el primer acto de juicio, es establecer… qué clase de guerra se está emprendiendo

Cuando el 28 de febrero de 2026 Estados Unidos e Israel lanzaron su ofensiva militar contra Irán, la atención mundial se centró en los bombardeos, las defensas aéreas y el intercambio de misiles. Sin embargo, muy pronto quedó claro que el verdadero campo de batalla no sería el cielo de Teherán ni las aguas del Golfo Pérsico, sino los mercados financieros globales. La decisión iraní de cerrar el Estrecho de Ormuz —por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial y una quinta parte del gas natural licuado— desencadenó la mayor disrupción energética que el mundo ha visto en décadas.

Lejos de ser una represalia desesperada, el bloqueo del estrecho constituye una estrategia deliberada y calculada cuyo objetivo último trasciende la esfera militar. Irán no busca simplemente infligir daño a la economía estadounidense: busca explotar las vulnerabilidades estructurales de un sistema financiero construido sobre montañas de deuda, una moneda que ya muestra signos de erosión y una Reserva Federal atrapada en una trampa de la que no puede escapar sin provocar una recesión o desatar una espiral inflacionaria.

¿Cuál es la conexión entre la prima de riesgo del petróleo en el Estrecho de Ormuz y porqué Irán tiene influencia sobre las tasas de interés de Estados Unidos?

Si la Reserva Federal sube las tasas de interés cada vez que los precios del petróleo se disparan para combatir la inflación, como dice la regla de Taylor, entonces quien controla los precios del petróleo controla a la Reserva Federal. Porque los precios más altos del petróleo significan precios más altos para ‘todo’, y la forma más barata para Irán de manipular los precios del petróleo es dificultar su transporte.

Irán y sus aliados ya obligaron a la Reserva Federal a subir las tasas de interés utilizando eventos en Oriente Medio para provocar un aumento de los precios de la energía, si Irán provoca un nuevo shock energético antes de la reunión del 28 de octubre en la que la Reserva Federal fijará las tasas de interés, está apuntando deliberadamente a la política de tasas de interés.

Esto se debe a que los precios más altos del petróleo implican precios más altos del diésel (el 75% del transporte estadounidense), lo que a su vez implica mayores costos de alimentos, transporte y viajes, lo que genera más inflación, nuevas subidas de tasas, hipotecas y préstamos más caros, y, finalmente, mayores costos de endeudamiento para el gobierno, cuya deuda de 40 billones de dólares ya cuesta más mantener que el gasto militar.

La inflación impulsa a la Reserva Federal a subir las tasas, y las tasas más altas hacen que la deuda del gobierno sea más cara, por lo que el gobierno tiene que pedir prestado aún más. Los prestamistas nerviosos exigen tasas aún más altas para seguir prestando… En algún momento, la Reserva Federal tiene que decidir cómo terminará esta espiral: subiendo las tasas hasta que el mercado inmobiliario, la bolsa o el mercado de bonos se derrumben, o financiando la deuda directamente imprimiendo dinero, lo que colapsaría el dólar y aceleraría aún más los shocks de precios.»

Esta cita, que resume con precisión quirúrgica la trampa en la que se encuentra la economía estadounidense, constituye el eje central del presente análisis. Irán lo ha entendido perfectamente, y su estrategia no es otra que acelerar el reloj de esa cuenta atrás.

El cisne negro del petrodólar

Para comprender por qué el bloqueo de Ormuz es mucho más que una crisis energética, es imprescindible remontarse al acuerdo que, durante medio siglo, sostuvo la hegemonía financiera de Estados Unidos. En 1974, tras el colapso del sistema de Bretton Woods y la decisión de Nixon de desvincular el dólar del oro, la administración estadounidense negoció con Arabia Saudita un pacto que se convertiría en la piedra angular del orden monetario global: los saudíes se comprometían a vender su petróleo exclusivamente en dólares, y a reinvertir sus excedentes en bonos del Tesoro estadounidense. A cambio, Washington garantizaba la seguridad militar del reino.

Este arreglo —conocido como el sistema del petrodólar— creó una demanda estructural y permanente de dólares en todo el mundo. Cualquier país que quisiera comprar petróleo necesitaba adquirir dólares primero, lo que a su vez sostenía el valor de la moneda estadounidense y permitía a Washington financiar déficits comerciales y fiscales sin precedentes. El dólar se convirtió así no solo en la moneda de reserva global, sino en el instrumento a través del cual Estados Unidos proyectaba poder económico sobre el resto del mundo.

Sin embargo, ese sistema se ha estado erosionando durante años. En 2024, Arabia Saudita no renovó formalmente su compromiso de fijar el precio del petróleo exclusivamente en dólares, un hecho que pasó relativamente desapercibido en su momento pero que ha adquirido una relevancia extraordinaria a la luz del conflicto actual. La participación del dólar en las reservas globales ha caído del 72% en 2000 a aproximadamente el 56,3% en 2025, su nivel más bajo en casi tres décadas. Los países BRICS, liderados por China y Rusia, han intensificado sus esfuerzos por establecer mecanismos de comercio en monedas locales, y la guerra en Irán ha acelerado esas iniciativas de manera dramática.

La paradoja es que, a corto plazo, la crisis del petróleo ha fortalecido al dólar —al menos en apariencia—. El índice del dólar ha subido más del 2% en marzo de 2026, y la correlación entre el precio del crudo y la divisa estadounidense ha alcanzado máximos históricos. Pero esta aparente fortaleza es engañosa: se debe principalmente a que el petróleo se cotiza en dólares, lo que genera una demanda mecánica de la divisa cuando los precios se disparan. Lo que ha cambiado de manera crucial es que, a diferencia de crisis anteriores, el capital ya no fluye simultáneamente hacia el dólar y hacia los bonos del Tesoro. En esta ocasión, los inversores compran dólares pero venden bonos, un patrón que revela una profunda desconfianza en la solvencia a largo plazo del gobierno estadounidense.

La trampa de la deuda: el polvorín que Irán quiere encender

Si el petrodólar es el pilar del sistema, la deuda federal estadounidense es su talón de Aquiles. A marzo de 2026, la deuda nacional supera los 39 billones de dólares, más del 126% del PIB. Los pagos de intereses anuales se han disparado hasta alcanzar aproximadamente 1,23 billones de dólares, lo que representa alrededor del 25% de todos los ingresos fiscales federales —más que el presupuesto de defensa—.

La Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO) proyecta que el déficit federal alcanzará los 1,9 billones de dólares en el año fiscal 2026, y que la deuda pública escalará hasta el 120% del PIB para 2036. El componente más preocupante de esta proyección es el crecimiento exponencial de los costos netos de intereses, que pasarán de representar el 3,2% del PIB en 2025 (970.000 millones de dólares) a un asombroso 4,6% del PIB (2,1 billones de dólares) en 2036.

El problema fundamental es que Estados Unidos ya no puede permitirse el lujo de que las tasas de interés suban. Cada punto porcentual de aumento en el rendimiento de los bonos del Tesoro añade cientos de miles de millones de dólares a la carga anual del servicio de la deuda. Y sin embargo, la inflación —avivada por el shock petrolero— está forzando precisamente eso.

La Reserva Federal en la encrucijada

La Reserva Federal se encuentra atrapada en una situación sin precedentes. La tasa de fondos federales se mantiene en un rango objetivo del 3,5% al 3,75% desde principios de 2026. El presidente Trump ha presionado públicamente para que la Fed recorte las tasas hasta alrededor del 1%, una demanda que refleja tanto su deseo de estimular la economía antes de las elecciones de mitad de mandato de noviembre como su preocupación por el costo del servicio de la deuda.

Pero la inflación no cede. El índice de precios al consumidor (IPC) de abril de 2026 subió un 3,8% interanual, su nivel más alto desde mediados de 2023, impulsado principalmente por los costos de la energía, que aumentaron un 3,8% en un solo mes. El índice de precios al productor (IPP) se disparó un 6% interanual, una señal ominosa de que las presiones inflacionarias están lejos de contenerse.

La combinación de inflación persistente y déficits crecientes ha creado lo que los analistas denominan «dominancia fiscal»: una situación en la que la política monetaria queda subordinada a las necesidades de financiamiento del gobierno. En este escenario, la Reserva Federal se ve presionada a mantener tasas bajas para evitar que el costo de la deuda se vuelva insostenible, pero hacerlo aviva aún más la inflación y debilita el dólar.

El mercado de bonos ya ha comenzado a emitir señales de alarma. El rendimiento del bono del Tesoro a 30 años ha superado el 5%, el de 10 años ha rebasado el 4,5%, y el de 2 años ha superado el 4%. Como señaló Vincent Ahn, gestor de carteras de Wisdom Fixed Income, «el mercado de bonos ha empujado toda la curva de rendimientos por encima del rango de política monetaria, privando efectivamente al nuevo presidente de la Fed de la opción de recortar tasas a corto plazo».

Una operación quirúrgica

El cierre del Estrecho de Ormuz no fue un acto impulsivo. Irán lo preparó durante años, desarrollando capacidades asimétricas que le permiten controlar el estrecho sin necesidad de desplegar una armada convencional. La clave está en la combinación de drones, misiles costeros antibuque, lanchas rápidas de ataque y minas navales. Como explicó Samantha Gross, directora de la Iniciativa de Seguridad Energética y Clima de Brookings: «No necesitas una armada gigante. Trump no miente cuando dice que está en el fondo del mar. Pero unos pocos drones, algunos misiles, algunas lanchas rápidas de ataque, muchas amenazas y ocasionalmente cumplirlas significa que los barcos no pueden asegurarse, y por eso no atraviesan el estrecho».

Irán ha demostrado que puede cerrar el estrecho de manera selectiva —bloqueando el paso de todos excepto sus propios petroleros— lo que le ha permitido mantener sus exportaciones de crudo mientras estrangula el suministro global. Datos de la firma de seguimiento de petroleros Kpler indican que, hasta finales de marzo, Irán exportaba un promedio de 1,85 millones de barriles diarios, unos 100.000 más que en los tres meses anteriores. Con el Brent cotizando por encima de los 100 dólares por barril durante la mayor parte de marzo, los ingresos diarios por exportaciones de petróleo iraní superaban los 180 millones de dólares.

Esta realidad desmiente la narrativa de que Irán se está disparando en el pie al cerrar el estrecho. Por el contrario, Teherán está utilizando el bloqueo como un mecanismo de financiamiento de guerra: los precios más altos del crudo compensan con creces la reducción en el volumen de exportaciones, mientras que el daño económico se concentra en los países consumidores, especialmente en Estados Unidos y sus aliados europeos.

La «economía de resistencia»: la preparación para el asedio

Irán no improvisó esta estrategia. Durante décadas, la República Islámica ha desarrollado lo que denomina una «economía de resistencia» (eqtesad-e moqavemati), un modelo económico diseñado explícitamente para sobrevivir a sanciones y bloqueos prolongados. Según informes de medios británicos, Irán ha construido una economía con capacidad de resistencia significativa: produce internamente medicamentos, autopartes y electrodomésticos; aproximadamente el 80% de sus alimentos son de producción nacional; y sus cientos de plantas de energía están dispersas por todo el país para minimizar la vulnerabilidad a ataques aéreos.

Irán también ha establecido redes de trueque con China que le permiten eludir las sanciones estadounidenses. Según Reuters, Teherán ha utilizado un mecanismo de intercambio por el cual el petróleo iraní se convierte en créditos para importaciones chinas, incluyendo equipamiento militar, sin recurrir a los canales bancarios internacionales convencionales. Este sistema ha canalizado entre 2.000 y 2.500 millones de dólares a través de un mecanismo comercial con sede en China en el último año.

Un exfuncionario económico iraní afirmó que, incluso si la guerra se prolongara durante un año, la economía iraní podría resistir. Esfandiar Batmanghelidj, presidente del think tank británico Exchange and Markets Foundation, señaló que «esta guerra sin duda tendrá un impacto en la economía iraní. Pero una crisis económica no será el clavo que cierre el ataúd del régimen iraní», añadiendo que Irán todavía tiene un amplio margen para sostener una economía de guerra.

Esta capacidad de resistencia es precisamente lo que hace que la apuesta iraní sea tan peligrosa para Estados Unidos. Irán puede permitirse el lujo de esperar. Estados Unidos, con su economía basada en el crédito y su sistema político vulnerable a los ciclos electorales, no puede.

El cálculo estratégico: acelerar la espiral

La genialidad —y la maldad, desde la perspectiva estadounidense— de la estrategia iraní radica en que no necesita «ganar» en el sentido tradicional. No necesita invadir territorio estadounidense ni destruir la economía de Estados Unidos por sí sola. Solo necesita acelerar una espiral que ya está en marcha.

El shock petrolero que Irán ha desencadenado actúa como un multiplicador de fuerza sobre las vulnerabilidades preexistentes de la economía estadounidense. La inflación energética se transmite a los precios de los alimentos, los plásticos, los fertilizantes y el transporte, creando un efecto dominó que erosiona el poder adquisitivo de los hogares estadounidenses. El costo de la gasolina ya ha alcanzado su nivel más alto en cuatro años, y cada dólar de aumento en el precio del galón le cuesta aproximadamente un 1% del ingreso disponible a un hogar estadounidense medio.

El impacto sobre la agricultura estadounidense es particularmente preocupante. Los envíos de fertilizantes se han visto gravemente perturbados, lo que afecta directamente a los agricultores del Medio Oeste —un electorado clave para Trump— y amenaza con generar una nueva ola de inflación alimentaria en los próximos meses.

Pero el daño más profundo es el que se produce en el mercado de bonos. A medida que la inflación se acelera, los inversores exigen rendimientos más altos para compensar la pérdida de poder adquisitivo. Esos rendimientos más altos encarecen el servicio de la deuda federal, lo que obliga al Tesoro a emitir más bonos, lo que a su vez presiona aún más al alza los rendimientos. Es la espiral que describe la cita que abre este artículo, y Irán lo sabe perfectamente.

El mercado de bonos como campo de batalla

El mercado de bonos del Tesoro estadounidense, tradicionalmente el refugio más seguro del mundo, se ha convertido en el epicentro de la crisis. La combinación de inflación persistente, déficits crecientes y la percepción de que la Reserva Federal podría verse forzada a financiar el déficit mediante la impresión de dinero ha provocado una venta masiva de bonos a largo plazo.

Los analistas describen este fenómeno como el regreso de los «vigilantes del mercado de bonos» —inversores que venden deuda gubernamental cuando consideran que las políticas fiscales y monetarias son insostenibles. Subadra Rajappa, jefa de investigación para América de Société Générale, señaló que «el comportamiento de los rendimientos de los bonos ha sido anómalo, y controlar las expectativas de inflación se convertirá en la tarea central del nuevo presidente de la Fed».

La llegada de Kevin Warsh a la presidencia de la Reserva Federal en mayo de 2026 ha añadido una capa adicional de incertidumbre. Warsh, considerado un «halcón» en materia de inflación, ha señalado su intención de implementar una política de «tasas bajas en el corto plazo, reducción del balance en el largo plazo», lo que en la práctica significa que la Fed reducirá activamente su participación en el mercado de bonos a largo plazo. Esta política, aunque ortodoxa desde el punto de vista monetario, agrava el problema fiscal: si la Fed deja de comprar bonos, el gobierno tendrá que encontrar compradores privados dispuestos a absorber esa deuda, y esos compradores exigirán rendimientos más altos.

Las dos opciones imposibles

La Reserva Federal se enfrenta a un dilema que no tiene solución satisfactoria. Como señala la cita central de este análisis, la Fed debe elegir entre dos caminos, ambos catastróficos:

La primera opción es subir las tasas de interés para controlar la inflación. Pero hacerlo en un contexto de deuda del 126% del PIB y déficits del 5,8% del PIB tendría consecuencias devastadoras. Cada aumento de las tasas se traduce directamente en un mayor costo del servicio de la deuda, lo que amplía el déficit y obliga al gobierno a pedir prestado aún más. Además, tasas más altas aumentarían el costo del crédito para empresas y consumidores, estrangulando la inversión y el consumo, y potencialmente provocando una recesión. Las proyecciones de recesión ya se han disparado: el modelo de Moody’s Analytics sitúa la probabilidad de recesión en los próximos 12 meses en un 48,6%, mientras que Goldman Sachs la estima en un 30%.

La segunda opción es que la Fed financie directamente el déficit imprimiendo dinero, una política conocida como «monetización de la deuda». Esta opción evitaría el colapso inmediato del mercado de bonos, pero a un costo terrible: la creación masiva de dinero dispararía la inflación a niveles de hiperinflación, colapsaría el valor del dólar en los mercados internacionales y destruiría el poder adquisitivo de los ahorros de los estadounidenses. Además, aceleraría la ya visible tendencia hacia la desdolarización, ya que los países se apresurarían a abandonar una moneda cuyo valor se está licuando a un ritmo vertiginoso.

La Reserva Federal, en definitiva, se encuentra en la posición de un equilibrista sobre una cuerda cada vez más delgada, sabiendo que cualquier movimiento en falso —ya sea hacia el lado de las tasas altas o hacia el lado de la impresión monetaria— puede precipitar una caída catastrófica.

El factor político: la presión electoral

La dimensión política del dilema añade una capa adicional de complejidad. Trump ha presionado repetidamente a la Fed para que recorte las tasas a alrededor del 1%, argumentando que una política monetaria más laxa estimularía la economía y ayudaría a su partido en las elecciones de mitad de mandato de noviembre de 2026. El presidente ha hecho de los mercados financieros un termómetro de su éxito, y una caída sostenida de la bolsa o un aumento continuado de los precios de la gasolina representarían un riesgo político significativo.

Pero la Fed, al menos bajo el liderazgo de Warsh, ha resistido hasta ahora esas presiones. El presidente de la Fed de Chicago, Austan Goolsbee, rechazó públicamente los llamados a recortar las tasas para aliviar la carga de la deuda, argumentando que hacerlo socavaría la credibilidad del banco central y desanclaría las expectativas de inflación.

La tensión entre la Casa Blanca y la Fed refleja una contradicción más profunda en la posición estadounidense: el país necesita tasas bajas para financiar su deuda, pero necesita tasas altas para controlar la inflación. No puede tener ambas cosas al mismo tiempo, y la crisis del petróleo provocada por Irán está forzando el momento de la verdad.

El efecto dominó sobre los precios

El cierre del Estrecho de Ormuz ha desencadenado lo que la Agencia Internacional de Energía (AIE) describe como la mayor disrupción del suministro energético mundial en la historia. La producción global de petróleo se contraerá en aproximadamente 3,9 millones de barriles diarios en 2026, una revisión drástica desde la estimación anterior de una caída de 1,5 millones de barriles diarios. Durante el primer trimestre de 2026, el estrecho perdió alrededor de 6 millones de barriles diarios de petróleo y productos petrolíferos que transitaban por él en el trimestre anterior, una reducción de casi el 30%.

Más de 80 instalaciones energéticas del Golfo Pérsico han resultado dañadas, aproximadamente un tercio de ellas de gravedad, y según Fatih Birol, director ejecutivo de la AIE, podría tomar hasta dos años restaurar completamente la producción de la región.

El impacto sobre los precios al consumidor estadounidense ya es visible. Los precios de la gasolina han alcanzado su nivel más alto en cuatro años, y el aumento se está transmitiendo a otros sectores: los alimentos, los plásticos, los fertilizantes y los costos de transporte están experimentando incrementos significativos. Las aerolíneas han aumentado las tarifas debido al mayor costo del combustible para aviones, y los agricultores enfrentan costos crecientes por la interrupción de los envíos de fertilizantes.

La Reserva Federal se encuentra en una posición particularmente incómoda frente a este tipo de inflación. A diferencia de la inflación impulsada por la demanda, que puede controlarse con tasas más altas, la inflación impulsada por la oferta —como la que genera un shock petrolero— es resistente a la política monetaria. Subir las tasas no puede hacer que fluya más petróleo por el Estrecho de Ormuz, pero sí puede estrangular la economía y aumentar el desempleo.

El mercado inmobiliario y la burbuja de activos

El aumento de las tasas de interés tiene un impacto directo sobre el mercado inmobiliario estadounidense, que ya mostraba signos de enfriamiento antes de la crisis. Las tasas hipotecarias a 30 años, que siguen de cerca el rendimiento del bono del Tesoro a 10 años, han superado el 7%, niveles que no se veían desde la crisis de 2008. Cada aumento adicional en las tasas reduce el poder de compra de los compradores potenciales y presiona a la baja los precios de las viviendas.

Un colapso del mercado inmobiliario tendría efectos en cascada sobre todo el sistema financiero. Los bancos regionales, que ya operan con márgenes ajustados, enfrentarían pérdidas significativas en sus carteras de préstamos hipotecarios. El consumo de los hogares, que representa aproximadamente el 70% de la economía estadounidense, se vería gravemente afectado por el efecto riqueza negativo.

La bolsa: el termómetro que Trump no puede ignorar

El mercado de valores, que Trump ha utilizado repetidamente como indicador de su éxito económico, ha mostrado una volatilidad extrema desde el inicio del conflicto. Cada escalada militar ha provocado caídas significativas, y cada señal de distensión ha generado repuntes efímeros. La incertidumbre sobre el curso de la guerra y sus consecuencias económicas ha llevado a los inversores a adoptar una postura defensiva, vendiendo acciones y refugiándose en activos considerados más seguros.

El riesgo de un colapso bursátil es real. Como señala la cita central de este análisis, si la Fed sube las tasas para controlar la inflación, «el mercado inmobiliario, la bolsa o el mercado de bonos se derrumben». El mercado de bonos ya está bajo presión. El mercado inmobiliario muestra signos de fragilidad. Y la bolsa, aunque ha resistido hasta ahora, se encuentra en una posición vulnerable.

El «petroyuan» y la desdolarización acelerada

El conflicto en Irán ha puesto de relieve una tendencia que llevaba años gestándose: la erosión gradual pero constante de la hegemonía del dólar en el comercio internacional. China, que compra más del 80% de las exportaciones de crudo iraní, ha estado posicionando activamente su moneda, el yuan, como alternativa al dólar para el comercio energético.

La guerra ha acelerado este proceso. Los países del Golfo, incluida Arabia Saudita, están revisando sus inversiones soberanas para compensar el shock económico de la guerra, y algunos han comenzado a diversificar sus reservas alejándose de los activos denominados en dólares. La narrativa del «petroyuan» —la idea de que el petróleo podría cotizarse en yuanes— ha ganado tracción en los mercados financieros, aunque los analistas advierten que la transición será gradual y que el dólar seguirá siendo dominante por algún tiempo.

Sin embargo, la dirección del cambio es innegable. La participación del dólar en las reservas globales ha caído a su nivel más bajo en casi tres décadas, y la crisis actual está acelerando esa tendencia. Cada día que dura el conflicto, las «grietas en el viejo sistema se hacen más anchas», como señala un análisis de Fortune.

La lección para los adversarios de Estados Unidos

El conflicto en Irán ha enviado una señal inequívoca a los rivales de Estados Unidos: la economía estadounidense es vulnerable a ataques asimétricos en el ámbito energético. China y Rusia están observando con atención cómo Irán ha logrado, con recursos militares relativamente modestos, infligir un daño económico significativo a la superpotencia.

«Trump está sintiendo el apretón económico, que es su talón de Aquiles en esta guerra de elección», señaló Brett Bruen, exasesor de política exterior en la administración Obama y director de la consultora Global Situation Room. Los analistas advierten que China y Rusia podrían extraer lecciones sobre los puntos de presión de Estados Unidos y utilizarlos en futuros conflictos.

La dependencia estadounidense de los mercados globales de energía —a pesar de ser el mayor productor mundial de petróleo— significa que el país no puede aislarse de los shocks de precios internacionales. Como señala un análisis del New York Times, «esto es cierto incluso para Estados Unidos, el mayor productor de petróleo del mundo, porque los consumidores y las empresas estadounidenses tienen que pagar los precios globales prevalecientes para muchas materias primas».

El papel de la Reserva Estratégica de Petróleo

La administración Trump ha respondido a la crisis liberando petróleo de la Reserva Estratégica de Petróleo (SPR), pero esta herramienta tiene límites. A septiembre de 2026, la SPR contiene solo 284,5 millones de barriles, su nivel más bajo desde noviembre de 1982. Si Trump liberara los últimos 39 millones de barriles comprometidos con la AIE, la reserva caería a aproximadamente 243 millones de barriles, acercándose peligrosamente al nivel mínimo operativo de 70 millones de barriles.

La SPR fue diseñada para emergencias a corto plazo, no para sostener una guerra prolongada. Su agotamiento deja a Estados Unidos con pocas herramientas para contrarrestar los shocks futuros, y envía una señal de debilidad a los mercados y a los adversarios.

La estrategia iraní de bloquear el Estrecho de Ormuz no busca una victoria militar convencional. Irán no puede derrotar a Estados Unidos en un enfrentamiento directo. Pero no necesita hacerlo. Lo que Irán busca es explotar las contradicciones internas de la economía estadounidense: la dependencia del crédito, la carga insostenible de la deuda, la vulnerabilidad del dólar y la trampa en la que se encuentra la Reserva Federal.

Cada día que el estrecho permanece cerrado, la inflación se acelera, las tasas de interés suben, el costo de la deuda aumenta y la presión sobre la Fed se intensifica. Es una espiral que se refuerza a sí misma, y Irán lo sabe. La cita que resume el dilema estadounidense —»subiendo las tasas hasta que el mercado inmobiliario, la bolsa o el mercado de bonos se derrumben, o financiando la deuda directamente imprimiendo dinero, lo que colapsaría el dólar»— no es una exageración retórica. Es una descripción precisa de la trampa en la que Estados Unidos se encuentra.

La pregunta no es si Irán puede «destruir» la economía estadounidense en el sentido de provocar su colapso total. Ningún país tiene ese poder por sí solo. La pregunta es si Irán puede acelerar lo suficiente una dinámica que ya está en marcha —la erosión del petrodólar, el aumento insostenible de la deuda, la pérdida de confianza en los bonos del Tesoro— como para provocar una crisis financiera que Estados Unidos no pueda controlar.

La historia de las crisis petroleras es aleccionadora. Todas las recesiones estadounidenses de posguerra, excepto una, han sido precedidas por un shock en los precios del petróleo. El embargo de 1973 provocó una recesión profunda y una década de estanflación. La revolución iraní de 1979 desencadenó una segunda crisis energética. La invasión de Kuwait en 1990 coincidió con otra recesión.

La crisis actual es, en muchos sentidos, más peligrosa que cualquiera de esas. No solo porque la disrupción del suministro es mayor —la AIE la califica como la peor de la historia— sino porque la economía estadounidense es mucho más vulnerable ahora que entonces. La deuda era del 30% del PIB en 1973; hoy supera el 126%. El sistema financiero era más simple y más regulado; hoy está interconectado de maneras que amplifican los shocks. Y el dólar, aunque todavía dominante, ya no es el pilar incuestionable que era.

Irán ha apostado a que Estados Unidos no puede soportar el dolor económico de una guerra prolongada. La historia sugiere que esa apuesta podría estar bien calibrada. La Reserva Federal se enfrenta a un dilema imposible, el gobierno a una crisis fiscal sin precedentes, y los hogares estadounidenses a una inflación que erosiona su nivel de vida. En algún momento, la espiral tendrá que resolverse. Y cuando lo haga, el mundo será un lugar muy diferente.

La verdadera pregunta no es si Irán busca destruir la economía estadounidense. Esa intención es evidente. La verdadera pregunta es si Estados Unidos tiene la capacidad y la voluntad política para evitar que lo logre.

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