La Capitana Real es la Reina del mar del Sur, y pudiera serlo del Norte por su hermosura y grandeza; El Cerro de Potosí, es una población marcada por un rigor climático extremo, con vientos secos e intenso frío, lo que provocaba que en sus inicios los hijos de gente blanca no lograran prevalecer, muriendo a tierna edad. Se afirma en las fuentes que solo el interés por la plata hacía que dicho territorio fuera habitado.
En la Ciudad de los Reyes, cabeza de las provincias del Perú, se asienta la autoridad de quien representa la Real Personaen estas remotas distancias, donde la administración de la Real Hacienda se presenta como una gran máquina que pide continua atención y desvelo. Es orden de Su Majestad que los Virreyes adviertan a sus sucesores del estado en que dejan las cosas generales del reino, para que el nuevo gobernante tenga más luz y esté bien prevenido de todo lo que se hizo y ordenó. Esta tarea no es una simple enumeración de medidas, sino el archivo de noticias de un gobierno que debe organizar pueblos tras crisis violentas y mudar los hábitos de naciones bárbaras.
El territorio que abarca esta jurisdicción es inmenso y se dilata desde el Reino de Tierra Firme y Panamá hasta el Estrecho de Magallanes, comprendiendo distritos de diversas Audiencias como Lima, Quito, los Charcas y Chile. En este vasto campo de acción, el Virrey debe ser Oficial Real, Proveedor y Pagador, cuidando de las diecinueve cajas reales donde entra la hacienda dividida en quintos de oro y plata, alcabalas, tributos y almojarifazgos. La grosedad del comercio con España y el tesoro que cada año se envía para socorro de las necesidades del monarca dependen enteramente de las entrañas del Cerro de Potosí, pues de allí sale la substancia de que todo el Perú se mantiene.
Este famoso cerro, calificado como el atlante de los Reinos de España, fue descubierto por la industria de unos indios llamados Guanquillo y Chanquillo, quienes, siguiendo a una llama que se había escapado hacia lo más elevado de la sierra, tropezaron con la gran cantidad de gabarros de plata que allí se escondían. Desde aquel hallazgo en el año de 45, se fundó la Villa Imperial en una ladera del rico cerro, creciendo rápidamente con la afluencia de trabajadores y tratantes. Sin embargo, la riqueza de los metales ha ido declinando por su mucha hondura y la poca ley de los materiales, lo que obliga a sustentar la producción mediante el beneficio del azogue.
Para que las minas no paren, es forzoso el repartimiento de los indios por turno, lo que comúnmente se llama mita, que en lengua del Inga significa «vez». El señor don Francisco de Toledo ordenó que a esta mita estuviesen obligados la séptima parte de los moradores de cada pueblo, quienes acuden a Potosí desde distancias de hasta ciento cincuenta leguas. Estos indios, divididos en barreteros, ápices y pallires, trabajan en la oscuridad de las minas despegando las piedras del metal, mientras otros sirven de bajarlos en carneros de la tierra hasta los ingenios de la ribera. Es un trabajo inmenso y prolijo que los naturales aborrecen, pues por su natural condición son enemigos de trabajar y si no es por fuerza y compulsión, no harían las cosas necesarias para el sustento de la república.
La otra columna que sostiene este reino es el asiento de Guancavelica, de donde se saca el metal azogue, sin el cual no se podría beneficiar la plata. El cerro de Guancavelica, que en lengua de indios significa «monte nieto», es un peñasco de piedra durísima empapada toda en mercurio, cuya labor es de sumo riesgo para la salud de los naturales por la malicia de los metales y el rigor del aire frío de la sierra. El azogue se beneficia en hornos llamados jábecas, donde con el calor del fuego se despega de la tierra y se recoge en vilques vidriados para ser luego envasado en badanas y transportado sobre carneros y muías hasta el puerto de Chincha y de allí a Arica.
En la administración de estas minas, se debe proceder con mucho tiento para evitar la ruina de los asientos y el fraude a la Real Hacienda. Ha sido necesario prohibir el trato de los indios de faltriquera, que no es otra cosa que conmutar en plata el trabajo del indio, defraudando los quintos reales y permitiendo que los naturales anden ociosos y viciosos. Asimismo, el Virrey debe velar por que los corregidores no se entrometan en los intereses de los indios ni los ocupen en sus granjerías particulares, pues los caciques y mandoncillos suelen ser los que más destruyen las reducciones, cobrando tasas excesivas y ocultando a los indios para que no cumplan con la mita.
La justicia real en estas provincias se hallaba poco temida y respetada, pues al rico y poderoso le parecía que para él no debía haberla. Fue preciso asentar la autoridad con rigor, castigando las palabras livianas que tocasen en materia de motines y rebeliones, como las que ocurrieron en la ciudad de la Paz y en Vilcabamba con el inga Tupac Amaru. La pacificación de la tierra ha costado mucho trabajo, especialmente en las fronteras de los indios chiriguanas, que desde sus serranías salen a hacer saltos y robos, inquietando los pueblos de la provincia de los Charcas. Para defensa de estos ataques, se han fortificado valles como Tarija, Tomina y Cochabamba, poblándolos con españoles que atemoricen a los indios de guerra.
No menor cuidado requiere la Armada del Callao, que con sus galeones como el San José y el Jesús María, debe guardar la costa del Sur de las invasiones de corsarios extranjeros, como los holandeses que se atrevieron a entrar por el Estrecho. Se han levantado trincheras y plataformas con artillería de bronce en el puerto del Callao para que el enemigo no intente tomar tierra, proveyendo la sala de armas con mil arcabuces y mosquetes para armar a la gente en cualquier ocasión repentina. Esta defensa es el clavo más firme con que se afija la fidelidad de estos reinos, que deben permanecer enteramente dependientes de los de España.
En lo que toca al gobierno espiritual, se halló que los clérigos y frailes eran señores de todo lo temporal, enriqueciéndose a costa de los indios a quienes debían doctrinar. Se restituyó a Su Majestad en el Real Patronazgo, mandando que ningún cura sea presentado si no consta que sabe la lengua de los naturales, para lo cual se fundó una cátedra en la Universidad de Lima. Para la verdadera conversión de los indios, se ordenó que no se bauticen sin que primero se les enseñe la política natural y civil, fundando colegios para los hijos de los caciques donde se críen con buenas costumbres.
La alcabala, impuesta con prudencia, ha ido en aumento, aunque ha causado alteraciones en provincias como Quito. Se ha procurado que las ciudades se encabezonen para evitar la vejación de los administradores, cobrándose este derecho con suavidad para no destruir el trato y comercio que tanto favor merece. Sin embargo, la ambición de los tratantes y la malicia de los mercaderes siempre buscan portillos para defraudar los derechos reales, especialmente en el puerto de Buenos Aires, por donde se extrae gran suma de moneda de Potosí hacia Portugal y el Brasil.
Los yanaconas, que son como siervos ascripticios dedicados a la cultura del campo en las chácaras, deben ser tratados como gente libre, conforme a las cédulas de Su Majestad. Muchos españoles los retienen por fuerza en sus estancias para evadir las mitas, lo que causa que los pueblos se queden sin gente y se vayan acabando muy aprisa. Es obligación del Virrey ser curador y protector de estos menores, defendiendo sus tierras de la codicia de los españoles que, una vez introducidos entre ellos, los consumen poco a poco.
Al terminar estos trece años de gobierno, se puede decir que el reino queda pacífico y sin pensamiento de alteración. El patronazgo real está asentado, las obras públicas de las ciudades han sido acrecentadas con lustre, y los indios están reducidos a poblaciones grandes fuera de las tiranías antiguas. La hacienda de Su Majestad ha quedado engrosada, y aunque los ministros y oidores a veces se oponen a la superioridad del Virrey, todo se vence con el buen juicio y la prudencia de no admitir novedades que barajen el gobierno.
Queda advertido el sucesor de que en este cargo será combatido por pretendientes e indios de servicio, y que debe mirar mucho lo que provee para no perjudicar a terceros. El Virrey ha de ser en el Perú el ojo que todo lo ve, asistiendo personalmente a la resolución de los negocios graves y velando por que la justicia sea la mayor piedad que se pueda ejecutar, pues perdonar a un malo es usar de crueldad con todos los buenos. Con este pequeño trabajo de memoria, esperamos que la gran prudencia de Vuestra Excelencia enmiende lo que por la nuestra hubiere faltado, para mayor servicio de Dios y de Su Majestad.
EL MARQUÉS






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