Desde que tu mano toco la mía
No tengo paz, tengo insomnio..
porque te veo y sueño
y solo en mis sueños te siento.
Soy hijo del sol, lo llevo en la sangre, pero también la tierra oscura de mis ancestros mapuches. La vi por primera vez en el viñedo de don Vincenzo, bajo las parras cargadas de uvas como perlas. Ella, Soledad, caminaba entre los surcos con un vestido blanco que no era de esta tierra, que parecía hecho del mismo aire fresco, imposible de atrapar solo de sentir. En sus manos, un cesto de mimbre; en su pelo, el reflejo del sol en el río. Yo podía nombrar cada planta, cada piedra, cada signo del tiempo en mapuche; ella podía nombrar las cepas en italiano que sonaba a melodías de música clásica. Nuestros mundos estaban separados, pero se tocaban en ese preciso momento, bajo el inmenso cielo violentamente azul, donde mi corazón dejó de ser mío.
Trabajaba la tierra sagrada de mis ancestros, ahora parcelada y alambrada, regalada a extranjeros que vinieron a explotarnos; a pesar de mi rebeldía, Don Vincenzo me toleraba porque mis manos entendían el ritmo de la vid, el susurro del agua en las acequias. Para los amos yo era el indio, el chango moreno y silencioso. Y ella era la nieta del patrón, la promesa blanca y dorada que se casaría con otro dueño de bodega en Mendoza. Cuando me miraba, no lo hacía con desdén, sino con una curiosidad que era más dolorosa. Era como si mirara un espécimen raro, una pieza de museo: Fabricio, el indio mapuche que sabe de vides. En sus ojos claros, yo no era un hombre; era una sombra interesante, un resto de un pasado folclórico y pintoresco.
Así como el vino, el amor que nacía en mi, me estaba matando, un amor que fermentaba en silencio, en la tiniebla de mi pecho, y que nunca vería la luz. La seguía con la mirada mientras se alejaba, y su figura blanca se deshacía entre las hojas verdes como un fantasma diurno, el único fantasma que deseaba con todas mis fuerzas que fuera real.
Por las noches en mi choza, bebia vino el vino que cosechaba, un vino seco con sabor a mosto de tierra húmeda, su olor se mezclaba con el humo del fogón; yo miraba a la luna llena, entera, absoluta, cada sorbo era un recordatorio. Este vino nace del estrés de la vid, de la sequía que supera, del frío que resiste. Es bueno porque sufre. Yo, Fabricio, sufría por una vid que nunca podría cosechar. Soñaba con sus manos, blancas como la nieve de los Andes, tocando las mías, oscuras como la tierra, tal obsesión daba vueltas en mi cabeza, hasta que me quedaba dormido..
Una tarde, cerca de la cosecha, Soledad me encontró llorando tirado, no lloraba por ella, sino por todo: por mi pobreza, por mi nulo valor ante la vida, por ser un esclavo de grandes aspiraciones. Ella se detuvo. No dijo nada. Fue un instante de fuego y de hielo. Un contacto que me electrizó y me aniquiló. En sus ojos había piedad, tal vez un asomo de algo más profundo, un reconocimiento de mi humanidad, entonces sus manos tocaron las mías y sentí un calor perdurable, hermosísimo, por ese simple detalle, juré que la amaría hasta el último de mis días, con la fidelidad desesperada de quien ama un relámpago: lo ciega, lo parte en dos, y después solo queda la oscuridad más absoluta y el eco del trueno. Ella se fue, subiendo al auto de su abuelo. Yo me quedé con el sabor del desprecio, mirandome en el suelo, tirado viendo el polvo del camino, que se llevaba la única belleza de mi pobre vida.
Él, un mapuche afrancesado por la cultura extranjera, un gaucho poetizado por la soledad, un estudiante de la UBA cargado de teorías europeas, se sentía antagónicamente cerca de esa mujer que se movía como un caballo de ajedrez que se moviera como una torre que se moviera como un alfil. Ella era la torpeza y la confusión de no entender su lugar, pero también los racimos de una postal extranjera, el olor a hierba fresca en la pampa y los espejos de ceniza literaria.
El horizonte en la pampa cordobesa es una línea de fe, una promesa que nunca se cumple porque siempre se corre. Yo, Fabricio, gaucho de por aquí, de por asha, creía conocer cada secreto de esa llanura infinita. Mi flete, un overo rosado, era mi hermano, mis piernas, mi orgullo. Hasta que una vizcacha asustada abrió un hoyo traicionero y el mundo se dio vuelta. Caí como un saco de arena, y un dolor ciego y fulminante me estalló en la pierna. El overo se alejó al trote, libre. Yo quedé prisionero de la tierra, bajo un sol que ya no era compañero, sino verdugo. La inmensidad, antes mi reino, se volvió una cárcel de pasto y cielo. “Aquí se pudre un gaucho”, pensé, con la boca seca y el miedo, un animal frío, trepándome por la espina.
No sé cuánto tiempo pasó. El sol empezaba a sangrar en el poniente cuando el rumor llegó. No eran cascos de caballo, sino el traqueteo suave de un carruaje. Un milagro en la nada. Forcejeé por levantar la cabeza. Era una carreta cubierta, modesta pero pulcra. Se detuvo. Una figura bajó. Y el tiempo, ese río ancho y lento de la pampa, se detuvo también. Ella, Soledad, era como si la llanura hubiera parido, por compasión, un ser que no le pertenecía. Vestía de un color claro, quizá gris perla, y su rostro no tenía la dureza del campo, sino una suavidad de ciudad, de libros, de otra vida. Se acercó sin miedo, sus ojos, grandes y serenos, examinando mi desgracia.
Entonces llegó ella, olía a jabón fino y a algo indefinible, a intimidad, a alcoba; con unas tijeras que sacó de no sé dónde, cortó el pernil de mi pantalón. Sus manos, blancas y hábiles, no titubearon al entablillarme la pierna rota con palos y con tiras de su propio enagua. Yo no podía hablar. El dolor se había transmutado en un vértigo distinto. Cada contacto de sus dedos era una llamarada de fuego dulce. Me dio de beber de su cantimplora, un agua que supo a néctar.
La miré como un hombre que, tras días de sed, ve por primera vez un oasis. En sus ojos había inteligencia y una bondad que no era condescendencia, sino gracia pura. En esos minutos, olvidé el dolor, olvidé mi condición, olvidé la pampa. El universo se redujo a su rostro inclinado sobre el mío, a la sombra que sus pestañas proyectaban, a un mechón de pelo castaño que se le escapó del moño y acarició mi mejilla sudorosa. Quise decirle algo, guardar su nombre en mi alma, prometerle algo, lo que fuera. Solo atiné a un “gracias, señorita”. Ella sonrió, una sonrisa fugaz que iluminó el crepúsculo.
Luego, todo fue rápido. Su acompañante, un viejo de mirada recelosa, ayudó a cargarme en la parte trasera de la carreta. El traqueteo reanudó. Yo la veía de espaldas, su nuca frágil y digna, mientras la noche se nos echaba encima. Llegamos a un puesto. Ella dio instrucciones claras al puestero, dejó monedas, una botella de linimento. Antes de volver a subir al carruaje, se acercó una última vez. Me puso una manta. Sus dedos rozaron los míos. Subió. El carruaje se movió. La seguí con la mirada hasta que se fundió con la oscuridad, hasta que el único rastro de su paso fue el polvo que se elevaba, plateado por la luna naciente.
Mi pierna sanó. Pero yo quedé roto por otro lado. Regresé a La Camila, monté de nuevo, bebí en las pulperías, canté milongas tristes. Pero ya no era el mismo. La pampa había perdido su sentido. Su inmensidad ahora era el escenario vacío de una aparición. La recorría incansable, buscando el lugar exacto de mi caída, como un peregrino idiota. Pregunté en Río Cuarto por el médico y su hija Soledad. Nadie los conocía. Era como si la tierra se la hubiera tragado. ¿Había sido un sueño del sol y del dolor? No. El hueco seguía allí. Y el jirón de enagua blanco con un bordado diminuto, que guardaba como una reliquia bajo mi poncho, seguía oliendo, durante un tiempo, a jabón fino y a algo indefinible. Soledad. Un nombre de musa, de virgen, de fantasma bondadoso. Me había salvado la vida para condenarme a una vida de ausencia. El amor, entendí entonces, no es solo la presencia que electriza. Es, sobre todo, la ausencia que se instala en los huesos y se vuelve el hueso mismo. Amaba a un fantasma de polvo y crepúsculo, a un ángel de paso que me mostró el cielo solo para recordarme que yo era, y sería siempre, un hombre de tierra.
Vos sos como un testigo, le hubiera dicho con la mirada cualquiera de las Soledades, mientras cebaban mate, o le daban agua, o discutían a Kafka.. Sos el que mira el cuadro. Yo soy un cuadro, esta pieza, esta pampa, esta mesa, es un cuadro. Vos creés que estás acá, pero no estás. Estás mirando.
Amo los domingos en el Parque Rivadavia, y como no va a amar un estudiante de letras rodearse de la besheza de este crepúsculo, que es como una dimensión que se abre entre el caos de la ciudad, vendo libros usados más por necesidad que por gusto, creo haber encontrado en la literatura todos los refugios y todos los dolores. Hasta que ella apareció ella… Soledad. Llegó un sábado gris, escarbando entre los montones de novelas con la delicadeza precisa de una arqueóloga. No buscaba best-sellers ni clásicos evidentes, buscaba a Cortazar, algo raro, una edición temprana…”
Levanté la vista. Llevaba un buzo negro, el pelo corto y muy negro también, y unos ojos que eran dos pozos de inteligencia melancólica. En su muñeca, un tatuaje discreto de un unicornio. Le mostré un ejemplar de Final del juego bastante maltratado. Ella lo tomó, lo hojeó, y lo dejó con un gesto de decepción sutil. buscaba algo que ni él mismo sabía que había escrito. Sonreí, pensando que era una de esas chicas falsas de Villa Crespo. Pero entonces empezamos a hablar. Habló de la “figura” en Cortázar, del concepto de “kibbutz del deseo” como un territorio metafísico, de la música atonal como reflejo de la incomunicación. Yo, que creía haberme leído todo, me sentí un alumno de primer año. Su erudición no era pedante; era natural, orgánica, como si viviera dentro del laberinto de los libros. La amaba por su mente, por su forma de fruncir el ceño al deducir, por la curva de su nuca cuando se inclinaba sobre una página. Era un amor absolutamente contemporáneo y absolutamente desesperado: se construía en el aire de las ideas, pero yo no podía tocarla.
Yo amaba desde la seguridad de la interpretación. Ella era el enigma a interpretar. Buscaba en ella, desesperadamente, el acceso a ese “centro” del que hablaba Cortázar, el Omphalos, la salida del laberinto. Pero ella era el laberinto mismo. Me daba migajas de su intimidad. La idealicé hasta el delirio, se volvió la la musa inalcanzable de mi gris existencia. Supe que también salía con otros, con artistas, con músicos, con tipos que tenían un aura que yo, con mis libros polvorientos, nunca tendría. Sufría con una intensidad que me avergonzaba. Era el sufrimiento del culto pobre, que ve la belleza y la profundidad pasar frente a sus ojos, en el parque o en el café, sabiendo que pertenecen a una esfera a la que no puede acceder. No por dinero, sino por una ley intangible, como si mi amor fuera demasiado pedestre, demasiado “real”, para la criatura etérea y dañada que era ella.
El clímax fue tan banal como terrible. Le conseguí, tras meses de búsqueda, un ejemplar de Divertimento, la primera novela de Cortázar, publicada póstumamente. Pensé que ese objeto, ese libro “desconocido”, sería la llave. Se lo di una tarde en el parque. Lo tomó, lo acarició, y sus ojos se humedecieron. Pero no me miró a mí. Miró el libro. Y luego, como hablando consigo misma: Siempre es más fácil amar las ideas que a las personas,. Se levantó y se fue caminando entre los árboles, con el libro bajo el brazo. No volvió a buscarme. La vi una última vez, meses después, en la vereda de enfrente de la Facultad de Filosofía. Iba de la mano de otra mujer. Me miró, me reconoció, y me dedicó un guiño de cómplice triste, antes de perderse en la multitud. Comprendí entonces. Yo no era su amor imposible. Era solo un personaje secundario en libro de su vida, el vendedor que le proveyó un capítulo interesante. Mi amor, mi dolorosa y absoluta devoción, había sido solo material de archivo para su propia búsqueda. Me quedé solo, en medio del ruido de la ciudad, sintiendo el frio de la Soledad y que el sentido de lo absoluto no era más que el eco de mi propia voz.
Andaban sin buscarse, pero sabiendo que andaban para encontrarse. Ella era un espejo terrible, una espantosa máquina de repeticiones a través del tiempo, y lo que llamaban amarse fue quizá que él estaba de pie delante de ella con las uvas negras, o tendido a sus pies con la pierna rota, o sentado frente a ella con una flor amarilla de tapa de libro, mientras el tiempo soplaba contra sus caras una lenta lluvia de renuncias: renuncia a la raza, a la clase, a la cordura; tickets de desprecio, de distancia social, de incomprensión metafísica.
¿Encontrarían a esa mujer? Tantas veces le había bastado asomarse al borde de la acequia, al pretil de la pampa, a la mesa de libros usados, y apenas la luz de ceniza y olivo, de sol poniente, de neón gris, le dejaba distinguir las formas, ya su silueta se inscribía en el paisaje, a veces andando entre las vides, a veces detenida junto al carruaje, a veces inclinada sobre una página. Era tan natural cruzar el surco, arrastrarse por el pasto, alargar la mano con un libro, y acercarse a ella, que sonreía sin sorpresa, convencida quizá, como él, de que un encuentro casual era lo menos casual en sus vidas, el núcleo mismo de su destino condenado.
Buscaban algo que no sabían qué era; ella también, pero eran dos cosas diferentes. Él era más bien un Mondrian de límites claros. Un espíritu lleno de rigor y miedo de salirse de la realidad que le había asignado su tiempo. Mientras ella era un aire de unicornio o isla, una caída interminable en la inmovilidad de su propia idealización. En esos días de viñedo, de llanura, de parque, él sentía que sus anhelos eran como ojos que empezaban a abrirse más allá de ella, volcado en otra figura del mundo, un piloto vertiguoso en una proa negra que cortaba el agua del tiempo y la negaba. La felicidad tenía que ser otra cosa, algo más triste que esa paz y ese placer egoísta que los topaba gimiendo, cada uno desde su lado del abismo.
Vio a la mujer, a todas las Soledades, en ese momento, la confusión fue total: el rosa del atardecer se mezclaba con el color de su vestido, y él supo que ella era la otra, que la Maga, la Salvadora, la Erudita, estaba allí, al borde de la tercera casilla, de la tercera época, siempre a punto de saltar a un lugar donde él no podía seguirla. Y él se balanceaba. Respirando hondo pudo ver el sentir el tiempo, allí estaban los otros Fabricios, y las otras Soledad. La armonía duraba un instante terriblemente dulce, una comunión de condenados.
La ama, la dama, o la continuidad de los parques, tiene la misma mirada y la misma manera de no entender las cosas que hacen a uno enloquecer. La realidad se saturaba de Soledad: Un instante es todos los instantes, que se repiten por siempre y en cada uno hay algo de un todo, saturando de a poco y por mucho, la realidad de mi ilusión… —pensaba acostado el Fabricio del 2026, mientras el de 1898 cabalgaba mirando el horizonte vacío y el de 1951 bebía vino con sabor a mosto—.






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