El hombre es un animal que necesita un rectángulo donde vivir. Una habitación, una tienda, una jaula de medidas exactas. Fuera del rectángulo está el caos, la selva, el mar abierto. Dentro está la seguridad y la muerte lenta. He conocido a muchos hombres que han vivido en rectángulos. Los toreros en el redondel, que es un círculo pero viene a ser lo mismo. Los pescadores en sus botes, que son rectángulos de madera que flotan. Los escritores (como yo) en sus cuartos, frente a la computadora, que es un rectángulo pequeño y brillante. Todos sabemos que el rectángulo es una ilusión, pero la necesitamos. El dependiente, la película de 1969, habla sobre la ilusión del rectángulo, sobre la sal que le falta a la sopa de la existencia, y sobre el veneno que un hombre echa en esa sopa cuando descubre que el rectángulo es la tumba que ha estado cavando durante veinticinco años.

Desde el primer día, Fernández fue reservado, oscuro, diligente y cuidadoso de los centavos. Don Vila vio en él al niño que había sido y Fernández en don Vila al viejo que sería. Los límites de sus ambiciones y metas están marcados por el rectángulo del salón que hace de negocio.

La ferretería de don Vila no es una tienda. Es un universo en miniatura. Hay tornillos que son estrellas muertas, clavos que son recuerdos oxidados, tuberías que son venas vacías de una ciudad sin sangre. Fernández entra en ese universo a los diecisiete años, y veinticinco años después sigue allí, midiendo con la misma cinta métrica, pesando con la misma balanza, dando el mismo vuelto con las mismas manos encallecidas. Es un error pensar que el tiempo pasa. El tiempo no pasa; se acumula, como el polvo en los estantes. Fernández ha acumulado veinticinco años de polvo en los pulmones, y el polvo es una forma de muerte que se respira.

Don Vila es el viejo que Fernández será. No hay salto generacional, no hay ruptura. Hay una línea recta, un rectángulo que se hereda. Don Vila ve en Fernández al niño que fue: el huérfano, el pobre, el que aprendió a contar centavos antes que a contar sueños. Y Fernández ve en don Vila al viejo que será: el cascarón, el que repite las mismas frases cada día, el que cree que la vida se reduce a la puntualidad y a la limpieza de los estantes. Es un espejo de pared a pared, y en el espejo no hay salida. El rectángulo es una cámara de eco.

Han pasado ya veinticinco años de aguarrás, tornillos y dar el vuelto.

El aguarrás disuelve la pintura. Pero no disuelve la rutina. El aguarrás tiene olor a verdad: un olor químico, áspero, que limpia pero no cura. Fernández ha inhalado ese olor durante veinticinco años. Los tornillos son pequeños círculos de metal que se enroscan en algo más grande. Son metáforas: la vida se enrosca en sí misma, da vueltas y vueltas sin avanzar. Dar el vuelto es un acto sagrado: devolver la diferencia, ajustar la cuenta, cerrar la transacción. Pero la transacción de la vida nunca se cierra. Siempre falta un centavo. Siempre sobra una pregunta.

La vida monótona de la ferretería de Vila y la casona de los Plasini, la soledad abrumadora, el encierro que enloquece y desespera, la tranquilidad y la paz son una cárcel para el alma.

Fernández no vive solo en la ferretería. Vive en dos rectángulos: el de la tienda y el de la casona de los Plasini, donde tiene su cuarto. La casona es un edificio antiguo, con patios interiores que nunca ven el sol, con escaleras que crujen como huesos viejos, con sombras que se alargan hacia el mediodía. Allí viven otras almas encerradas: una muchacha que toca el piano con las ventanas cerradas, una anciana que repite los mismos rezos, un hombre que mira el techo como si esperara una respuesta. Todos encerrados, todos esperando. La casona es el rectángulo dentro del rectángulo, como las muñecas rusas que se abren y siempre hay otra más pequeña, hasta que al final solo queda el vacío.

La soledad no es la ausencia de personas. Es la ausencia de sentido. Fernández está rodeado de personas, pero ninguna lo ve. Él mismo no se ve. Se ve a sí mismo como un dependiente, como un engranaje, como una pieza de repuesto en una máquina que ya no funciona. La paz es la peor de las cárceles porque no hay barrotes que tocar, no hay puertas que forzar. La paz es la ausencia de tormenta, y el hombre necesita la tormenta para saber que está vivo.

La locura y la enfermedad se esconden en cuatro paredes, no salen del zaguán. Por fuera, la imagen del buen ciudadano, católico, recto, un pueblo conservador.

El zaguán es el umbral, la línea entre lo que se muestra y lo que se oculta. Por fuera, el pueblo es un mural de decencia: misas los domingos, saludos en la calle, ventanas con cortinas blancas. Por dentro, la locura se pudre como una fruta olvidada. Fernández es el ejemplo perfecto. Por fuera, el dependiente ejemplar, el que nunca llega tarde, el que nunca discute el precio. Por dentro, un volcán de deseos reprimidos, una espera de veinticinco años que se ha convertido en una herida supurante.

El pueblo conservador exige la máscara. La religión, la familia, el trabajo, el orden. Son los cuatro pilares del rectángulo. Y cualquier cosa que se salga del rectángulo es pecado, es enfermedad, es locura. Pero la locura no se elimina; se esconde. Y al esconderse, crece. Se alimenta del silencio.

Muy recónditamente desde niño, Fernández tenía la esperanza de que Vila muriera y, por una promesa hecha al pasar, lo dejara heredero de la ferretería.

Esta es la confesión más terrible. No es un deseo de riqueza, es un deseo de liberación. Fernández cree que la muerte de Vila lo liberará del rectángulo. Cree que la herencia es una llave. Pero la herencia no es una llave; es otra cerradura. Si Vila muere, Fernández será el dueño de la ferretería. Será el nuevo Vila. Se sentará en la misma silla, contará los mismos clavos, dará el mismo vuelto. La muerte de Vila no es una liberación; es una consagración. Es el ritual de paso de una generación a otra. La vida de Fernández está diseñada para que, cuando Vila muera, él ocupe su lugar. Es una coreografía sin sorpresas. La promesa hecha al pasar es un anzuelo, y Fernández ha estado tragando el anzuelo durante veinticinco años, creyendo que algún día sería el pescador.

El ritmo de estas vidas venía desequilibrándose.

El ritmo era la rutina, el latido monótono del día que se repite. Pero los ritmos se desequilibran. Como el corazón que empieza a latir demasiado rápido o demasiado lento. Algo se rompe en el mecanismo. Fernández empieza a mirar a Vila con otros ojos. No ve al patrón, ve al obstáculo. No ve al anciano, ve al guardián de la puerta. El desequilibrio es el primer síntoma de la enfermedad. Es la grieta en el rectángulo. La luz empieza a entrar, y la luz no es siempre bienvenida.

Don Vila decía que le falta un poquitín de sal. La sal, ese ingrediente que acentúa la vida, la sal, ese condimento que borra la simpleza y la tibieza del alimento, la sal que hace perfecto cualquier platillo, que por más bueno que sea no está en su punto. Sin embargo, demasiada sal arruina el sabor. Ni mucha sal ni poca, solamente la justa necesaria, para la comida, para la vida.

Aquí está el corazón filosófico de la película. La sal es el drama, la pasión, la diferencia que convierte la mera existencia en vida. Una sopa sin sal es la vida de Fernández: insípida, tibia, insoportable monotonía. La sal es el amor, la aventura, el riesgo. Es el momento en que se rompe el rectángulo y se asoma el cielo. Pero demasiada sal es la destrucción. Es el exceso que quema las papilas, que hace imposible el alimento. Es la locura que estalla, el veneno que se añade a la sopa, la destrucción final.

Con una ramita de perejil y ya está. ¿Qué ramita es esa que le falta siempre? Funciona como un símbolo de la rutina asfixiante, la mediocridad y la profunda contención en la que viven los personajes de ese pequeño pueblo. Una simple ramita y un poco de sal marcan el compás de sus monótonas vidas.

El perejil es lo que adorna, lo que da color, lo que sugiere que hay un cuidado en la preparación. Es el detalle que la vida de Fernández no tiene. Una ramita de perejil es todo aquello que da vida, que nos recuerda porqué estamos aquí, aunque sea una mentira. El perejil es esa cosa que hace que todo valga la pena. A la sopa de los personajes siempre le falta una ramita de perejil.

El compás de la vida se marca con estos pequeños ritmos: la sal y el perejil, elementos perecederos que acentúan el sabor de la vida. Sin ellos, la vida es vacía, un metrónomo que marca el tiempo pero no la música. Los personajes del pueblo descubrieron demasiado pronto el verdadero sentido de la vida, que es la nada, que lo abarca todo y explica nada. Son músicos sin partitura, bailarines sin música. Mueven los pies porque hay que moverlos, pero no hay ritmo que los guíe.

Se ve a sí mismo, Fernández ve a ese niño. Fernández, ¿hasta cuándo? Pregunta el niño que era. Ya estoy cansado, Fernández. Ando esperando aquí. Estoy cansado.

Esta escena del espejo es la revelación más poderosa. Fernández se enfrenta a su propio fantasma, al niño que fue, al que tenía sueños y no sabía que los sueños mueren al despertar. El niño pregunta: ¿hasta cuándo? Y el hombre no tiene respuesta. El niño dice: estoy cansado de esperar. Y el hombre sabe que el niño ha estado esperando veinticinco años. Ha estado esperando que la vida comience. Ha estado esperando que Vila muera, que el destino se cumpla, que la promesa se haga realidad. Y la vida no ha comenzado. Está a punto de terminar.

El niño que fue Fernández es la víctima. El adulto es el verdugo. Es un diálogo de una persona: la conversación entre el que soñó y el que se rindió. El que soñó mira al que se rindió y dice: ¿cómo pudiste? Y el que se rindió mira al que soñó y dice: no había otra manera. La reconciliación es imposible.

La muerte del viejo representa la muerte de sí mismo, la llegada del profundo deseo de la infancia, la meta de una vida, la cima de una montaña en donde no hay nada más que silencio y monotonía. Monotonía que se desperrama por los atardeceres del infierno en el pueblo sin deseo, donde nunca pasa nada.

Cuando Vila muere, Fernández se convierte en lo que siempre quiso ser. Pero la cima de la montaña no es la gloria; es la nada, el lugar donde siempre habían existido. En la cima, el viento silba y solo hay silencio. El deseo de la infancia era el impulso que movía la vida. Sin ese deseo, la vida se detiene. Fernández alcanza el objetivo, y el objetivo se revela como una prisión más grande. La nueva ferretería es la misma vieja ferretería. No hay diferencia. La monotonía se esparce con el sonar de la tambora. En el pueblo todo sigue igual, nunca pasa nada.

Con una ramita ya está. Le falta un poco de sal. La sopa es el conformismo, la indiferencia al pasar del tiempo. Fernández decide terminar con la monotonía agregando veneno para terminar de una vez y por siempre el infierno de la paz, el asqueroso y despreciable ruido del silencio, la pesadumbre y el desgaste que se encuentra en la calma.

La sopa es el símbolo de la vida conformista. Es el plato que se sirve todos los días, el mismo caldo, el mismo gusto neutro. La sopa no ofende, pero tampoco alimenta. Es la vida que se acepta sin preguntar. Fernández no quiere la sopa. Quiere el veneno. Quiere el final.

El veneno es la respuesta al silencio que grita. La paz de la ferretería es un infierno porque no hay tormento visible. El ruido del silencio es peor que el estruendo de una batalla. En la batalla, hay adrenalina, hay propósito. En el silencio, solo hay eco. Fernández agrega el veneno a la sopa para romper el silencio, para que algo, por fin, suceda. No importa que sea la muerte, hace posible la vida, es el principio y el final.

El Principio es el Final

La película no termina con una explosión. Termina con la misma rutina, pero con la grieta abierta. Fernández ha agragado el veneno a la sopa. No hay caos. No hay revolución. Hay el mismo rectángulo, la misma ferretería, los mismos estantes. El veneno es insípido. Es como la sal que se disuelve en la sopa. Los comensales no saben que la sopa está envenenada y Fernández, el que puso el veneno, se sienta a la mesa y toma su cucharada.

El final de El dependiente es el principio de una reflexión infinita. La vida sin sal es una sopa tibia. La vida con demasiada sal es un veneno. La vida justa, la vida perfecta, exacta que nos quiere imponer la religión y la sociedad es imposible, esa vida no existe. Es una ilusión, es un rectángulo. Es una promesa que no se cumple. Los hombres siempre viven en el desequilibrio: o en la monotonía o en el caos. La búsqueda de la sal justa es el Santo Grial de la existencia. Fernández no encontró la sal. Encontró el veneno. Pero su error no es moral, es ontológico. La vida hay que condimentarla.

El dependiente es una película que duele porque es verdad. Duele porque Fernández no es un monstruo; es un hombre como muchos. Duele porque el pueblo es nuestra sociedad, el rectángulo es nuestra habitación, la sopa es nuestra vida. Duele porque, en algún momento, todos hemos sido Fernández, esperando en una esquina, anegados en la monotonía, añorando la ramita de perejil.

No somos chefs, somos magos, por eso usamos buenos ingredientes, para tener un buen producto final; Sírvase caliente. La vida no es una receta de cocina y es que en la cocina como en la vida, las cosas se cocinan mejor a fuego lento. Al final sazone con una pizca de sal al gusto.

Con una ramita de perejil y ya está.

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