Petróleo Sangriento: Dos Crisis, Un Mismo Origen
México vive en una era de paradojas desgarradoras. Por un lado, yacen bajo nuestros pies algunas de las reservas de hidrocarburos más vastas del planeta. Por el otro, nuestro principal símbolo de riqueza nacional, Petróleos Mexicanos (Pemex), se ahoga en una deuda billonaria, en una espiral de decadencia operativa y en una corrupción estructural que parece insondable. Paralelamente, el país se desangra en una crisis de violencia que ya no conoce fronteras geográficas ni sociales, donde los números de homicidios se leen como un parte de guerra de una nación en conflicto.
A simple vista, podrían parecer dos catástrofes separadas: una económica-industrial y otra de seguridad pública. Sin embargo, este artículo propone una tesis audaz pero fundamentada: el colapso paulatino de Pemex y el incremento gradual de la violencia en México no son fenómenos independientes, sino dos síntomas de una misma enfermedad: la implosión del pacto social y el modelo de Estado posrevolucionario, la captura de las instituciones por élites rapaces y la sistemática descomposición del tejido económico comunitario.
No se trata de una mera correlación en el tiempo, sino de una causalidad profunda y multifacética. La debacle de la empresa pública más importante del país ha funcionado como un acelerador, un detonante y un espejo de la violencia que hoy nos envuelve. Analizaremos este vínculo a través de seis ejes fundamentales.
1. Los Años Dorados: El Estado Padre y el Monopolio de la Fuerza (1938-1980)
Para entender el colapso, debemos recordar la cima. La nacionalización petrolera de 1938 no fue solo un acto de soberanía; fue la fundación de un pacto social. Pemex se convirtió en el pilar financiero del Estado Mexicano moderno. Sus ganancias construyeron escuelas, hospitales, carreteras y una burocracia enorme. Era el «oro negro» que financiaba el sueño del México desarrollado y, crucialmente, era un gigantesco mecanismo de clientelismo y control político. El Estado, a través del PRI, era el dador de empleos, prestaciones y estabilidad. A cambio, demandaba lealtad y paz social.
En este mismo período, el Estado mantenía un monopolio férreo sobre la violencia. No era un país idílico—existía represión política y autoritarismo—pero el crimen organizado era marginal, localizado y, en muchos casos, funcional al poder. El Estado negociaba con él, lo contenía o lo eliminaba a su antojo. La violencia era instrumental, no sistémica. Pemex, fuerte y rentable, era una de las piedras angulares que permitía este equilibrio, por frágil que fuera.
2. El Punto de Inflexión: Los Años 80 y el Neoliberalismo Aplicado a Medias
La década de los 80 marca el inicio del declive para ambos frentes. La crisis de la deuda de 1982 obliga al Estado a recortar su gasto social. El modelo comienza a agrietarse. Para Pemex, esto se traduce en una presión insostenible: se convierte en la «vaca lechera» del erario. En lugar de reinvertir sus ganancias en exploración, tecnología y modernización, casi every peso de utilidad es extraído para tapar hoyos fiscales. La gallina de los huevos de oro es sacrificada lentamente.
Paralelamente, el Estado empieza a perder su capacidad de control. La crisis económica genera desempleo y migración interna, fracturando comunidades. El «Mexico’s Opening» económico (ingreso al GATT y luego al TLCAN) modernizó algunos sectores, pero dejó a otros—como la agricultura de subsistencia—en la indefensión. Surgen los primeros vacíos de poder y de oportunidad.
Es aquí donde se siembra la semilla de la violencia moderna. Los primeros carteles de la droga (Guadalajara, Sinaloa) comienzan a crecer, aprovechando la proximidad con el mayor mercado de narcóticos del mundo y la creciente demanda interna. El Estado, debilitado fiscalmente y distraído por su transformación económica, ya no tiene los recursos ni la voluntad política para mantener el monopolio de la fuerza. Empieza una lenta delegación de la violencia a actores no estatales.
3. La Tormenta Perfecta: Los 2000, la Guerra Fallida y el Saqueo Sistémico
El nuevo milenio acelera ambos procesos de manera exponencial.
En el frente de Pemex: La empresa es esquelética. La corrupción sindical (la «mafia del sindicato petrolero»), la corrupción política (los desvíos millonarios en contratos opacos con empresas fantasma) y la ineptitud técnica se combinan. Proyectos emblemáticos como la refinería de Tula o la de Dos Bocas se convierten en pozos sin fondo de recursos. La producción de Cantarell, el yacimiento gigante, se desploma tras alcanzar su pico, revelando el fracaso total en matters de sustitución de reservas. Pemex se convierte en la empresa petrolera más endeudada del mundo, un cascarón vaciado por dentro. El Estado, en lugar de ser el garante del bienestar a través de Pemex, se convierte en el administrador de su saqueo.
En el frente de la violencia: En 2006, el gobierno federal decide confrontar directamente a los cárteles con la fuerza militar. La «Guerra contra el Narco» del presidente Felipe Calderón es el parteaguas. Sin un Estado de Derecho sólido, sin un sistema judicial funcional y sin una estrategia de inteligencia y reinserción social, la militarización del conflicto tuvo un efecto catártico: fragmentó el ecosistema criminal.
El cartel de Sinaloa se rompe, dando lugar a Los Zetas, un grupo de una violencia sin precedentes compuesto por ex élites militares. La fragmentación continúa: de unos pocos cárteles pasamos a decenas, luego a centenares de células criminales (CGOs – Criminal Guerrilla Organizations). Ya no solo traficaban con drogas; para sobrevivir, diversificaron sus negocios: extorsión, secuestro, robo de combustible («huachicoleo»), trata de personas, control de territorios. La violencia dejó de ser un subproducto del negocio para convertirse en el negocio mismo, en el método de marketing y control.
4. Los Vasos Comunicantes: Donde el Petróleo y la Sangre se Encuentran
Es en esta década de los 2010 donde la conexión entre el colapso de Pemex y el auge de la violencia se vuelve tangible, directa y obscena.
A. El Huachicoleo: El Símbolo Supremo
Ningún fenómeno ilustra mejor esta simbiosis perversa que el robo de hidrocarburos. El «huachicoleo» no es un delito menor; es un mega-negocio que en su peak (2018) le robaba a Pemex más de $65,000 millones de pesos anuales, equivalente a casi el 20% de su producción de petrolíferos.
¿Cómo funciona? Requiere la colusión absoluta de todos los niveles:
- Criminal: Los cárteles controlan físicamente los ductos, instalan tomas clandestinas y extorsionan a camioneros.
- Pemex interno: Se necesita la complicidad o la coerción de trabajadores de Pemex, sindicalistas y ingenieros que proporcionan información sobre flujos, presiones y horarios.
- Gobierno local y estatal: Policías y funcionarios son sobornados o amenazados para mirar hacia otro lado o participar activamente.
El huachicoleo demuestra que los cárteles no solo se alimentan de la debilidad de Pemex; la parasitan y aceleran su colapso. A su vez, este negocio financió la compra de armas, el pago de sicarios y la guerra territorial entre cárteles, elevando los niveles de violencia en estados como Guanajuato, Hidalgo y Puebla a niveles nunca vistos. Pemex, en su impotencia, se convirtió en el ATM del crimen organizado.
B. El Despojo Territorial: Los Paraísos Perdidos
Pemex no es solo una empresa; es un territorio. Sus instalaciones—refinerías, complejos petroquímicos, campos—son «ciudades estado» dentro de México. A medida que la empresa se retrae financieramente, abandona estas plazas. Deja de invertir en seguridad perimetral, recorta personal y abandona infraestructura.
Estos territorios abandonados, llenos de tuberías, tanques y materiales valiosos, se convierten en botines perfectos para el crimen organizado. Toman el control no solo para el huachicoleo, sino para instalar laboratorios de drogas sintéticas, como puntos de logística para el tráfico de personas y armas, y como centros de operaciones. La debilidad operativa de Pemex cede literalmente el territorio nacional al crimen.
C. La Corrupción: El Lenguaje Común
Tanto el colapso de Pemex como la expansión del crimen son hijos de la misma madre: la corrupción metastásica. El modus operandi es idéntico: la infiltración y captura de instituciones.
- En Pemex: Lava dinero de Odebrecht, desvíos de Emilio Lozoya y la estafa maestra, nóminas fantasma del sindicato.
- En Seguridad: Policías municipales al servicio del cártel, gobernadores cómplices (como en Tamaulipas o Veracruz), mandos militares y ministeriales corruptos.
La corrupción es el lubricante que permite que el robo a Pemex fluya y que la violencia opere con impunidad. Demuestra que el Estado ha sido penetrado hasta la médula, y que ya no existe una frontera clara entre lo legal y lo ilegal, entre el servidor público y el criminal.
D. El Colapso del Tejido Social: La Gente en el Medio
El daño final y más cruel es humano. Los estados petroleros por excelencia—Veracruz, Tamaulipas, Tabasco, Campeche—son hoy también algunos de los más violentos. ¿Por qué?
- Desempleo y desesperanza: Pemex ya no es el empleador seguro y bien pagado de antaño. Los recortes y la falta de inversión han dejado a miles de ingenieros, técnicos y obreros sin futuro. Un joven en Ciudad Madero o Coatzacoalcos ya no aspira a entrar a Pemex. Sus opciones son migrar o ser reclutado por el crimen organizado, que ofrece salarios, status y un sentido de pertenencia que el Estado fallido ya no provee.
- Contaminación y enfermedad: Las comunidades aledañas a las instalaciones de Pemex sufren los estragos de la contaminación industrial (derrames, quemas a cielo abierto) con un sistema de salud pública colapsado. Esto genera un resentimiento profundo contra el Estado y la empresa, un caldo de cultivo para la insurgencia criminal. ¿Por qué respetar a un Estado que nos envenena y nos abandona?
5. El Presente: Dos Crisis en Estado Crítico
Hoy, ambos monstruos siguen creciendo.
Pemex recibe rescates fiscales billonarios («capitalizaciones») que solo sirven para pagar intereses de su deuda, no para invertir en su futuro. Su producción sigue en declive, su capacidad de refinación es risible y su rating crediticio es «chatarra». Es un paciente terminal en soporte vital, y su agonía drena los recursos de toda la nación.
La violencia se ha metamorfoseado. Los cárteles son ahora «empresas violentas multinacionales» con presencia en todos los estados, controlando no solo narcotráfico, sino el aguacate, el limón, el agua, la minería ilegal y las extorsiones a pequeños negocios. Los homicidios se mantienen en más de 30,000 al año, las desapariciones superan las 100,000 y el terror se ha normalizado.
La «abrazos, no balazos» de Morena, aunque de retórica opuesta a la guerra de Calderón, ha tenido un resultado similar: la contención del conflicto inter-cártel a cambio de una permisividad tácita que ha permitido a los grupos crecer en poder y control territorial, siempre que no generen violencia excesiva que avergüence al gobierno. Es el monopolio de la violencia delegado por completo.
Conclusión: ¿Hay Salida? La Reconstrucción del Estado
El paralelismo entre el colapso de Pemex y la violencia no es una coincidencia fatalista. Es una lección de anatomía de un Estado fallido. Nos muestra que no se puede separar la economía de la seguridad, la macroeconomía de la micro-realidad comunitaria.
La solución no es simple ni rápida. No se arregla con otro rescate a Pemex ni con desplegar otro contingente militar. La solución, si es que existe, es reconstruir el Estado desde sus cimientos. Esto implica:
- Reformar Pemex con valentía: Esto no significa necesariamente privatizarla, pero sí liberarla de su carga fiscal, profesionalizar su gestión, erradicar el clientelismo sindical y someterla a auditorías internacionales transparentes. Debe dejar de ser un botín político.
- Reconceptualizar la seguridad: La estrategia de «aplastar like avispas» al cártel de turno ha fracasado. Se necesita una política de prevención social masiva, enfocada en oportunidades educativas y laborales para jóvenes en zonas de riesgo. Un sistema judicial y penal que funcione (policías municipales profesionales, fiscalías autónomas, sistema penitenciario controlado por el Estado).
- Atacar las finanzas del crimen: La corrupción es el aire que respiran ambos monstruos. Se necesitan fiscalías anticorrupción con dientes reales, protección a periodistas y whistleblowers, y una cooperación internacional intensiva para seguir el rastro del dinero.
- Un Nuevo Pacto Social: Finalmente, se debe construir una economía que no dependa de un solo commodity ni del clientelismo. Una economía diversificada, formal y con justicia social que ofrezca un futuro real. Donde el orgullo de un joven sea ser ingeniero, programador o empresario, y no «el Jalapeño» o «el Comandante Toro».
El petróleo y la sangre se mezclaron en el suelo mexicano para narrar una tragedia de décadas. Separarlos requerirá la voluntad política más grande que haya tenido este país en toda su historia. La pregunta no es si tenemos los recursos, sino si queda la voluntad de hacerlo. Pemex hasta antes de las reformas de 2018 era una de las principales petroleras del mundo, hoy está en quiebra y la descapitalización de las arcas fiscales ha engendrado un estado fallido, subsanado con deuda interna y tarde o temprano los mexicanos pagarán los intereses.






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