A mi familia no le importa que en medio siglo nadie los recuerde
A mi sí. A mi sí. Qué hago?. Quién me recordará?.
Cómo araño la pared?
Los datos respaldan que la Generación Z (nacidos entre 1997 y 2012) es la generación más abiertamente bisexual de la historia. Las encuestas demuestran que una inmensa mayoría de los jóvenes que pertenecen a la comunidad LGBTQ+ se identifican dentro del espectro bisexual; de hecho, la Generación Z es significativamente más bisexual que los millennials, que fueron criados por baby boomers y son un poco mas tradicionales, pues mientras que las tasas de homosexualidad se mantienen estables entre ambas generaciones, la bisexualidad se ha triplicado entre los jóvenes Z’s, liderada principalmente por las mujeres, que protagonistas de una sociedad feminista, en la que poseen más derechos sobre los hombres, ha hecho que la sociedad haya cancelado el concepto de masculinidad, por considerarse machista y por ende ilegal.
Debido a el auge de la libertad y las redes sociales, a diferencia de generaciones anteriores, la Generación Z se caracteriza por rechazar las etiquetas rígidas y el binarismo, explorando la fluidez y el deseo sin tantas presiones sociales, el fácil acceso a terapias hormonales de «reasignación de sexo», es parte de un plan macabro de las élites donde la imagen del hombre como tal es no solo retrograda, sino que hoy es ilegal y discriminatorio negar la existencia de solo dos sexos: el hombre y la mujer, lo femenino ha cancelado lo masculino, que tiene que acompañar a lo femenino, por la supuesta igualdad de genero, cancelando a la mujer que decide no ser lo que siempre ha sido.
Este es el fin del hombre y no es un título provocativo para llamar la atención, sino una pregunta perfectamente legítima sobre las diferencias en los roles familiares, en el pasado, al hablar del rol del hombre, se usaba comúnmente la frase protector y proveedor. Este par de palabras se ha vuelto tan manido y arraigado que cuando el hombre promedio las escucha, probablemente siente el mismo disgusto que cuando una mujer moderna escucha que debería tener hijos. Pero la cuestión del rol único de cada sexo en la familia es de vital importancia, y si no estamos preparados para celebrar la institución de la familia y no queremos vivir en parejas prácticamente del mismo sexo, donde hombres y mujeres no se diferencian entre sí prácticamente en nada más que en la apariencia.
Se dice que un hombre debe mantener a su familia, pero numerosos ejemplos demuestran que, en primer lugar, esto no está al alcance de todas las clases sociales, pues actualmente ambos se ven obligados a trabajar y, en segundo lugar, no es algo exclusivo; las mujeres ahora pueden ganar su propio dinero. Si hablamos de protección física y seguridad, la situación es aún más cuestionable: para que un marido proteja a su esposa de un ataque sorpresa en la calle, debe estar constantemente cerca. Y esos ataques se han reducido considerablemente al menos en las grandes ciudades, por lo que esto también pierde sentido. Las mujeres ahora están protegidas del peligro por las fuerzas del orden —en la práctica, hombres designados por el Estado— y no necesitan su propia protección. Para la maternidad, existen bancos de donantes, y para las tareas domésticas, hay personal contratado. Entonces, ¿cuál es el propósito de un hombre en la familia? ¿Qué puede hacer él que una mujer, trabajando en conjunto con el Estado, no pueda? ¿Es realmente solo una herramienta útil para entregas y reparaciones para una mujer moderna, o un elemento innecesario del interior, que, como un gato doméstico, puede ser querido y despedido según le apetezca?
El polémico trumpista Charlie Kirk señalaba que la violencia entre las comunidades afroamericanas se debe a la ausencia del padre y al que muchas mujeres negras tenían hijos de diferentes hombres, a pesar de ser este un argumento racista y tendencioso, lo cierto es que la ausencia del padre como pilar de la familia crea un trauma psicológico en los hijos que crecen si la figura paterna y es que el hombre tiene dos roles fundamentales y únicos en la familia: protector y proveedor. Pero hay un matiz crucial: no vivimos en la Edad de Piedra, por lo tanto, no debemos proteger de depredadores ni bandidos, ni proveer de comida ni dinero. ¿Qué es lo que las mujeres no pueden proveer por sí mismas o a sus hijos? ¿Y de qué son completamente incapaces de protegerse?
Comencemos con la protección. Desde una perspectiva evolutiva, los hombres son responsables de la búsqueda de la novedad y el cambio, mientras que las mujeres se encargan de preservar y transmitir todo lo bueno a las generaciones futuras. La mitad femenina de la humanidad es generalmente más homogénea en sus cualidades: no se observan genios ni personas con problemas mentales en cantidades significativas. Los diferentes roles biológicos requieren diferentes cualidades mentales: las mujeres tienen una probabilidad significativamente menor de sufrir crisis personales, convertirse en alcohólicas y suicidarse, pero también experimentan menos rupturas. Socialmente, el rol de la mujer es estabilizar la comunidad y asegurar su homeostasis interna.
Mientras que los hombres operaban en el ámbito externo (caza, lucha, interacciones peligrosas con los vecinos), el ámbito interno de las comunidades era predominantemente femenino, y su funcionamiento normal requería no valentía ni dureza, sino adaptabilidad, sintonía mutua y, precisamente, la ausencia de características personales claramente definidas. Este último aspecto permitió a las mujeres cumplir la principal función cultural: la transmisión de la cosmovisión social predominante a las generaciones futuras. En el contexto que nos interesa, esto significa que las mujeres suelen ser más conformistas, se inclinan hacia la opinión mayoritaria, se adaptan mal a la confrontación social e incluso en contextos sociales traumáticos prefieren adaptarse. Además, generalmente carecen de la agresividad hormonal necesaria para romper o reformatear una situación insatisfactoria, y escapar de ella no siempre es posible: las mujeres valoran su sociabilidad mucho más que los hombres.
Debido a estas mismas características, las mujeres también se centran más en la aprobación, en superar las pruebas a las que la sociedad, específicamente, la comunidad femenina, las somete a diario, quiero decir, las mujeres son inseguras por naturaleza y son entre ellas sus peores enemigas, a diferencia de los hombres que aceptan la jerarquía sin problemas, las mujeres no pueden someterse entre sí, sino es bajo la tutela de un hombre, decía Freud que era el trauma de «no tener pene». De ahí todos esos chistes sobre cómo cada hombre siempre ve a un hombre guapo en el espejo, mientras que una mujer siempre está insatisfecha consigo misma.
La pregunta es ¿porqué la sociedad moderna necesita un hombre? no se incurre en un mero ejercicio de provocación, sino en la disección de una herida abierta en el tejido doméstico occidentalizado. La pregunta, lejos de ser retórica, interpela a quienes aún creen posible la familia sin una distinción ontológica entre los sexos, pues la evidencia social muestra un desmoronamiento acelerado del pacto conyugal allí donde la figura paterna y marital se diluye en un mero acompañante estético. De esta manera, la necesidad del hombre en la familia resurge no como un anacronismo patriarcal, sino como una exigencia estructural para la salud psíquica de la mujer y, por extensión, de los hijos.
El equívoco contemporáneo ha sido reducir el rol masculino a funciones perfectamente externalizables, la mujer de hoy puede proveer ingresos, contratar un seguro contra robos, acudir a un banco de semen para la reproducción o llamar a un fontanero para las averías domésticas. Bajo esta óptica utilitarista, el cónyuge se convierte en un adorno intercambiable, un “gato doméstico” que se acaricia por conveniencia o se expulsa por hastío. Sin embargo, este reduccionismo ignora que la verdadera necesidad del hombre en la familia no es funcional, sino existencial.
Se trata de un rol de interfaz, de un filtro protector contra la voracidad normativa del gran otro social, el hombre debe situarse entre la mujer y la sociedad, resguardando a la primera de la segunda. Porque la mujer, por su constitución evolutiva y su orientación hacia la estabilidad homeostática del grupo, carece de la agresión necesaria para oponerse al juicio colectivo. Ella está programada para la conformidad, para aprobar el examen cotidiano que le impone el coro femenino y el mercado, para ser siempre una “buena chica” según los estándares mutantes de la época.
De esto se desvela una paradoja insoportable para la sensibilidad liberal: cuanto más exitosa y autorrealizada es una mujer según los cánones urbanos, más vacía y desposeída de sí misma termina. En 30 años quienes no se hayan suicidado ya, vivirán entre muchos traumados: hijos sin padre, padres de gati-perrhijos, multi divorciados, corazones solitarios, transexuales arrepentidos con problemas mentales, gays enfermos pidiendo clemencia, feministas amargadas y lesbianas estériles adictas a las drogas, la historia feliz de amor eterno e igualdad por siempre, quizá no sea utópica para muchos, pero la absurda carrera por el éxito económico, la aprobación social, el consumo aspiracional o la felicidad infinita no son más que máscaras que ocultan la ausencia de un límite dentro de un pacto social que lo pide todo.
Sin ese límite encarnado por un hombre al mando, la mujer se fusiona con el arquetipo que interpreta y pierde su ser. El resultado es la familia como Potemkin: una fachada de fotos en Instagram habitada por un hombre sometido y una mujer que ya no sabe ser esposa, sino gerente de un proyecto doméstico. La necesidad del hombre en la familia deviene entonces condición de posibilidad para la feminidad misma, pues solo a salvo de la exigencia social puede la mujer recuperar la suavidad creadora que define su naturaleza.
El hombre es un “dador de sentido”, pues es aquel que debe procurar no dinero, sino una cosmovisión alternativa que rivalice con el relato liberal-individualista hegemónico, el niño que carece de la figura paterna es un individuo sin padre interior, y por tanto es incapaz de erigirse en ese lugar de resistencia. La necesidad del hombre en la familia aparece aquí en su dimensión cognitiva: se requiere un hombre que haya construido su propia fortaleza ideológica, que le permita ofrecer a su mujer una soberanía valorativa. Sin esa oferta, ella seguirá presa del pánico a no ser suficientemente viajera, esbelta o realizada; y el hogar se convertirá en un campo de entrenamiento para el autoengaño.
El diagnóstico es severo: los hombres contemporáneos, en su mayoría, no están a la altura de esta responsabilidad. No porque sean malvados, sino porque también han sido educados en la misma matriz matriarcal moderna y liberal que los vuelve pusilánimes emocionales o meros proveedores limitrofes resignados. La necesidad del hombre en la familia implica, por tanto, una metamorfosis previa del propio varón: debe dejar de ser un niño eterno que huye para esconderse de la exigencia femenina, y convertirse en un arquitecto de límites. Debe aprender a sostener la mirada frente al Leviatán social y decir: mujer, bajo este techo, no compete según tus reglas. Solo así la esposa podrá dejar de ser una concursante en el certamen permanente de la vida pública y transformarse en genuina guardiana del hogar. Porque no hay hogar sin muros, y los muros no son represión, sino libertad para lo propio.
La familia sin hombre es una cabaña al aire libre, una choza a cielo abierto que el primer temporal derribará. En cambio, la fortaleza edificada por un hombre consciente de su misión protectora y semántica permite a la mujer dosificar su participación en el circo social, sin ser devorada por él. Esta es la respuesta a la pregunta inicial: la necesidad del hombre en la sociedad no radica en que él sea más fuerte o gane más dinero, sino en que él puede ocupar el lugar vacío del tercero excluido que todo sistema dual requiere para no colapsar. Sin ese tercero que representa la ley, el límite y la alteridad radical, la sociedad feminista actual deviene un abrazo asfixiante que termina en divorcio, neurosis o, peor aún, en la glorificación de la soledad como ideal. La familia, no es un proyecto de consumo emocional; es un pilar existencial. Y para construir pilares se necesitan manos con callo de otra época, manos que aún sepan que defender no es agredir, sino cercar un territorio habitable.
En el Siglo XXI a diferencia de sus antecesores, se vislumbra una sociedad diferente, con otro tipo de familias y es que cada vez es más difícil, sino imposible edificar remembranzas de antaño, las de siempre, pues los hombres hemos sido relegados ya a un papel secundario, en una sociedad feminista canceladora que sigue un discurso de la élite globalista de despoblación y control: la supuesta igualdad entre los sexos y la utópica libertad de creer poder ser quien uno desea, al tiempo.






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