que vienen cuando se amortigua el resplandor de la juventud, añadiendo que «no es el momento de ser gazmoña a los veinte años».
Arsinoe, en su despecho, no duda en atacar el pequeño triunfo de Celimena, sugiriendo que sus amantes son adquiridos a cambio de «grandes adelantos» y que ella misma podría tener enamorados si quisiera, pero que «no es razonable» pagar tal precio. Este enfrentamiento sirve para mostrar que, aunque Alceste ama la sinceridad, Celimena y Arsinoe, en su diálogo, se ofrecen la verdad más brutal, pero con propósitos maliciosos y envidiosos.
La Traición Confirmada y el Juicio Final
El clímax de la relación entre Alceste y Celimena llega en el Acto Cuarto con la revelación de la carta. Alceste, «traicionado, asesinado,» descubre la miseria de su situación a través de una carta escrita por Celimena a Oronte, de quien menos temía. Esta carta, y otra a Clitandro revelada más tarde, confirman la duplicidad de Celimena, su corazón prometido «sucesivamente a todo el género humano».
A pesar de tener en la mano la prueba de su «desgracia y su vergüenza», Alceste implora a Celimena que se defienda. Su debilidad es tal que, traspasado por el golpe mortal, ruega a la «pérfida» que al menos le demuestre que la carta es inocente, prometiendo que su ternura «consiente en ayudaros».
Celimena, en lugar de justificarse, recurre a la manipulación emocional, acusando a Alceste de ser «un gran maniático» y de recurrir a «astucias groseras». Finalmente, lo desafía abiertamente, confirmando cínicamente que la carta es para Oronte y que le gusta que lo crean. Luego, ella se victimiza, afirmando que sus sospechas demuestran que él no merece el amor que ella le tiene, y que si su corazón confiesa amar, debe ser un «esfuerzo violentísimo» que no debe ponerse en duda.
Alceste, derrotado por su propia pasión, admite su flaqueza. En su desesperación, expresa su amor más profundo deseándole la peor de las suertes: que nadie la encuentre «digna de amor,» que el cielo no le otorgue ni rango, ni nombre, ni bienes, para que «el ruidoso sacrificio de mi corazón pudiera reparar la injusticia de semejante suerte» y él tuviera la gloria de verlo alcanzarlo todo de manos de su amor.
Este colapso emocional de Alceste ocurre en paralelo con el fracaso de su pleito legal. La justicia es manipulada por intrigas e intereses: un «perfecto facineroso» sale triunfante por falsedad, y la buena fe cede a la alevosía. Para Alceste, la injusticia en la corte y la traición de Celimena son dos caras de la misma moneda: la maldad inherente a la naturaleza humana. Pierde su causa y se niega a apelar, queriendo que el agravio sirva como «señal insigne y testimonio notable de la malignidad de los hombres de nuestra época».
La Elección Final: El Desierto Contra el Mundo
La exposición pública de Celimena, mediante la lectura de las cartas a Acasto y Clitandro (donde critica a todos sus pretendientes, incluido Alceste, a quien llama «el hombre de las cintas verdes» y considera «lo más fastidioso del mundo»), finalmente desenmascara su espíritu maldiciente y su vasta coquetería. Oronte se retira, considerándose liberado. Arsinoe también se va, no sin antes intentar consolar a Alceste ofreciéndole su propia atención, oferta que Alceste rechaza groseramente: «no podríais ser vos en quien pensara si quisiera vengarme por una nueva elección».
Libre de la presión de los rivales y de la manipulación de Arsinoe, Alceste impone a Celimena la condición final que definirá su destino: huir del mundo juntos. Él consiente en olvidar sus crímenes si ella se resuelve «sin demora a seguirme al desierto donde he hecho voto de vivir». Este aislamiento es el único medio por el cual ella puede «reparar ante todos el crimen de vuestros escritos» y permitirle a él seguir amándola.
La respuesta de Celimena sella la ruptura definitiva: «¿Yo, renunciar al mundo antes de envejecer, para ir a enterrarme en vuestro desierto?». Ella confiesa que «La soledad espanta a un alma de veinte años,» y que su alma no es «bastante grande, bastante fuerte» para tal resolución. Le ofrece su mano en matrimonio si él acepta los lazos sociales (el himeneo), pero no el retiro.
La negativa de Celimena a abandonar el mundo es para Alceste la ofensa suprema, más significativa que toda su coquetería y traición: «No: ahora mi corazón os detesta, y esta sola negativa hace más que todo el resto». Al no estar hecha ella para encontrarlo «todo en mí como yo todo en vos,» él la rechaza para siempre.
En la escena final, Alceste, completamente desilusionado, se retira de la sociedad. Rechaza los homenajes de Elianta, quien le ofrece su mano y su virtud sincera, pues considera que sería un «pobre homenaje el desecho de un corazón que no os iguala». Su destino es la soledad, el exilio autoimpuesto para ser «hombre de honor libremente». La obra concluye con el fracaso de la virtud intransigente de Alceste para coexistir o reformar el mundo, dejando el mundo social a figuras más tratables, como Filinto y Elianta, quienes se unen para intentar detener su designio, aunque la búsqueda de Alceste por un «apartado lugar» ya es irreversible.
El Misántropo, por lo tanto, no solo satiriza la hipocresía social, sino que también examina críticamente la propia virtud de Alceste, sugiriendo que una sinceridad llevada al extremo puede ser una forma de orgullo y una barrera insuperable para la felicidad y la convivencia. Su elección final, aunque heroica en principio, lo condena a la soledad eterna, un testimonio de que el hombre que odia al género humano debe necesariamente abandonarlo.







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