so little done, So Much To Do
Amo estudiar libros antiguos y en varios de ellos he encontrado referencias hacia el carácter de los británicos, aguerrido, orgulloso, imbatible, la pregunta que se hace Lord Humboldt en su referencia a estos personajes es que, quien sino ellos pueden soportar los trabajos mas duros y no solo sobrevivir sino triunfar en las condiciones mas adversas, quien mas sino aquellos, que crecieron en la soledad y la tristeza, aislados del mundo en una isla fría, lluviosa, nublada y deprimente, esa isla engendró a los mejores hombres que con astucia, ambición y estrategia forjaron un imperio que constituye un fenómeno histórico sin parangón, caracterizado no por un plan maestro preestablecido, sino por una expansión orgánica y azarosa que lo llevó a dominar una cuarta parte de la superficie terrestre y de la población mundial. Este proceso transformó a una pequeña isla del noroeste europeo, carente de recursos excepcionales, en un hegemón global.
El surgimiento del Imperio británico constituye uno de los fenómenos más singulares de la historia universal, no solo por su escala sin precedentes, sino por la naturaleza aparentemente fortuita de su expansión. A diferencia de otras potencias, el Reino Unido no inició su aventura imperial siguiendo un plan trazado por monarcas o estadistas, sino que, como señaló el historiador Sir John Seeley, pareció forjar su dominio en un «momento de despiste» de sus gobernantes. En su apogeo, esta estructura política llegó a gobernar sobre una cuarta parte de la masa terrestre y aproximadamente el 25% de la población mundial, convirtiéndose en un imperio verdaderamente global que no se limitaba a una región específica, sino que se extendía por todos los rincones del globo.
Los pilares de una nación isleña
Para entender cómo una pequeña isla en el noreste de Europa, carente de recursos naturales excepcionales, logró tal hazaña, es necesario remontarse al Renacimiento. En el siglo XV, Inglaterra y Escocia no parecían destinadas a la hegemonía mundial; otras civilizaciones, como China o el mundo árabe, e incluso otras potencias europeas, presentaban perspectivas mucho más brillantes. Sin embargo, Inglaterra poseía características fundamentales que determinaron su despegue: un espíritu de rebeldía ante el sometimiento, una voluntad de dominio y una tradición marina forjada por su insularidad. El mar no solo sirvió como una defensa natural contra invasiones, sino que fue el vehículo primordial para su propagación. Además, las duras condiciones de vida en las islas británicas actuaron como un poderoso estímulo para la emigración; para gran parte de la población, la vida era, en palabras de Hobbes, «pobre, embrutecedora y corta», lo que llevó a miles de personas a buscar fortuna en tierras lejanas sin mirar atrás.
La era Tudor y el desafío al orden internacional
Los cimientos de este imperio se trazaron durante la dinastía Tudor. Enrique VII fue el primero en calificar a su reino como un «imperio», y bajo Enrique VIII se produjo el primer ensayo de expansión colonial con la ocupación de Irlanda. No obstante, los pasos definitivos se dieron durante el reinado de Isabel I, motivada por un ferviente deseo de combatir el monopolio de España y Portugal en el Nuevo Mundo. El orden internacional de la época, sancionado por el Papa y el Tratado de Tordesillas, excluía a naciones como Inglaterra, Francia y Holanda de los beneficios de las Américas.
Ante la imposibilidad de un desafío formal inicial, Inglaterra recurrió a la piratería sancionada por la corona. Figuras como John Hawkins y Francis Drake se enriquecieron interceptando barcos españoles cargados de plata y, de manera crucial, participando en el lucrativo comercio de esclavos. Hawkins, por ejemplo, se convirtió en uno de los hombres más ricos de Inglaterra tras asaltar barcos portugueses en Sierra Leona y vender su cargamento humano en el Nuevo Mundo. Estos actos de piratería, aunque espontáneos, contaron con el apoyo total de la reina Isabel y sentaron las bases económicas de la futura expansión.
El modelo de colonización en América del Norte
A finales del siglo XVI, los intentos de colonización tradicional comenzaron a suceder a los actos de piratería. Aunque expediciones como las de Humphrey Gilbert o Walter Raleigh en el Caribe y Virginia terminaron en fracasos iniciales, introdujeron elementos que transformarían la sociedad británica, como el tabaco. La innovación clave en este periodo fue la creación de compañías navieras de iniciativa privada, como la Virginia Company. Estas organizaciones recaudaban capital privado y obtenían licencias reales para transportar colonos a cambio de tierras, lo que permitió financiar una aventura que de otro modo era inalcanzable para la mayoría.
La colonización de la costa este americana comenzó formalmente con la fundación de Jamestown en 1607. A diferencia de los conquistadores españoles, los británicos en el norte se autodenominaron «colonos» o «plantadores», ya que su prosperidad dependía exclusivamente del cultivo de la tierra. La decepción fue inicial, pues no encontraron las riquezas de oro y plata que los españoles habían hallado en el sur; en su lugar, enfrentaron inviernos durísimos y una tierra que exigía un trabajo extenuante.
La motivación religiosa también desempeñó un papel central. En 1620, los peregrinos del Mayflower llegaron a las costas de Nueva Inglaterra huyendo de las pugnas religiosas en Europa. Antes de desembarcar, firmaron un contrato de gobierno que sentó las bases de la democracia y la gobernanza autónoma en la región. Esta diversidad se reflejó en otras colonias: Maryland se convirtió en un refugio para católicos, mientras que William Penn, un cuáquero, fundó Pensilvania bajo principios de tolerancia religiosa, convirtiéndose temporalmente en el mayor terrateniente del mundo antes de morir arruinado.
Economía, esclavitud y cultura imperial
El éxito económico del imperio en el Atlántico se cimentó sobre dos pilares: el tabaco en el norte y el azúcar en el Caribe. El Caribe resultó ser inmensamente lucrativo desde el principio, justificando los esfuerzos de la corona. Sin embargo, este sistema dependía trágicamente de la trata de esclavos. Inglaterra fue responsable del traslado de aproximadamente 3,5 millones de africanos a América entre el siglo XVII y la abolición de la esclavitud en el XIX. Instituciones como la Royal African Company fueron creadas específicamente para explotar este negocio, que hasta el siglo XVIII no suscitó grandes debates morales, siendo visto simplemente como parte del sistema económico imperial.
Este nuevo mundo capturó la imaginación cultural de Gran Bretaña. La literatura reflejó tanto la fascinación como la crítica hacia la expansión. Daniel Defoe, con su obra Robinson Crusoe, creó el prototipo del colono británico: individualista, perseverante, con fe en Dios y un marcado sentimiento de superioridad. En contraste, Jonathan Swiftutilizó Los viajes de Gulliver para lanzar una crítica mordaz contra la idea de imperio, cuestionando la supuesta superioridad de la civilización europea y describiendo a sus compatriotas colonizadores como una raza perniciosa.
La expansión en Asia y la Compañía de las Indias Orientales
Mientras se consolidaban las bases en América, el interés británico se dirigió hacia Asia, un lugar donde las riquezas ya existían y no necesitaban ser creadas. La herramienta principal para esta expansión fue la Compañía de las Indias Orientales, fundada en 1600. A través de concesiones del emperador mogol, establecieron bases en Surat, Calcuta y Bombay. Curiosamente, el control sobre Bombay se obtuvo mediante el matrimonio de Catalina de Braganza con Carlos II, quien recibió la ciudad como dote de los portugueses.
La compañía transformó los hábitos de consumo británicos al introducir productos como el algodón, la seda y, sobre todo, el té. El té, inicialmente un brebaje amargo y exótico probado por cronistas como Samuel Pepys, se convirtió en un símbolo de la identidad británica gracias a su adopción en la corte por Catalina de Braganza.
Hegemonía, finanzas y el colapso del «Primer Imperio»
Durante el siglo XVIII, el poder británico se extendió por los cuatro continentes bajo la doctrina del mercantilismo, que prohibía a las colonias comerciar con otras potencias. Tras la Unión de 1707 entre Inglaterra y Escocia, la nueva Gran Bretaña emergió como una potencia militar formidable. Victorias clave en la Guerra de Sucesión Española (que otorgó Gibraltar y Menorca) y en la Guerra de los Siete Años (que arrebató Canadá a Francia y Florida a España) consolidaron la idea de imperio en la sociedad británica.
El éxito británico se basó en dos factores esenciales: la supremacía de su Marina Real y una innovadora habilidad financiera. A diferencia de Francia, Gran Bretaña pudo financiar sus largas guerras vendiendo bonos a bajo interés a sus propios ciudadanos, distribuyendo el coste de los conflictos de manera eficiente.
Sin embargo, este «primer imperio» colapsó con la Revolución Americana. El intento de la corona de limitar la expansión hacia tierras indias para evitar conflictos y, fundamentalmente, la imposición de impuestos sin representación parlamentaria, llevaron a las trece colonias a rebelarse. Figuras como George Washington, un terrateniente indignado por las restricciones de la corona, lideraron una lucha que terminó con la independencia de los Estados Unidos. Este fracaso provocó un profundo debate sobre la rentabilidad de las colonias; economistas como Adam Smith argumentaron que la colonización clásica era económicamente ineficiente y que los imperios mercantiles más pequeños eran preferibles.
El giro hacia el este: India y Australia
A pesar de la pérdida de las colonias americanas, el imperio encontró consuelo en otros horizontes. En la India, Robert Clive aprovechó la debilidad francesa y los conflictos locales para forjar un dominio cada vez más lucrativo en Bengala. Surgió una nueva clase de «nuevos ricos», conocidos como los nabobs, que hacían fortunas rápidas en el subcontinente. El modelo británico en la India fue un equilibrio complejo: fomentaban el comercio y mantenían el orden mientras permitían a los príncipes y marajás gobernar sus territorios, una estructura que perduró casi tres siglos.
Simultáneamente, las exploraciones del Capitán Cook a finales del siglo XVIII abrieron el camino hacia Australia. Aunque inicialmente se utilizó como una remota colonia penal para presos desterrados, gobernadores visionarios transformaron el territorio en una «tierra de redención». Al otorgar tierras a los convictos que cumplían su condena, se sentaron las bases de una colonia próspera y extraordinariamente leal a la corona.
Hacia el inicio del siglo XIX, Gran Bretaña estaba preparada para una etapa de expansión aún más extraordinaria, consolidándose como la nación más poderosa del mundo y dejando atrás las crisis del siglo anterior para entrar en su fase más gloriosa.
La expansión del Imperio británico no fue producto de una planificación estatal centralizada, sino que dependió fundamentalmente de la iniciativa privada a través de la creación de poderosas compañías navieras. Estas organizaciones permitieron recaudar el capital necesario para costosas aventuras transoceánicas que la corona, por sí sola, no podía o no quería financiar en su totalidad.
La Compañía Británica de las Indias Orientales (East India Company)
Considerada la más importante en la historia del imperio y, posiblemente, la más exitosa de la expansión europea, fue fundada en el año 1600 mediante un decreto de la reina Isabel I.
- Objetivo Estratégico: A diferencia de América, donde las riquezas debían ser creadas mediante el cultivo, en Asia la riqueza ya existía, lo que motivó la obsesión británica por establecerse en la India.
- Asentamientos Clave: Tras obtener una concesión del emperador mogol Jehangir, la compañía estableció su primera base en Surat. Posteriormente, se expandió a puntos estratégicos como Calcuta y Bombay. Curiosamente, el control sobre Bombay se obtuvo en 1668, no por conquista, sino porque la ciudad formaba parte de la dote que Catalina de Braganza aportó al casarse con el rey Carlos II.
- Impacto Económico y Cultural: La compañía generó beneficios masivos para sus accionistas mediante la importación de algodón, seda, especias y tintes. Un hito cultural fue la introducción del té, que pasó de ser un brebaje amargo probado con escepticismo por cronistas como Samuel Pepys a convertirse en un pilar de la identidad británica.
- Dominio Político: Bajo el mando de figuras como Robert Clive, la compañía aprovechó conflictos como la Guerra de los Siete Años para expulsar a los franceses y expandir su dominio territorial, especialmente en Bengala. Esto dio lugar a la clase de los nabobs, hombres que hacían fortunas rápidas en la India y regresaban a Inglaterra con una riqueza inmensa.
La Virginia Company y el Modelo Americano
Fue fundada por Richard Hakluyt con el objetivo de establecer asentamientos en Norteamérica.
- Funcionamiento: La compañía funcionaba bajo licencia real, transportando colonos a quienes se les ofrecían tierras a cambio de varios años de trabajo.
- Dureza del Sistema: Muchos de los primeros emigrantes vivían en condiciones cercanas a la esclavitud, vendiendo su libertad temporalmente para poder, eventualmente, poseer un trozo de tierra. A pesar de la decepción inicial por la falta de oro, la compañía sentó las bases para una economía basada en el trabajo y el cultivo de productos como el tabaco.
La Royal African Company
Creada a finales del siglo XVII durante el reinado de Carlos II, esta compañía tuvo como fin establecer puestos en África para explotar el lucrativo negocio de la trata de esclavos.
- Escala del Comercio: Fue un motor fundamental del sistema económico imperial de la época; se estima que Inglaterra fue responsable del traslado de unos 3,5 millones de africanos a América hasta el siglo XIX. En aquel entonces, este comercio no generaba grandes debates morales y era visto simplemente como una pieza más del engranaje del imperio.
Estas compañías no solo fueron vehículos comerciales, sino que actuaron como estados dentro de estados, administrando territorios vastos —como en el caso de la India, que incluía los actuales Pakistán y Bangladesh— bajo acuerdos con líderes locales, manteniendo la ley y el orden para garantizar la prosperidad de sus puertos.
Tras el colapso del denominado «primer imperio británico» con la independencia de las trece colonias en 1783, Gran Bretaña encontró en la India su «gran consuelo» y el motor de una nueva fase de expansión imperial. Esta transición no fue solo un cambio geográfico, sino el nacimiento de un nuevo modelo de imperialismo liderado por figuras como Robert Clive.
La importancia de Clive y la consolidación en la India se resume en los siguientes puntos clave:
- La expulsión de potencias rivales: Durante la Guerra de los Siete Años, Robert Clive, gobernador de la Compañía de las Indias Orientales, aprovechó su audacia militar para invadir territorios y expulsar a los franceses del subcontinente. Esto eliminó la competencia europea y dejó el camino libre para la hegemonía británica.
- Un imperio de riqueza inmediata: A diferencia de las colonias americanas, donde la riqueza debía crearse mediante el cultivo de la tierra, en la India la riqueza ya existía y era inmensa. Bajo el mando de Clive en Bengala, la India se convirtió en la posesión más lucrativa, proporcionando las exportaciones más rentables de todo el imperio.
- El surgimiento de los «Nabobs»: La gestión de Clive permitió que muchos mercaderes y funcionarios británicos hicieran fortunas colosales en periodos muy breves. Estos «nuevos ricos», conocidos como nabobs (término derivado del indio nawab), regresaban a Inglaterra con una riqueza que ayudó a sostener la economía metropolitana tras la crisis americana.
- Un nuevo modelo de gobernanza: Clive ayudó a forjar un equilibrio político singular: un acuerdo tácito con el emperador mogol y numerosos principados locales. Gran Bretaña se encargaba de fomentar el comercio, crear prosperidad en los puertos y mantener el orden, mientras permitía a los príncipes y marajás gobernar sus territorios sin interferencias excesivas. Este sistema de «equilibrio difícil» fue tan exitoso que permitió al imperio británico mantenerse en la India durante casi tres siglos.
Este giro hacia el este demostró que, a pesar de las dudas de intelectuales como Adam Smith sobre la rentabilidad de las colonias, el modelo mercantil en Asia podía ser extraordinariamente beneficioso sin necesidad de traslados masivos de población.
Efectivamente, junto con la India, Australia se convirtió en el «otro gran consuelo» para Gran Bretaña tras la traumática pérdida de sus trece colonias americanas a finales del siglo XVIII.
La incorporación de este vasto territorio al imperio estuvo marcada por los siguientes aspectos fundamentales según las fuentes:
- El papel del Capitán Cook: El descubrimiento y la exploración de las costas australianas se debieron al Capitán James Cook, considerado el mejor marino y explorador inglés del siglo XVIII. Su figura es tan relevante para la historia británica que las fuentes lo describen como el «consuelo» de no haber tenido un personaje equivalente a Cristóbal Colón. Cook fue el encargado de tomar posesión de Nueva Gales del Sur en nombre de la corona.
- De colonia penal a «tierra de redención»: Inicialmente, el remoto territorio de Australia no despertó un gran interés comercial, lo que llevó a la corona a decidir utilizarlo como destino para enviar a presos desterrados de por vida. Sin embargo, un gobernador visionario transformó esta percepción al proponer que la colonia fuera una «tierra de redención».
- Un modelo de éxito social: A diferencia de otros sistemas penales, en Australia se dio el fenómeno único de que los presos, tras cumplir su condena, eran premiados con varios acres de tierra. Esto permitió que antiguos convictos iniciaran una nueva vida como propietarios y prosperaran, sentando las bases de una colonia que resultó ser extraordinariamente leal a la corona británica.
Este éxito en el Pacífico, sumado a la riqueza obtenida en la India, permitió que el Imperio británico superara el fracaso de la Revolución Americana y se preparara para el siglo XIX, periodo en el que se consolidaría como la nación más poderosa del mundo.
La literatura de los siglos XVII y XVIII desempeñó un papel fundamental al capturar la fascinación y las fantasías de la sociedad británica respecto a la exploración y la construcción del imperio colonial. El interés por los lugares exóticos y la vida en las colonias permitió que obras literarias reflejaran tanto las virtudes como las contradicciones del espíritu imperial.
Los dos ejemplos más significativos que muestran estas visiones contrapuestas son los siguientes:
El prototipo del colono: Robinson Crusoe
Publicada por Daniel Defoe en un intento de saldar sus deudas personales, esta obra se considera la primera gran novela sobre la expansión europea en el mundo.
- El espíritu anglosajón: El personaje de Robinson es visto como la representación máxima del imperialismo británico. En él se encarnan valores como el individualismo, la perseverancia, la fe en Dios y una notable indiferencia ante el sufrimiento.
- Sentimiento de superioridad: Un rasgo distintivo de Crusoe, y de los ingleses de su época, era un marcado sentimiento de superioridad frente a lo desconocido. Incluso el autor James Joyce lo describió como el «auténtico prototipo del colono británico».
- Base real: La historia no era mera ficción, sino que se basó en las vivencias reales del marino escocés Alexander Selkirk, quien sobrevivió varios años en una isla desierta del Pacífico.
La crítica mordaz: Los viajes de Gulliver
En contraste directo con la exaltación de Defoe, Jonathan Swift publicó en 1726 una obra que funcionaba como una crítica feroz a la idea de imperio.
- Desmitificación de la civilización: Swift utilizaba situaciones donde su protagonista se encontraba en inferioridad de condiciones para cuestionar la premisa de que la expansión imperial era intrínsecamente positiva o que propagaba una civilización superior.
- Visión satírica: Swift llegaba a burlarse abiertamente de sus propios compatriotas, describiendo a los ingleses colonizadores como una «raza perniciosa de gusanos pequeños y odiosos», alejándose totalmente de la visión heroica de otros autores.
Este impacto cultural fue tan profundo que «hacer las Américas» se convirtió en un sueño para los británicos, similar al que tuvieron españoles y portugueses en siglos anteriores.
La combinación de una voluntad de dominio y una innovadora habilidad financiera fue lo que permitió a Gran Bretaña superar a potencias con ejércitos terrestres mucho más grandes, como Francia. Esta mentalidad, descrita en las fuentes como un «espíritu de rebeldía» y un marcado «sentimiento de superioridad», impulsó a la nación a buscar mecanismos para sostener sus ambiciones globales a largo plazo.
El éxito británico en los conflictos del siglo XVIII, especialmente frente a Francia, se basó en los siguientes pilares financieros:
- El sistema de bonos públicos: Desde los tiempos de Guillermo III, Gran Bretaña implementó un método para financiar sus guerras vendiendo bonos a bajo interés a inversores privados. Esto permitía distribuir el coste de los conflictos entre la propia ciudadanía en lugar de agotar las arcas reales de forma inmediata.
- Capacidad de endeudamiento: Se estima que más de un tercio de los gastos de guerra de Gran Bretaña se financiaron mediante préstamos y bonos. Esta flexibilidad financiera fue una ventaja decisiva; mientras que el gobierno francés se veía paralizado una vez que sus arcas se vaciaban, el gobierno británico podía seguir operando gracias a su capacidad para pedir dinero prestado y continuar la lucha.
- Confianza ciudadana: Este modelo funcionaba porque la sociedad británica, imbuida de ese espíritu de expansión, confiaba en la estabilidad de su sistema y compraba la deuda del Estado, lo que garantizaba que siempre hubiera recursos disponibles para la Marina Real, el verdadero escudo y espada del imperio.
Gracias a esta estructura, Gran Bretaña logró salir victoriosa en conflictos globales como la Guerra de los Siete Años, consolidándose como la nación más rica del mundo en diversos momentos.
Habiéndose vengado de España y Francia por arrebatarle sus 13 colonias, supieron canalizar su derrota con astucia, primero asaltaron sus galeones y tomaron sus islas, al final hicieron suya la frase que enorgulleció a España por tres siglos, ahora era Gran Bretaña el Imperio donde nuca se ponía el sol; el colapso del Imperio Español tras la independencia orquestada por agentes británicos, la revolución industrial, el fomento al libre comercio y la riqueza proveniente de sus nuevas colonias, les hizo llegar a ser la primera potencia mundial, siendo el Siglo XIX, el siglo del Reino Unido.






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