Cómo explicar lo que siento al verte?
Es una explosión dentro de mi
Que me tira, me domina…
Había en Venecia un hombre cuya aflicción no procedía de pérdida alguna, ni de enfermedad, ni de desamor, sino que habitaba en él como un huésped silencioso que se niega a revelar su nombre. Antonio, mercader de oficio y de alma generosa, paseaba su melancolía por los canales de la Serenísima República con la pesadumbre de quien lleva un peso que no puede medirse en libras ni en ducados.
Sus amigos Salerio y Solanio, hombres de ingenio ligero y corazón bienintencionado, intentaban desentrañar el misterio de aquella tristeza sin causa aparente. ¿Acaso temía por sus naves, cargadas de sedas y especias, que surcaban los mares tempestuosos hacia destinos lejanos? ¿O acaso el amor, ese tirano dulce y cruel, había clavado en él sus dardos?
Antonio negaba una y otra vez. No, no eran sus barcos, pues su fortuna no dependía de una sola embarcación ni de un único viaje. No, no era el amor, pues su corazón permanecía tan sereno como las aguas de un puerto protegido. Y sin embargo, la tristeza persistía, como persistía la pregunta sin respuesta que atormenta a quienes todo lo tienen y nada desean.
Fue entonces cuando apareció Basanio, joven de noble cuna y espíritu aventurero, cuya mayor virtud era también su mayor defecto: amaba la vida con tal intensidad que había dilapidado su hacienda en empresas galantes y en el esplendor que Venecia exigía a quienes deseaban ser alguien. Antonio lo amaba con ese afecto profundo que los hombres sienten a veces por quienes encarnan lo que ellos no se atreven a ser.
—Señor —dijo Basanio, con la sinceridad de quien no puede ocultar sus faltas—, os debo dinero y afecto, y vengo a pediros más de lo primero para demostraros lo segundo.
Y así comenzó la historia que habría de enseñar a Venecia que el amor y el dinero, la amistad y la justicia, pueden trenzarse en un nudo tan complejo que sólo una libra de carne podría desatarlo.
El cofre y la doncella
En la lejana Bélmont, donde los jardines suspiraban con la brisa del atardecer y las fuentes cantaban melodías de agua cristalina, vivía Porcia, heredera de una fortuna tan vasta como su inteligencia. Pero Porcia era prisionera de su propia riqueza, cautiva de la voluntad de un padre muerto que, desde la tumba, gobernaba su destino con mano firme.
—¡Oh Nerisa! —exclamaba con frecuencia dirigiéndose a su doncella, compañera y confidente—. Mi espíritu se cansa de este mundo, donde no puedo elegir a quien amar ni rechazar a quien detesto.
El testamento paterno había establecido una prueba singular: tres cofres aguardaban en la sala principal del palacio, cada uno con una inscripción críptica. Uno era de oro resplandeciente, y en él se leía: «Quien me elija, obtendrá lo que muchos desean». Otro era de plata pulida, con la promesa: «Quien me elija, obtendrá lo que merece». El tercero, de plomo humilde, advertía: «Quien me elija, deberá darlo y arriesgarlo todo».
Los pretendientes acudían de todos los reinos de la cristiandad, cada uno convencido de su propia sabiduría. Porcia los observaba con la mezcla de hastío y diversión que provocan los hombres cuando se creen más inteligentes de lo que realmente son.
El Príncipe de Marruecos, cuya piel era como el ébano y cuya arrogancia como el oro que eligió, se presentó con la pompa de quien cree que el valor exterior refleja la virtud interior.
—No me dejéis perder por mi color —rogó a Porcia, temiendo que su tez oscura pudiera ser obstáculo—. Soy tan valiente como el que más, y mi sangre es tan roja como la de cualquier europeo.
Eligió el cofre de oro, atraído por la promesa de «lo que muchos desean». ¿Y qué desean todos? La belleza, la fortuna, el poder. Pero al abrirlo encontró una calavera y un mensaje que decía: «No todo lo que brilla es oro». Y partió con la vergüenza de quien descubre que el deseo no siempre sabe lo que busca.
El Príncipe de Aragón, hombre de orgullo hidalgo y mente escolástica, meditó largamente sobre las inscripciones.
—No seré yo quien elija lo que muchos desean —razonó—, pues eso es propio de vulgares. Tampoco daré y arriesgaré todo, pues eso es de locos. Yo merezco lo que merezco.
Y con esa lógica impecable eligió el cofre de plata. Dentro halló el retrato de un idiota, y supo entonces que la presunción de merecer es el castigo más severo que puede imponerse a un hombre.
Mientras tanto, en Venecia, Basanio se preparaba para emprender el viaje que había de cambiar su destino. Pero necesitaba los tres mil ducados que le permitirían presentarse en Bélmont con la dignidad que su linaje exigía. Antonio, cuyo amor por Basanio era más profundo que cualquier consideración mercantil, aceptó servir de fiador.
—Mi crédito en Venecia es bueno —dijo el mercader—. Buscaremos a Shylock, el judío, que presta dinero con intereses.
La sangre y el contrato
Shylock, hijo de una estirpe errante, habitaba en el gueto donde Venecia confinaba a los suyos cuando caía la noche. Hombre de palabra precisa y corazón agrietado por los siglos de desprecio, guardaba en su memoria cada insulto, cada escupitajo, cada patada que los cristianos le habían propinado.
Cuando Antonio y Basanio se presentaron en su casa solicitando el préstamo, Shylock sintió que la historia le ofrecía una oportunidad única. Allí estaba su enemigo, el que escupía en su gabán en el Rialto, el que llamaba perro a su raza, el que prestaba dinero sin interés arruinando su negocio.
—Tres mil ducados —murmuró Shylock, como si saboreara cada sílaba—. Por tres meses. Con Antonio de fiador.
—¿Los prestaréis? —preguntó Basanio con la impaciencia de quien tiene prisa por alcanzar el amor.
Shylock meditó. Podía prestar el dinero con intereses, como era su costumbre. Podía negarse, como era su derecho. Pero quería algo más. Quería que Antonio comprendiera, aunque fuera por un instante, lo que significaba estar en manos de aquellos a quienes se ha despreciado.
Recordó las enseñanzas de su padre, que en las noches de Pascua le hablaba de la justicia y la venganza. «La sangre llama a la sangre», decía el anciano. «El desprecio engendra desprecio. Pero recuerda, hijo mío: cuando exijas justicia, asegúrate de que la ley esté de tu parte, porque si no lo está, tu justicia será llamada venganza y tú serás llamado monstruo.»
—Quiero hacer un trato de amistad —dijo Shylock con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Os prestaré los tres mil ducados sin interés. Pero como muestra de que este préstamo es diferente a todos los demás, habremos de firmar un contrato singular.
Antonio, confiado en que sus barcos regresarían con las bodegas repletas un mes antes del vencimiento, escuchaba sin temor.
—Si no pagáis en la fecha acordada —prosiguió Shylock—, el mercader deberá entregarme una libra de su carne, cortada de la parte de su cuerpo que yo elija.
Un silencio pesado cayó sobre la habitación. Basanio palideció.
—No aceptaréis tal condición —dijo a Antonio—. Prefiero quedarme sin el dinero.
Pero Antonio, en su arrogancia de hombre afortunado, rió ante lo que consideraba una broma macabra del judío.
—Firmaré con gusto —dijo—. Mi carne no vale menos que la de cualquier otro, y mis barcos llegarán mucho antes del plazo.
Shylock observó la escena con la sabiduría de quien ha aprendido que la arrogancia precede a la caída. En sus ojos brillaba una luz que no era de codicia, aunque muchos la confundirían con ella. Era la luz de quien sabe que ha sembrado una semilla cuyo fruto aún desconoce.
—Decís que soy perro —murmuró cuando Antonio y Basanio se hubieron marchado—. Pues bien, si soy perro, cuidado con mis dientes. Me habéis enseñado a odiar; ahora recogeréis la cosecha de vuestra siembra.
La huida y la alianza
Mientras los hombres tejían sus redes de deudas y contratos, Yésica, la hija de Shylock, habitaba en la casa de su padre como un pájaro enjaulado que sueña con el vuelo. El oro y las joyas que la rodeaban eran para ella cadenas más pesadas que el plomo del cofre que Basanio habría de elegir.
—¡Oh Lorenzo! —susurraba en las noches a su amado, que aguardaba en la calle—. Esta casa es un infierno para mí, y tú eres mi ángel redentor.
Lorenzo, amigo de Basanio y Antonio, compartía con los cristianos el despreio por el usurero judío. Pero amaba a Yésica con la sinceridad de quien encuentra en el otro lo que su propio mundo no le ofrece.
La noche de la huida, Yésica se disfrazó de paje y escapó con las arcas de su padre. El oro que Shylock había acumulado durante años, cada ducado ganado con esfuerzo y paciencia, cada moneda que representaba una humillación soportada, desapareció en manos de quienes lo despreciaban.
Cuando Shylock descubrió la ausencia de su hija y su fortuna, el mundo se quebró en pedazos dentro de él. No era sólo el dinero lo que lamentaba, aunque los cristianos pensarían eso. Era la traición de la sangre, el abandono de quien debía perpetuar su memoria cuando él ya no estuviera.
—¡Mi hija! ¡Mi dinero! —gritó por las calles de Venecia, y los venecianos rieron de su dolor—. ¡Oh, si pudiera encontrarla! ¡Si pudiera recuperar mis ducados!
Pero sus amigos judíos, Tubal y los demás, le recordaban la enseñanza milenaria: «No atesores riquezas en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen». Shylock escuchaba, pero su corazón estaba demasiado endurecido para comprender.
—Quisiera que mi hija hubiera muerto a mis pies —confesó en un momento de desesperación—, con las joyas en sus oídos, y los ducados en su ataúd.
Tubal, que había viajado en busca de noticias, le informó de las pérdidas de Antonio. Uno de sus barcos había naufragado cerca de Trípoli, otro en las costas de Inglaterra. La ruina del mercader se acercaba.
—¡Qué alegría! —exclamó Shylock—. Ahora podré cobrar mi libra de carne. Le haré pagar su desprecio, su escupitajo, su «perro judío».
La elección y el anillo
En Bélmont, mientras tanto, Basanio se presentaba ante Porcia con la humildad que el amor verdadero inspira. Los otros pretendientes habían fracasado, y ahora le tocaba a él enfrentar la prueba de los cofres.
Porcia lo observaba desde su trono de incertidumbre. Deseaba que eligiera bien, pero temía que el deseo nublara su juicio. Recordaba las palabras de su padre, que en vida le había dicho: «El amor que no se arriesga no es amor, hija mía. Quien todo lo quiere conservar, todo lo pierde.»
—¿Qué cofre debo elegir? —preguntó Basanio, sintiendo que su destino pendía de un hilo.
—Si me amáis, encontraréis la respuesta —respondió Porcia, y sus palabras fueron más sabias de lo que ella misma sabía.
Basanio contempló los tres cofres. El oro brillaba con la promesa de lo que todos desean: riqueza, poder, belleza. Pero recordó que el oro había engañado al príncipe de Marruecos. La plata ofrecía lo que uno merece, pero ¿quién puede juzgar su propio merecimiento sin caer en la soberbia de Aragón? El plomo, en cambio, pedía darlo y arriesgarlo todo.
Y entonces comprendió. El amor verdadero no es el que busca poseer, sino el que está dispuesto a perderlo todo. No es el que merece, sino el que se entrega sin merecimiento. No es el que todos desean, sino el que uno elige aunque nadie más lo entienda.
—Sed testigos —dijo Basanio— de que elijo el cofre de plomo. Y que mi corazón sea mi guía.
Al abrirlo, encontró el retrato de Porcia y un poema que decía: «Vuestro es todo esto, si lo merecéis; vuestro es mi ser, si no me desdeñáis.»
La alegría inundó Bélmont. Porcia, liberada al fin de la voluntad paterna, se entregó a Basanio con la generosidad de quien ha esperado toda una vida.
—Señor mío —dijo—, me entrego a vos con todo lo que soy y todo lo que tengo. Y como muestra de esta unión, recibid este anillo. Si lo perdéis, o lo regaláis, sabré que vuestro amor ha muerto.
Basanio juró que ni la muerte separaría el anillo de su dedo. Y en ese juramento, sin saberlo, sembró la semilla de futuras pruebas.
Una libra de carne
sacada de un cuerpo humano
no vale tanto ni produce
como la de vaca, oveja o cabra. Oídme:
por complacerle, ofrezco gentileza.
Si la toma, bien; si no, adiós.
La justicia y la carne
La felicidad de Bélmont duró apenas lo que tarda una carta en cruzar los mares. Cuando las noticias de la ruina de Antonio llegaron, Basanio sintió que el mundo se derrumbaba. Su amigo, su benefactor, aquel por quien habría dado la vida, estaba en manos del judío vengativo.
—Debo ir a Venecia —dijo a Porcia—. Mi amigo enfrenta la muerte por mi culpa.
Porcia, que amaba a Basanio con la intensidad de quien ha esperado mucho, comprendió que el amor verdadero no retiene, sino que libera.
—Id —dijo—. Llevad todo el oro que necesitéis para pagar veinte veces la deuda. Pero recordad: el anillo que os di debe permanecer con vos.
Lo que Porcia no dijo era que ella misma viajaría a Venecia, disfrazada de doctor en leyes, para defender a Antonio. Su primo Belario, jurista de Padua, le había enseñado los secretos de la justicia, y su ingenio femenino sabría encontrar lo que la ley escrita ocultaba.
En Venecia, el tribunal se preparaba para el juicio más controvertido de su historia. El Dux, los senadores, los mercaderes, todos sabían que la decisión sentaría precedente para las relaciones entre cristianos y judíos en la Serenísima.
Shylock compareció con la dignidad de quien ha sido ofendido y ahora pide justicia. En su mano llevaba el contrato, en su corazón llevaba siglos de humillación.
—He jurado por nuestro Sabbat cumplir el trato —dijo—. ¿Por qué habría de desdecirme? Si me negáis mi derecho, maldita sea vuestra justicia.
—Podemos pagaros el doble —ofreció Basanio—. El triple. Todo lo que tengo.
—No quiero vuestro dinero —respondió Shylock—. Quiero mi libra de carne. ¿Acaso no es mía? ¿Acaso no compré este derecho con mi dinero y mi palabra? Me llamáis perro, pero cuando pido lo que es mío, soy cruel. Pues bien, que así sea.
En ese momento entró en la sala un joven doctor en leyes, recién llegado de Padua, acompañado de su escribiente. Era Porcia, y nadie lo sabía.
—¿Quién es el mercader y quién el judío? —preguntó con voz firme.
Y comenzó el juicio más extraño que Venecia había visto jamás.
—Apelad a la clemencia —dijo Porcia a Shylock—. La misericordia no es algo que se exige, sino que se otorga. Bendice al que da y al que recibe. Es el atributo que acerca a los hombres a Dios.
Shylock escuchaba, pero su corazón estaba endurecido.
—Exijo justicia —respondió—. Dadme lo que me pertenece según la ley.
Porcia asintió, como si comprendiera. Y entonces pronunció las palabras que habrían de desatar el nudo:
—La ley os ampara. Podéis cortar vuestra libra de carne.
La sala contuvo el aliento. Shylock sacó su cuchillo, que había afilado la noche anterior. Basanio abrazó a Antonio, dispuesto a dar su vida por la de su amigo.
—Pero —prosiguió Porcia— el contrato no menciona la sangre. Podéis cortar una libra de carne, ni una onza más ni una onza menos. Pero si al cortarla derramáis una sola gota de sangre cristiana, vuestros bienes serán confiscados por el Estado.
El cuchillo tembló en la mano de Shylock.
—¿Eso es justicia? —preguntó.
—Eso es la ley —respondió Porcia—. Tan exacta, tan precisa, tan implacable como la que vos exigisteis.
Shylock comprendió entonces la lección que su padre había intentado enseñarle: cuando se exige justicia sin misericordia, la justicia se convierte en trampa. Él había querido atrapar a Antonio en la letra del contrato, y ahora él mismo quedaba atrapado.
—Dadme entonces el dinero —dijo—. El triple, como ofrecisteis.
—No —respondió Porcia—. Solo tendréis justicia. Y la justicia que pedisteis era una libra de carne, no dinero.
Shylock intentó retirarse, pero ya era tarde. La ley que había invocado contra Antonio se volvía contra él. Atentar contra la vida de un ciudadano veneciano era delito grave.
—La mitad de vuestros bienes para Antonio —sentenció el Dux—, y la otra mitad para el Estado. Vuestra vida queda a merced del Dux, que puede perdonarla si lo considera justo.
Antonio, que había aprendido algo en aquellos días de angustia, intervino:
—Quedaos con la mitad de mis bienes —dijo—, pero devolved la otra mitad a Shylock, con la condición de que la herede Lorenzo, que se ha casado con su hija. Y exigid también que se convierta al cristianismo.
Shylock sintió que el mundo se desmoronaba. Su hija, su dinero, su fe. Todo le era arrebatado en nombre de la justicia.
—Consentid —dijo—. Estoy enfermo. Dejadme partir.
El anillo y la enseñanza
Cuando el juicio terminó, Basanio ofreció al joven doctor los tres mil ducados que había prometido.
—No quiero dinero —dijo Porcia, sin revelar su identidad—. Dadme ese anillo que lleváis en el dedo.
Basanio palideció.
—Eso no puedo darlo —respondió—. Es el símbolo del amor de mi esposa. Perderlo sería perderla a ella.
—Hablas de amor —dijo Porcia con una sonrisa que Basanio no supo interpretar—, pero yo he salvado la vida de tu amigo. ¿No vale eso más que un anillo?
Antonio, que observaba la escena, intervino:
—Dadle el anillo —dijo—. Considerad mi deuda con él como garantía de que vuestra esposa comprenderá.
Y Basanio, con el corazón apesadumbrado, entregó el anillo.
En Bélmont, días después, las mujeres esperaban el regreso de sus esposos. Cuando los hombres llegaron, Porcia y Nerisa fingieron indignación.
—¿Dónde está mi anillo? —preguntó Porcia.
—Se lo di al doctor que salvó a Antonio —respondió Basanio, avergonzado.
—Poco me importan tus excusas —replicó Porcia—. Juraste que solo la muerte te lo arrebataría.
Y entonces, cuando el sufrimiento de Basanio era mayor, Porcia reveló la verdad. Mostró el anillo y confesó su disfraz.
La risa y el asombro llenaron la estancia. Pero en medio de la alegría, una enseñanza quedaba: el amor que no es probado no sabe lo que es. Basanio había aprendido que las promesas, por sagradas que sean, pueden tener excepciones cuando la gratitud y la amistad las exigen. Porcia había aprendido que la confianza, una vez rota, puede restaurarse con el perdón.
Y Shylock, en su soledad, aprendió la lección más amarga: quien siembra viento, cosecha tempestades. Había querido vengar siglos de desprecio con una libra de carne, y había perdido todo lo que amaba.
La libra del amor
Las aguas de Venecia siguieron fluyendo bajo los puentes de mármol. Los barcos de Antonio, que no todos habían naufragado, regresaron con las bodegas llenas. Lorenzo y Yésica heredaron la fortuna de Shylock y vivieron en la abundancia.
Pero la enseñanza de aquella historia permaneció en la memoria de quienes la vivieron. Antonio comprendió que su melancolía no provenía del temor por sus barcos, ni del desamor, sino de la certeza inconsciente de que la felicidad perfecta no existe en este mundo. Basanio supo que el amor y la amistad pueden exigir sacrificios que duelen como una libra de carne arrancada del pecho.
Porcia, la más sabia de todos, entendió que la justicia sin misericordia es cruel, y la misericordia sin justicia es débil. Había salvado a Antonio no con argucias legales, sino mostrando que la ley misma, cuando se aplica con rigor absoluto, revela su propia inhumanidad.
Y Shylock, el judío errante, el hombre que quiso cobrar su deuda con sangre, se convirtió en espejo donde Venecia pudo ver su propio rostro. Porque al condenarlo, los cristianos condenaron también su propia hipocresía. Habían predicado el perdón y practicado la venganza. Habían hablado de misericordia y exigido conversión forzada.
La libra de carne que Shylock reclamaba no era más que el símbolo de todas las libras que el mundo había arrancado de su pueblo durante siglos. Y al negársela, le negaron también el derecho a ser tratado como igual.
¿Qué es, al fin, una libra de carne? Es el peso del cuerpo humano, la medida de nuestra fragilidad. Pero hay otra libra, invisible e incalculable, que todos llevamos dentro: la libra del amor, que no puede medirse con balanzas ni cortarse con cuchillos.
Antonio amó a Basanio hasta dar su vida por él. Basanio amó a Antonio hasta traicionar la promesa hecha a su esposa. Porcia amó a Basanio hasta perdonar esa traición. Y Shylock, en su odio, también amaba: amaba la justicia que le habían negado, amaba la dignidad que le habían escatimado, amaba a esa hija que lo abandonó por sus enemigos.
Todos pagaron su libra de carne en aquella historia. Unos con sufrimiento, otros con humillación, otros con pérdida. Y todos aprendieron que el amor, como la justicia, exige algo más que el cumplimiento exacto de las promesas. Exige misericordia. Exige comprensión. Exige, a veces, renunciar a lo que nos pertenece por el bien de quien amamos.
En las noches de Venecia, cuando la luna se refleja en los canales y las góndolas pasan silenciosas, todavía se cuenta la historia del mercader y el judío. Y los niños preguntan: «¿Quién tenía razón?» Los mayores callan, porque saben que la respuesta es tan compleja como la vida misma.
Shylock, en su soledad, repetía las palabras que su padre le enseñara: «No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti». Pero los cristianos, que decían seguir a un maestro que predicaba el amor a los enemigos, le habían hecho todo el mal que podían. ¿Quién era, entonces, el verdadero discípulo de la misericordia?
La respuesta flota en el aire de Venecia como la niebla matinal: todos y ninguno. Porque en cada corazón humano habitan juntos el mercader generoso y el usurero avaro, la doncella sabia y la juez severa, el amigo leal y el traidor involuntario.
Que esta enseñanza nos acompañe: el amor es la única libra que, al ser arrancada, no mata, sino que da vida. Y la justicia es el único cuchillo que, al ser empuñado con misericordia, no hiere, sino que sana.






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