Yo no vine aquí para cultivar la tierra como un labriego, sino para buscar Oro

España fue el primer imperio de la era moderna, en tan solo 30 años, un puñado de hombres conquistaron un nuevo mundo con valentía, ambición, armas y fe, uno de ellos fue Hernán Cortés, que derrotó junto a sus huestes indígenas el último imperio nahua que gobernó con filo de obsidiana el norte de América, a pesar de la persistencia posterior del reino de Tlascala, que fue súbdito de Castilla y antes del nacimiento de España, Cortés fundó y a él se debe el nombre de Nueva España.

La figura de Hernán Cortés está plagada de claroscuros, pero fue un personaje hecho a calca de los valientes caballeros descritos en los libros de caballería, los best sellers del Siglo XVI, que desde el Siglo XIII, marcaron varias generaciones de hispanos con su sapiencia, su legado se inmortalizó en la sátira cervantina que los rescato del olvido, el entronque de estos libros con la tradición artúrica, los convertía en una literatura importada, alejada de las características primordiales de la literatura española: la austeridad moral, el realismo, la parquedad de lo maravilloso, características que no presentan estos libros.

El Amadis de Gaula es el libro predilecto de Don Quijote, y fue el primer libro de caballería que se imprimió en España, su primera redacción fue a principios del Siglo XIII o XIV; la biografía de Amadis se ubica en el arquetipo heróico y aunque Cortés nunca cita a los libros de caballería, seguramente los leyó, pues sus acciones eran vistas por el joven monarca Carlos V como «nobles y caballerescas».

En los libros de caballería, la iniciación caballeresca se da con la investidura, que es cuando el futuro héroe se convierte en caballero con pleno derecho para salir a los caminos en busca de aventuras, es el paso de la adolescencia al mundo de los adultos y representa una muerte simbólica, esta ceremonia de origen militar adquirió origen religioso, con un alineamiento del cuerpo y la vela de armas, donde las cualidades del padrino son transferidas al neófito.

Se describe que el principal motor de las acciones caballerescas es la honra, la defensa de la fe y la religión, la defensa del rey y los territorios amenazados, el auxilio de los desvalidos y la erradicación de las malas costumbres, acciones que acreditaran al caballero, como digno de la orden recibida, y es que Hernán Cortés fue nombrado Marqués del Valle de Oaxaca, reconocimiento otorgado por sus servicios a la Corona y especialmente en el descubrimiento y población de la Nueva España; analizando todas las acciones del conquistador en el nuevo mundo; Cortés fue por sus hazañas, un caballero extraído de los libros de caballería.

A pesar de ser una constante en la literatura caballeresca, Hernán Cortés no hace alusiones a magos o encantamientos en el sentido tácito de la fantasía literaria, pero sí relata en sus cartas, cómo utilizó sus instrumentos de navegación para proyectar una imagen de omnisciencia ante los indios y cómo estos atribuían cualidades sobrenaturales a ciertos objetos españoles.

Durante su expedición a las Hibueras (Honduras), Cortés utilizó una aguja de marear (brújula) y una carta de marear (mapa) para orientarse en regiones selváticas donde sus guías se perdían. Los señores de la provincia de Acalán creían que Cortés descubría las cosas, como la traición de Cuauhtémoc, a través de «alguna arte» o mediante el uso de estos instrumentos. Cortés relata que los indígenas le rogaban que mirase el «espejo»  para que viese en ellos que sus intenciones eran buenas. Él mismo fomentaba este engaño, haciéndoles creer que a través de la aguja y la carta se le «descubrían todas las cosas».

Cortés no valida la existencia de magia, sino que interpreta las prácticas religiosas y las creencias de los naturales como «engaños y mentiras del demonio». Describe cómo los indígenas creían que sus ídolos les daban los bienes temporales y cómo temían que, si Cortés los destruía, los dioses se enojarían y les quitarían los frutos de la tierra. Menciona una diosa en la provincia de Acalán a la que sacrificaban únicamente doncellas vírgenes, creyendo que si no eran tales, la deidad se irritaría.

En los inventarios de los tesoros enviados al emperador Carlos V, se describen diversos objetos labrados con figuras de monstruos y seres fantásticos, que para los españoles tenían una apariencia extraña y maravillosa. Menciona una rueda de oro grande con una «figura de monstruo». Describe un cetro de pedrería hecho a manera de culebra con ojos que parecían de nácar. Señala que la cantería de los templos indígenas estaba decorada con «imaginería y cosas de monstruos».

La historiografía sobre la conquista de México encuentra uno de sus pilares metodológicos más valiosos en la compilación documental histórica de las Cartas de Relación. Estas epístolas, rescatadas en ediciones críticas emblemáticas como la de 1866 preparada por Pascual de Gayangos, actúan como un puente bibliográfico indispensable entre los archivos de Viena y España para la reconstrucción del mundo hispánico. Más allá de su innegable valor como actas administrativas y de justificación política dirigidas al emperador Carlos V, en estos documentos se proyecta la compleja personalidad de Hernán Cortés, un hombre en el que coexistían la ambición desmedida, el fervor religioso, la astucia política y una profunda fascinación por el universo indígena que se propuso someter.

De Extremadura al Nuevo Mundo

Para comprender las dimensiones del proyecto cortesiano es imperativo rastrear su origen y juventud. Nacido en Medellín, Extremadura, en 1485, en el seno de una familia hidalga pero humilde encabezada por Martín Cortés de Monroy y Catalina Pizarro Altamirano, el joven Cortés manifestó prontamente un temperamento «bullicioso, altivo y amigo de armas«. Esta inclinación natural lo alejó de los planes de sus progenitores, quienes pretendían encauzarlo en el ámbito de las leyes mediante estudios en la Universidad de Salamanca, los cuales abandonó a los dos años debido a su escasa afición por la vida académica.

Frente a la encrucijada de unirse a las campañas militares de Nápoles o embarcarse hacia las Indias con la flota de Nicolás de Ovando, el joven de 19 años eligió el Nuevo Mundo, seducido por un escenario que prometía «más novedad y mayores peligros«. Su partida, no obstante, se vio demorada un año por un incidente provocado por sus «galanteos» nocturnos: al intentar escalar una tapia mal asentada para visitar a una mujer, la estructura colapsó, dejándolo malherido y a merced de un esposo celoso. Tras un período de convalecencia y carencias en Valencia, Cortés arribó finalmente a La Española en 1504.

Es en este nuevo entorno donde su ambición fundacional se manifiesta con nitidez. Al recibir la sugerencia de asentarse como agricultor por parte del secretario del gobernador, Cortés pronunció la máxima que guiaría su devenir histórico: «Yo no vine aquí para cultivar la tierra como un labriego, sino para buscar oro

Esta férrea determinación y su resistencia física se pulieron aún más durante sus posteriores tensiones con Diego Velázquez en Cuba. Encarcelado bajo sospecha de conspiración, Cortés demostró una resolución impávida al quebrar sus esposas y descolgarse de una ventana para refugiarse en un templo. Tras una segunda captura a bordo de un barco, logró evadirse nuevamente extrayendo sus pies de los grillos con agudo dolor, para luego ganar la costa nadando contra una fuerte corriente. Estos incidentes forjaron al estratega audaz que, poco tiempo después, desobedecería las órdenes de Velázquez para emprender la conquista de un imperio, invirtiendo en ello toda su fortuna personal hasta el punto de quedar profundamente endeudado en su senectud.

Virtud o Circunstancias

El triunfo de la expedición cortesiana plantea un debate histórico continuo sobre si este se debió a las capacidades individuales del conquistador (su virtud, en el sentido maquiavélico) o a una serie de coyunturas favorables (las circunstancias). Las fuentes demuestran que el éxito radicó precisamente en la habilidad de Cortés para leer y capitalizar el escenario geopolítico que encontró.

Por un lado, la «virtud» de Cortés se evidenció en su agudeza política para identificar y explotar la «discordia y desconformidad» que fracturaba al Imperio Mexica, tejiendo alianzas cruciales con los tlaxcaltecas y otros pueblos subyugados para compensar la extrema inferioridad numérica de sus tropas. Asimismo, su astucia lo llevó a instrumentalizar elementos tecnológicos, como la brújula y los mapas cartográficos, para proyectar ante los nativos una imagen de omnisciencia y control mágico. Su valor militar y su «admirable perseverancia en los desastres» —patentes tras la derrota de la «Noche Triste»— impidieron el desmoronamiento moral de su ejército.

Por otro lado, las circunstancias externas resultaron determinantes. El resentimiento generalizado de las provincias tributarias contra el régimen central mexica ofreció a Cortés una fuerza de choque indígena indispensable. A esto se sumó la superioridad táctica inicial brindada por la artillería, los caballos y la posterior construcción de bergantines para el asedio lacustre. No obstante, el factor circunstancial más devastador fue biológico: la epidemia de viruela que mermó demográficamente a la resistencia indígena y cobró la vida de líderes clave como Magiscatzin y el tlatoani Cuitláhuac. Asimismo, la distancia respecto a la metrópoli española, enfrascada en la ausencia de Carlos V y la Guerra de las Comunidades de Castilla, le otorgó a Cortés una valiosa autonomía temporal antes de la intervención de los jueces de residencia y la Real Audiencia de México.

La Religión y la Fortuna

La fe católica no constituyó un mero aditivo ideológico, sino el pilar central y motor de legitimación en la toma de decisiones de Cortés. El conquistador justificó la soberanía de la empresa y la fundación de asentamientos como la Villa Rica de la Vera Cruz bajo la premisa de que actuaba en el «servicio de Dios«, interpretando la Conquista como una obra providencial para guiar a «gentes bárbaras» hacia la fe cristiana. Al final de sus días, resumiría su trayectoria como el acto de conducir «ovejas al corral de Dios».

En el campo de batalla, la religión operaba como un bálsamo de motivación militar y moral. Cortés arengaba a sus soldados recordándoles su deber de combatir a los «enemigos de nuestra fe», prometiéndoles gloria eterna y asegurando que marchaban bajo la «bandera de la cruz». Esta convicción se traducía de inmediato en una política radical de sustitución de cultos, caracterizada por la destrucción de ídolos de masa y sangre humana en Cozumel, Tabasco y el Templo Mayor, la purificación de los recintos de sacrificios y la imposición de imágenes de la Virgen María.

Esta cosmovisión religiosa moldeó profundamente su concepto de la fortuna. Aunque Cortés acuñó el principio pragmático de que «siempre a los osados ayuda la fortuna» para justificar sus avances temerarios, simultáneamente subordinaba sus victorias a la «real ventura»del emperador Carlos V y a la asistencia divina. Ante los reveses de su vejez, las traiciones políticas y las pérdidas materiales, Cortés abandonó progresivamente la noción de la fortuna humana para adoptar un providencialismo absoluto. Sostuvo que Dios suele valerse del «más flaco e inútil medio» —en alusión a su propia persona— para que la gloria de las grandes gestas pertenezca exclusivamente a la Providencia.

Esta misma visión providencialista guió sus propuestas de organización eclesiástica para la Nueva España. En sus cartas, Cortés solicitó encarecidamente al monarca el envío de frailes de las órdenes mendicantes (Franciscanos y Dominicos) caracterizados por su «buena vida y ejemplo«, en lugar de obispos o altos dignatarios. Cortés temía que la pompa, la ostentación y las corruptelas de la jerarquía secular de la época provocaran la burla de los nativos y descarrilaran el proceso evangelizador. Con el mismo celo, ordenó el aislamiento de las poblaciones indígenas respecto a los colonos españoles de «baja manera» para evitar el contagio de vicios morales.

La Mirada hacia el Otro

La descripción que Hernán Cortés plasmó sobre el territorio mexicano y sus habitantes revela un profundo asombro ante el refinamiento urbano, entrelazado con el espanto ante sus prácticas rituales. Impresionado por la similitud climática y geográfica con la Península Ibérica, bautizó la región como la «Nueva España del mar Océano«.

Cortés reconoció explícitamente que los mexicanos vivían de manera «más política y razonable» que otros pueblos americanos, equiparando su orden social al español. En sus crónicas detalló con precisión la monumentalidad de Tlaxcala —a la que consideró mayor y más abastecida que Granada— y la majestuosidad lacustre de Tenochtitlan, comparable a Sevilla y Córdoba. Su mirada analítica captó la vibrante actividad del mercado de Tlatelolco, un espacio donde diariamente coexistían decenas de miles de personas en un complejo sistema de intercambio regulado por magistrados, destacando la presencia de barberías y establecimientos similares a las boticas europeas. Asimismo, elogió el ingenio de los naturales para las artes mecánicas y su destreza militar en el combate.

Esta fascinación por el orden mesoamericano alcanzó su cénit en su encuentro y valoración del tlatoani Moctezuma. Cortés describió con minuciosidad el severo ceremonial que envolvía al monarca: los centenares de nobles que le asistían descalzos, la prohibición de mirarle directamente al rostro y la sofisticación de sus banquetes servidos sobre braceros. Este nivel de reverencia le pareció superior al de cualquier «soldán o señor infiel» conocido.

Un hito crucial en esta interacción fue la desmitificación de la condición divina de Moctezuma. El propio soberano, en un acto de pragmatismo comunicativo, se levantó los ropajes ante Cortés para evidenciar que era un hombre «de carne y hueso», mortal y palpable, desmintiendo las creencias de que poseía una naturaleza sobrenatural. Cortés interpretó el discurso de recepción de Moctezuma como una subordinación voluntaria al «señor natural» europeo (Carlos V). A los ojos del conquistador, Moctezuma era un monarca de inmensa dignidad y autoridad política; consecuentemente, su captura y el sometimiento de su estructura administrativa no solo eran imperativos para la supervivencia de sus tropas, sino que representaban la entrega del vasallo más valioso para la Corona española.

Un Mensaje a la Posteridad

Las cartas y memoriales de Hernán Cortés constituyen una cuidada y proactiva defensa de su honor y sus servicios ante el tribunal de la historia. A través de su propia pluma, el conquistador legó a las generaciones posteriores una serie de principios fundamentales:

  • La conciencia de haber ensanchado el orbe conocido:Se asumió como el artífice de la expansión territorial más grande del imperio español, motivado por el afán constante de descubrir los «secretos» de las tierras y mares australes.
  • La concepción de la «Nueva España» como un proyecto de permanencia:A diferencia de las empresas de saqueo que caracterizaron las Antillas, Cortés promulgó ordenanzas para que los colonos «se arraigasen en la tierra«. Su visión contemplaba la preservación y multiplicación de la población indígena, consciente de que sin su mano de obra y ordenamiento el territorio carecería de valor real.
  • La trascendencia de la conquista espiritual:Dejó constancia de su anhelo de erigir una nueva iglesia que sirviera de modelo global, calificando la evangelización americana como la obra más alta desde los tiempos de los Apóstoles.

Hacia el ocaso de su existencia, marginado por las rivalidades coloniales y bajo el escrutinio de los oficiales reales, el mensaje de Cortés se tornó en una amarga pero altiva vindicación. Al evocar una vida de privaciones, «no dormir, mal comer» y el agotamiento de su hacienda, Cortés dejó en claro que su fin último trascendía la mera riqueza material: su objetivo supremo era asegurar su nombre como un servidor leal del rey y restaurar su honra ante la posteridad. Su testimonio final advierte que la verdadera grandeza de un imperio se mide por la calidad de las alianzas que forja, la permanencia de la fe que siembra y la fidelidad de los vasallos que conquistan en su nombre.

El Hernán Cortés que emerge de sus cartas es un hombre de proporciones épicas y también de profundas contradicciones, cómo realmente existió alguien tan virtuoso, un héroe descrito en los libros de caballería, cómo pudo un solo hombre liderar la caída de un poderoso y temido imperio; la fortuna le perdonó la vida en multiples ocasiones. Cortés fue un estratega brillante y un creyente ferviente, un negociador astuto y un ejecutor implacable, supo leer las circunstancias con una clarividencia que raya en la genialidad pitonisa, ejemplo es su valentía y ambición desmedida, para enfrentar la adversidad y vencer al fin, conquistar un nuevo mundo, conquistando a sí mismo.

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