La palabra es un ente poderoso, un vehículo de ideas, promesas y compromisos que moldea culturas, sociedades y gobiernos. En Estados Unidos, la frase «juro decir la verdad, nada más que la verdad y solamente la verdad» no es solo una formalidad legal; es un reflejo de un valor cultural profundamente arraigado: la importancia de la verdad como pilar de la confianza y la integridad. Este concepto contrasta notablemente con la relación que otras sociedades, como la mexicana, tienen con la verdad y la mentira, donde esta última a veces se acepta, se valida e incluso se asimila como una «verdad a medias».

En Estados Unidos, la palabra tiene un peso casi sagrado, especialmente en el ámbito político y legal. Cuando un político estadounidense hace una promesa, existe una expectativa social de que cumplirá su palabra. Esto no significa que todos los políticos sean honestos, pero sí que hay una presión cultural y mediática que los obliga a rendir cuentas. Por ejemplo, cuando Donald Trump anunció aranceles a productos extranjeros o habló de una posible intervención militar en México para combatir el crimen organizado, sus palabras fueron tomadas a la ligera… y eran declaraciones anticipadas de acciones concretas, independientemente de su controversia, la sociedad estadounidense espera que sus líderes actúen conforme a lo que dicen, y cuando no lo hacen, las consecuencias políticas y sociales suelen ser severas.

En contraste, en México, la relación con la verdad es más compleja. La mentira no siempre es vista como algo negativo; en ocasiones, se acepta como una herramienta de supervivencia, un mecanismo para navegar las complejidades de la vida cotidiana y política. Un ejemplo claro son las promesas de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), quien durante su campaña prometió acabar con la corrupción y transformar a México, especificamente el sistema de salud, «como Dinamarca«. Estas declaraciones, aunque inspiradoras para muchos, fueron recibidas con escepticismo por otros, quienes las interpretaron como una exageración retórica más que como un plan realista. En México, las promesas políticas a menudo se perciben como «verdades a medias» o incluso como ficciones necesarias para ganar apoyo popular. La sociedad mexicana, en muchos casos, ha aprendido a convivir con esta dinámica, validando y asimilando la mentira como parte de la vida diaria.

Este contraste entre ambas culturas no es simplemente una cuestión de honestidad individual, sino de estructuras sociales y valores colectivos. En Estados Unidos, la verdad está ligada a la idea de transparencia y responsabilidad, valores que se refuerzan a través de instituciones sólidas y una prensa libre. En México, la mentira a veces se justifica como una respuesta a la desconfianza en las instituciones y a la necesidad de adaptarse a un sistema donde las reglas no siempre se aplican de manera justa.

Sin embargo, esta diferencia no significa que una cultura sea superior a la otra. Más bien, refleja cómo cada sociedad ha evolucionado para enfrentar sus propios desafíos históricos y sociales. En Estados Unidos, la verdad es un ideal que se aspira a alcanzar, incluso cuando no siempre se logra. En México, la mentira es a veces un mecanismo de resistencia, una forma de navegar un sistema que no siempre ofrece soluciones claras o justas.

El poder de la palabra, entonces, no reside solo en lo que se dice, sino en cómo se interpreta y se actúa en función de ello. En Estados Unidos, la palabra es un compromiso; en México, a veces es un espejismo. Ambas aproximaciones tienen sus virtudes y sus defectos, pero lo que es innegable es que la palabra, ya sea verdadera o engañosa, tiene el poder de moldear realidades, construir expectativas y, en última instancia, definir el carácter de una nación.

Un ejemplo claro de esto son las declaraciones de Joe Biden en 2022, cuando afirmó categóricamente: «No habrá Nord Stream 2 si Rusia invade Ucrania». Esta declaración no fue una mera bravata; fue una promesa que se materializó cuando Estados Unidos y sus aliados impusieron sanciones y detuvieron el proyecto del gasoducto tras la invasión rusa, que fue explotó misteriosamente bajo el mar. La palabra de Biden no fue vacía, sino una declaración anticipada de acciones concretas.

De manera similar, las políticas de Donald Trump durante su presidencia reflejan este mismo peso de la palabra. Cuando Trump anunció aranceles del 25% sobre productos de México y Canadá, no fue una amenaza vacía. Aunque controversiales, estas tarifas se implementaran, afectando el comercio global y redefiniendo las relaciones económicas entre Estados Unidos y sus vecinos. Incluso sus declaraciones más polémicas, como la promesa de una posible intervención militar en México para combatir el crimen organizado, no han sido tomadas en serio.

La invasión de Mexico ha sido vislumbrada en numerosos tratados, más que un acto de seguridad nacional, una exigencia de la sociedad mexicana, cansada de los abusos de la delincuencia por ineficacia y presunta complicidad del gobierno; aunque no se prevee a corto plazo, se ha generado un intenso debate. En Estados Unidos, cuando un político dice que hará algo, existe una alta probabilidad de que lo haga, ya sea por convicción o por la presión de un sistema que exige coherencia entre el discurso y la acción, hay un plan estratégico con objetivos definidos a largo plazo; los politicos mexicanos creen que son fanfarronerias, como las propias, sin embargo son avisos claros.

En un mundo cada vez más interconectado, quizás haya algo que ambas culturas puedan aprender la una de la otra: los estadounidenses podrían beneficiarse de entender que la verdad no siempre es absoluta, y que a veces las «mentiras piadosas» pueden ser un acto de compasión. Por otro lado, los mexicanos podrían aspirar a construir un sistema donde la palabra tenga el mismo peso que en Estados Unidos, donde las promesas no sean solo sueños, sino planes concretos respaldados por acciones.

Si las acciones de los politicos mexicanos no fueran apegadas a la mentira, quiza la sociedad asimilaría mejor cuando un politico extranjero no los trata de engañar. Al final de cuentas, el poder de la palabra no está en su veracidad absoluta, sino en su capacidad para inspirar, transformar y, sobre todo, para reflejar los valores de quienes la pronuncian, la palabra sigue siendo un testamento de quiénes somos y en qué creemos.

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